(Mateo 25) "Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de
comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me acogisteis, anduve desnudo y me
vestisteis, estuve enfermo y fuisteis a visitarme, estuve en la cárcel y fuisteis a
verme."
"Mundialmente hay alimentos para
todos". Así lo afirma el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo: "Pese
al rápido crecimiento de la población, la producción de alimentos per cápita ha
aumentado casi el 25%. A pesar de eso, unos 840 millones de personas están
desnutridas". El hambre como fenómeno humano es evitable.
En África, en Angola, en Malange, la guerra y
el hambre están asesinando a tantas personas como murieron en Kosovo, pero nadie se
acuerda de nosotros, nadie mueve un dedo para ayudarnos. ¿Será verdad que no es posible
hacer algo para salvar a tantos niños?. (Obispo de Malange).
En Argentina, uno de los países con mayor
riqueza agrícola y ganadera, hay hambre. Desde las provincias más olvidadas por el
progreso hasta los cinturones de las grandes urbes se dibuja un país que nada tiene que
ver con la riqueza del pasado ni con las estadísticas del presente. Los datos en poder
del Ministerio de Trabajo indican que más de la tercera parte de la población del Gran
Buenos Aires está bajo la línea de pobreza, en un país que alimenta a cuatro vacas por
habitante y que el pasado año tuvo una cosecha record de cereales. (El País, 27-01-2002)
"¿Cómo juzgará la historia a una
generación que cuenta con todos los medios necesarios para alimentar a la población del
planeta y que rechaza el hacerlo por una obcecación fraticida?" (Juan Pablo II).
(Lucas 16):"Había
un hombre rico que se vestía con ropa finísima y que cada día comía regiamente. Un
mendigo llamado Lázaro estaba echado en el portal, cubierto de llagas; habría querido
llenarse el estómago con lo que tiraban de la mesa del rico; más aún, hasta los perros
venían a lamerle las llagas. Se murió el mendigo, y los ángeles lo pusieron a la mesa
al lado de Abraham. Murió también el rico, y lo enterraron. Estando en el abismo, en
medio de los tormentos, levantó los ojos, vio de lejos a Abraham con Lázaro echado a su
lado, y gritó:
- Padre Abraham, ten piedad de mí; manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y
me refresque la lengua, que me atormentan estas llamas.
Pero Abraham le contestó:
- Hijo, recuerda que en vida te tocó a ti lo bueno y a Lázaro lo malo; por eso ahora él
encuentra consuelo y tú padeces. Además, entre nosotros y vosotros se abre una sima
inmensa; por más que quiera, nadie puede cruzar de aquí para allá ni de allí para
acá.
El rico insistió:
- Entonces, padre, por favor, manda a Lázaro a mi casa, porque tengo cinco hermanos: que
los prevenga, no sea que acaben también ellos en este lugar de tormento.
Abraham le contestó:
- Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen.
El rico insistió:
- No, no, padre Abraham; si un muerto fuera a verlos, se enmendarían.
Abraham le replicó:
- Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no le harán caso ni a un muerto que resucite."
Comentarios de Jon Sobrino
El mundo se parece a la mesa "del rico
Epulón y el pobre Lázaro". Y la esperanza es que podamos sentarnos a otra mesa,
como quería Jesús. La utopía para este mundo actual es la mesa compartida.
Sin la esperanza de los pobres no hay
salvación para la humanidad. El progreso seguirá siendo, en lo sustancial,
deshumanizante. La especie humana sobrevivirá bien, muy bien (aunque el sentido de la
vida esté deshumanizado) en unos pocos, pero morirá la muerte del hambre o de la
exclusión en los muchos. Y nada de mesa compartida. Por ello es crucial mantener la
esperanza de los pobres.
No dudamos de que un mundo de "epulones y
lázaros" es una creación que no le ha salido muy bien a Dios. Para decírnoslo
envió a su Hijo Jesús, quien compartió la mesa con los marginados de su tiempo, pobres,
mujeres, pecadores y publicanos. Y para cambiarlo nos dejó su fuerza, viento huracanado,
que eso es su Espíritu.
Una Iglesia que viva y se desviva por esa mesa
compartida será una Iglesia de los pobres. Así llevará a cabo su misión histórica: el
anuncio del reino de Dios. Caminamos "en la historia", pero caminamos también
con gozo, por caminar con los demás compartiendo la mesa, una única mesa para
todos, sin epulones ni lázaros, sino de hermanos y hermanas, hijos e hijas de Dios.