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Comité de SolidaridadÓscar Romero |
(A partir del artículo de Jon Sobrino «El imperio y Dios»)
El imperio se considera dueño y señor del tiempo, de su densidad y calidad. El calendario no es lo que es dado a todos por igual para que cada quien deje constancia de su propia historia. El 11-S es un hito en la historia, pero no lo es el 7-O (7 de octubre de 2001) y el 30-M (30 de marzo de 2003), días en que comenzaron los bombardeos contra Afganistán e Irak. Ni siquiera existen. Sí existe el 11-M, los atentados en Madrid, pues, dicho sin ninguna ironía y con inmensa compasión hacia las víctimas, ocurrió en la órbita imperial.
El comentario es obvio: ha habido muchos otros 11- , pero no existen porque no han sido registrados en el calendario imperial, como otro 11-S, el 11 de septiembre de 1973, día en que ocurrió el asesinato de Allende y la masacre en el palacio de la Moneda, tras todo lo cual estaba Estados Unidos.
Y permítaseme detenerme en otro ejemplo por ser muy cercano a El Salvador y también a Estados Unidos. Un 11-D, 11 de diciembre de 1981, alrededor de mil personas fueron asesinadas en El Mozote, El Salvador, divididas en tres grupos: los hombres encerrados en la Iglesia, las mujeres en una casa, y los niños, unos 170, con una edad media de seis años, en otra casa cercana a la de las mujeres, de modo que éstas podían «escuchar» -Rufina, la única superviviente, dice «reconocer»- el llanto de sus hijos cuando eran asesinados. Todas y todos fueron asesinados. Los asesinos eran miembros del batallón Atlacatl, entrenado por los norteamericanos, el mismo batallón que asesinó a los jesuitas, a Julia Elba y Celina, el 16 de noviembre de 1989. Pues bien, el mundo, tampoco el mundo occidental democrático, reaccionó. La embajada de Estados Unidos dijo no tener noticia de muertos en El Mozote, y cuando los muertos se hicieron inocultables, dijo que se debió tratar de algún enfrentamiento con la guerrilla. No hubo reconocimiento de las víctimas ni entierro digno, y por supuesto no hubo manifestaciones en contra del terrorismo del batallón Atlacatl, que era estricto terrorismo de estado. Ni pudo haberlo. La televisión salvadoreña e internacional -perdónesenos la simpleza-, siendo lo suyo «mostrar», no mostró nada. Salir a la calle a protestar -a diferencia de lo que pudieron hacer neoyorquinos y madrileños- hubiese significado poner en juego la propia vida.
Y un último ejemplo de estos días. En Falluyah ha habido un 11-A, 11 de abril de 2004. «Francotiradores del ejército de Estados Unidos están disparando contra todo lo que se mueve», dijeron miembros de Cristianos por la Paz, al regresar de Falluyah el domingo 11 de abril. Ese día habían muerto bajo fuego estadounidense 518 iraquíes, entre ellos por lo menos 157 mujeres y 146 niños; de éstos, un centenar tenían menos de 12 años, y 46 menos de 5 años.
Conclusión. El imperio decide dónde y cuándo el tiempo es cosa real, qué fechas se deben convertir en referentes temporales para los humanos. Dice: «el tiempo es real cuando lo decidimos nosotros». Y la razón última es metafísica: «lo real somos nosotros».
(Lucas, 16): Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino y banqueteaba todos los días espléndidamente. Un mendigo llamado Lázaro estaba echado en el portal, cubierto de llagas; habría querido llenarse el estómago con lo que tiraban de la mesa del rico; más aún, hasta se le acercaban los perros a lamerle las llagas. Se murió el mendigo, y los ángeles lo pusieron a la mesa al lado de Abraham. Se murió también el rico, y lo enterraron. Estando en el abismo, en medio de los tormentos, levantó los ojos, vio de lejos a Abraham con Lázaro echado a su lado, y gritó:
- Padre Abraham, ten piedad de mí; manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, que me atormentan estas llamas.
Pero Abraham le contestó:
- Hijo, recuerda que en vida te tocó a ti lo bueno y a Lázaro lo malo; por eso ahora él encuentra consuelo y tú padeces. Además, entre nosotros y vosotros se abre una sima inmensa; por más que quiera, nadie puede cruzar de aquí para allá ni de allí para acá.
El rico insistió:
- Entonces, padre, por favor, manda a Lázaro a mi casa, porque tengo cinco hermanos: que los prevenga, no sea que acaben también ellos en este lugar de tormento.
Abraham le contestó:
- Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen.
El rico insistió:
- No, no, padre Abraham; si un muerto fuera a verlos, se enmendarían.
Abraham le replicó:
- Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no le harán caso ni a un muerto que resucite,
(Daniel, 2): Tú, rey, viste una visión: una estatua majestuosa, una estatua gigantesca y de un brillo extraordinario; su aspecto era impresionante. Tenía la cabeza de oro fino, el pecho y los brazos de plata, el vientre y los muslos de bronce, las piernas de hierro y los pies de hierro mezclado con barro. En tu visión una piedra se desprendió sin intervención humana, chocó con los pies de hierro y barro de la estatua y la hizo pedazos. Del golpe se hicieron pedazos el hierro y el barro, el bronce, la plata y el oro, triturados como tamo de una era en verano, que el viento arrebata y desaparece sin dejar rastro. Y la piedra que deshizo la estatua creció hasta convertirse en una montaña enorme que ocupaba toda la tierra.
Contra el imperio hay que luchar de diversas maneras y desde todos los frentes, evidentemente. Pero hay que contar también con pequeñas piedras, aparentemente inoperantes, escandalosas y tenidas por inútiles. Y esa lógica de «las pequeñas piedras» es, según la fe cristiana, esencial en la lucha contra el imperio.
La tesis fundamental antiimperial es que la liberación proviene de las víctimas del imperio. Es evidente que el poder, adecuadamente usado, es necesario para erradicar y socavar al imperio, pero el puro poder no basta para que a la larga la liberación sea humana y humanizante. Por eso, según la tradición bíblico-cristiana, la salvación tiene su origen en lo débil y pequeño, en lo sin-poder: una anciana estéril, un pueblo diminuto, un judío marginal; más aún, un siervo doliente, elegido por Dios para traer salvación. «Sólo en un difícil acto de fe el cantor del siervo es capaz de descubrir lo que aparece como todo lo contrario a lo ojos de la historia», decía Ellacuría.