Lugar de la teología para otro mundo posible
Conferencia pronunciada
en el Foro
Mundial de Teología y Liberación
(Porto Alegre, 21-25 de
enero de
2005)
JUAN
JOSÉ
TAMAYO
Deseo expresar mi agradecimiento por la
invitación a convocar este Foro
y por encargarme esta ponencia sobre "Lugar de la Teología para Otro
Mundo
Posible". Lo que a continuación voy a ofrecer son las grandes líneas de
un
nuevo paradigma teológico, que hemos de profundizar en los diferentes
contextos
socioculturales y religiosos desde donde elaboramos nuestra reflexión
teológica.
Dividiré
mi exposición en cuatro partes. Primero analizaré críticamente la
división de
la teología por áreas geoculturales y
sociales. A
continuación expondré algunos de los principales climas socioculturales
nuevos
que condicionan el nuevo modo de hacer teología. En tercer lugar
trazaré los
nuevos horizontes que han de conformar el nuevo paradigma teológico
para Otro
Mundo Posible. Finalmente intentaré esbozar algunas de las nuevas
categorías de
dicho paradigma.
1. Una inadecuada división
de tareas
Durante
las últimas décadas del siglo pasado, y coincidiendo con el surgimiento
de
nuevas teologías, en el panorama teológico internacional tuvo lugar una
especie
de consenso tácito entre los teólogos y las teólogas -con frecuencia
transgredido, es verdad- que establecía un reparto de tareas, temas y
horizontes atendiendo a las áreas geoculturales
y
socioeconómicas de procedencia. A las teólogas y los teólogos del
Primer Mundo
les correspondía preferentemente dar respuesta a los desafíos
procedentes de la
cultura moderna, intentando dar razón de -y hacer creíble- la fe
cristiana o,
se prefiere, mostrar la racionalidad del cristianismo, en una sociedad
caracterizada por la secularización y la increencia
en sus diferentes manifestaciones: ateísmo filosófico y científico,
agnosticismo, indiferencia religiosa, etc.
El
objetivo de dicha teología ya no era -como fuera otrora- el anatema, ni
siquiera el enfrentamiento entre cosmovisiones ideológicas opuestas,
sino el
diálogo exigente y comprensivo, riguroso y fecundo, entre religión y
cultura,
cristianismo y secularización, fe, ciencia y razón, evangelio y
modernidad,
experiencia religiosa y existencia en el mundo, religión cristiana y
otras
religiones. Ello no significaba que la teología moderna fuera ajena al
fenómeno
de la pobreza, pero no constituía su principal desafío, ni se abordaba
como
problema teológico por considerar que no le afectaba directamente. Se
estudiaba
dentro de la cuestión social y se remitía a teología moral.
El
principal referente del magisterio eclesiástico que guiaba la reflexión
teológica era el Concilio Vaticano II en sus declaraciones, decretos y
constituciones, preferente la dogmática sobre la Iglesia, la pastoral
sobre la
Iglesia en el Mundo actual y la de Revelación. Las principales
disciplinas que
le servían de interlocutoras eran, entre otras, la filosofía y la
antropología.
Los encargados de hacer este tipo de reflexión eran generalmente
profesores y
profesoras de disciplinas eclesiásticas en las facultades de teología y
seminarios diocesanos o religiosos.
Según
la
susodicha distribución de tareas, las teólogas y los teólogos del
Tercer Mundo
debían centrarse en responder a los desafíos procedentes del mundo de
la
pobreza y de la injusticia, testimoniar la fe cristiana y dar razón de
ella
entre las mayorías populares empobrecidas, que presentan múltiples y a
cuál más
demacrados rostros: niños y niñas de la calle, prostitución infantil,
campesinos sin tierra, mujeres doble o triplemente
oprimidas, indígenas excluidos, negros marginados, personas
desempleadas, etc.
¿Qué
cometidos se les asignaba a los teólogos y las teólogas del Tercer
Mundo en la
división de temas y tareas previamente fijada? No necesitaban
preocuparse, y
menos ocuparse, de los desafíos que procedían del mundo de la increencia, porque ni afectaban a sus
sociedades, ni tenían
medios para estudiarlos, ni eran considerados de su competencia. Debían
dar por
buenos los resultados y las conclusiones de la reflexión teológica del
Primer
Mundo. A ellos les corresponde, más bien, preguntarse cómo ser
cristianos y
cristianas en un mundo marcado por la exclusión social, étnica,
cultural y
religiosa, que afecta a las mayorías populares del Tercer Mundo, y qué
función
han de jugar las iglesias y los movimientos cristianos proféticos en
una
situación así.
En
ese
contexto, a las teólogas y los teólogos se les pedía que reflexionaran
sobre la
relación intrínseca entre cristianismo y liberación, fe y lucha por la
justicia, colonialismo y dependencia, derechos humanos y derechos de
los
pobres, esperanza teologal y utopías históricas, salvación en Cristo y
transformación social, amor y solidaridad, comunidad cristiana y
fraternidad-sororidad.
Los
temas
bíblicos más recurrentes que se les asignaba en el trabajo exegético
eran,
entre otros: el éxodo, la denuncia profética, el cielo nuevo y la
tierra nueva,
el reino de Dios, la práctica de Jesús, la muerte de Jesús, la
resurrección
como utopía. La principal mediación son las ciencias humanas y
sociales.
Los
sujetos de esta teología, se decía, no tienen porqué ser teólogos
profesionales, sino comunidades eclesiales de base, movimientos
cristianos de
solidaridad, grupos de lectura bíblica y de oración, catequistas,
pastores,
misioneros y misioneras, etc.
En
los
entornos culturales y cristianos del Primer Mundo se tendía a
considerar a la
teología elaborada en el Tercer Mundo, sobre todo la teología de la
liberación,
como teología menor, rayando con la catequesis y la predicación, y
ubicada en
el terreno pastoral. Y eso cuando no se le negaba su estatuto
teológico, que
era lo normal en los ámbitos académicos eclesiásticos, o cuando no se
la
reducía a marxismo de catecismo o ciencia social. Sus cultivadores, al
decir de
un obispo español -antes afamado teólogo de la Universidad Pontificia
de
Salamanca-, no eran teólogos de
raza, ya
que no se ocupaban de los grandes temas del cristianismo: Dios,
Trinidad,
Espíritu Santo, la gracia, etc. Si se conoce a fondo los contenidos de
dicha
teología, enseguida podrá comprobarse que esos grandes temas son
centrales en
la teología de la liberación. Lo que pasa es que la orientación difiere
de la
seguida por buena parte de la teología académica y de la jerarquía
eclesiástica
del Primer Mundo.
Es
verdad
que los contextos religiosos, culturales, sociopolíticos y económicos
de unas y
otras teologías son diferentes, pero no hasta justificar la división de
planos
y horizontes indicada, ya que supone parcializar la teología y
dividirla en
compartimentos estancos sin comunicación entre sí. Tal división corre
el
peligro de recluir a cada teología en su campo de reflexión, haciéndola
insensible a los planteamientos de las otras. La parcelación
desembocaría en
atomización, pérdida de la globalidad e insolidaridad. Estaríamos más
cerca de
la Torre de Babel que de Pentecostés, más cerca de racionalidades
teológicas
incomunicadas que de una racionalidad comunicativa e intersubjetiva.
Las
siguientes reflexiones tiene como objetivo la búsqueda de horizontes comunes desde los
que podamos
reflexionar y en los que podamos encontrarnos las diferentes teologías
del
Primero y del Tercer Mundo en perspectiva de liberación, manteniendo
tanto el
rigor metodológico de todo discurso religioso y su pathos profético, como la
creatividad hermenéutica propia de cada
teología conforme al contexto en que se lleva a cabo. En ese sentido,
amén de
universal, la teología es contextual o, si se prefiere, es universal
desde la contextualidad. Y todo ello
orientado a desarrollar un
nuevo paradigma teológico, que dice adiós al paradigma dogmático
todavía
vigente en el cristianismo oficial y en no pocos centros teológicos. Un
paradigma que quiere contribuir, siquiera modestamente, a la propuesta
del Foro
Social Mundial y del movimiento altermundialista
"Otro Mundo es Posible".
2. Nuevos climas
socioculturales
Durante
los últimos cincuenta hemos vivido cambios profundos y radicales que
están
influyendo en la forma de vivir la fe cristiana, de entender el
cristianismo y
de hacer teología. Más que de una era de cambios debe hablarse de un
cambio de
era, que se caracteriza por una serie de fenómenos verdaderamente
"revolucionarios". Voy a fijarme de manera especial en aquellos a los
que debe responder una Teología para Otro Mundo es Posible.
La
globalización se deja
sentir en todos los
ámbitos de las relaciones humanas, la mayoría de las veces
negativamente para
el Tercer Mundo y para amplios sectores populares del Primer Mundo. La
globalización no es una descripción objetiva de la realidad, sino una
construcción ideológica del neoliberalismo al servicio del mercado, que
es
omnipresente, omnipresente y omnisciente. La respuesta a dicha
globalización
excluyente la ofrecen los movimientos altermundialistas
con su propuesta de Otro Mundo, Otra Sociedad, Otra Cultura, Otra
Economía,
Otra Política son Posibles.
Estamos
asistiendo a un despertar violento del imperialismo
con un discurso y unas prácticas rayanas en el fundamentalismo. El
Imperio, que
se presenta con expresiones eufemísticas como "imperio de la paz",
"imperio de la libertad", "imperio democrático", etc.,
encarna la síntesis de todos los fundamentalismos: el político, el
económico,
el cultural, el económico y el religioso, sobre todo este último como
se ha
puesto de manifiesto en la reelección de Bush
a la
presidencia de los Estados Unidos. Como afirma Alfredo Gonçalves,
"en el corazón político del Imperio se encuentran EE UU, Europa y
Japón", que cuenta con el apoyo de los más poderosos organismos
internacionales como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional
y la
Organización Mundial del Comercio. En realidad, el Imperio actual
pertenece al
capitalismo global, sus más fieles guardianes son el gobierno de los
Estados Unidos
de América y sus ejércitos, como se ha demostrado con las invasiones de
Afganistán y de Iraq, y su sede está en
USA. Así lo
vieron con total nitidez los terroristas que el 11 de septiembre de
2001
atentaron contra los centros neurálgicos del poder imperial: el World Trade Center y el
Pentágono. Como
contrapunto y a contracorriente proliferan por todas partes movimientos
y
organizaciones, dirigentes políticos, intelectuales, de resistencia al
Imperio
que han protagonizado luchas no violentas contra la lógica imperial,
contra la
guerra y el capital.
El
principal resultado de la globalización neoliberal y del imperialismo
es la
situación de pobreza estructural
en que vive instalada hoy la humanidad. A los hechos me remito. Si en
1960 por
cada persona rica en el mundo había 30 pobres, hoy la proporción se ha
radicalizado hasta el punto de que por cada rico hay 80 personas
pobres. De los
6.200 millones de seres humanos que poblamos el planeta tierra, el 46%,
es
decir, 2.852 millones, viven en pobreza, y de ellos 1.200 en pobreza
extrema.
En América Latina el 44,4% de sus habitantes vive en pobreza, y el 194%
en
estado de indigencia. Si nos centramos en la población campesina, los
datos son
los siguientes: más de 90 millones latinoamericanos son en situación de
pobreza, de los cuales 47 millones se encuentra en extrema pobreza.
Otro
fenómeno revolucionario es el feminismo,
que cuestiona en su raíz el carácter androcéntrico
de
las estructuras mentales y la actual organización patriarcal de las
instituciones sociales, políticas, económicas y religiosas, así como el
discurso filosófico y religioso androcéntrico
discriminatorio para las mujeres, y propone un modelo de sociedad
basado en una
comunidad de iguales, simétrica, inter-independiente,
no opresora, pero tampoco clónica, sino respetuosa de la diferencia. El
feminismo es una revolución incruenta, quizás la primera revolución
incruenta
de la historia, a la que el patriarcado está respondiendo de manera
agresiva
con la violencia de género como instrumento contundente para seguir
manteniendo
el poder.
Estamos
asistiendo a una creciente conciencia
ecológica, que
cuestiona el
modelo científico-técnico de desarrollo de la modernidad,
antropocéntrico y
depredador de la naturaleza, y propone un modelo de relación
interdependiente,
no opresiva, bidireccionalmente liberadora
entre los
seres humanos y la naturaleza, una relación de sujeto a sujeto, y no de
ser
humano-sujeto a naturaleza-objeto. La respuesta del mercado y de las
empresas
multinacionales a dicha conciencia es más depredación de la naturaleza
al
servicio de un modelo económico destructor del tejido de la vida.
Vivimos
tiempos de pluralismo cultural,
que declara el fin del
etnocentrismo, se opone al choque de civilizaciones, que convertiría el
mundo
en un coloso en llamas, y aboga por una sociedad intercultural,
interreligiosa
e interétnica. La respuesta de la cultura occidental es la reafirmación
de su
superioridad, la imposición de la misma a través de los potentes y
expansivos
medios de comunicación de que dispone y la gradual eliminación de las
culturas
minoritarias consideradas ancestrales, anticuadas y contrarias a la
lógica productivista y a la racionalidad
económica del mercado.
Las culturas minoritarias se defienden de dicho imperialismo
reafirmando su
identidad cultural como referencia fundamental en su modo de
existencia.
Vivimos
tiempos de pluralismo religioso,
y no de religión única. Ello implica la opción por el diálogo
interreligioso
como alternativa a los conflictos entre religiones que se extienden de
manera
generalizada. La respuesta de algunas religiones mayoritarias,
especialmente de
las monoteístas, al pluralismo, empero, consiste con frecuencia en la
reafirmación rígida de la identidad religiosa en sus aspectos
dogmáticos,
disciplinares y morales, con la puesta en práctica del viejo principio
excluyente "fuera de la propia religión no hay salvación". El
resultado es el despertar de los fundamentalismos religiosos, a veces
violentos, que deterioran la convivencia cívica y provocan nuevas
guerras de
religiones.
Vivimos
tiempos de revolución biogenética,
que se manifiesta a través de importantes avances: experimentación con
células
madre embrionarias con fines terapéuticos; eutanasia y muerte con
dignidad;
regulación de la natalidad; técnicas de reproducción asistida;
bioética, etc.
En la mayoría de los casos se trata de avances beneficiosos para la
humanidad,
ya que facilitan la calidad de vida y ayudan a aliviar el dolor. Pero,
a su
vez, plantean no pocos interrogantes existenciales, éticos y
religiosos. Ante
dicha revolución el cristianismo no puede parapetarse en un universo
cerrado ni
volver a repetir las condenas que hizo a otras revoluciones científicas
en el
pasado. Ha de analizarla en profundidad y en sus consecuencias, sin
prejuicios
dogmáticos ni pretensiones autoritarias, y valorar las nuevas
posibilidades y
esperanzas en la vida de los seres humanos, defendiendo la igualdad de
todos
los seres humanos, su libertad e irrepetibilidad.
Vivimos
inmersos en la cultura de los
derechos
humanos, una cultura que bien puede considerarse universal
tanto en
su fundamentación y su contenido como en
su
desarrollo normativo. Es una cultura de consenso que apenas tiene
detractores,
aunque sí críticos de su formulación conceptual, su regulación jurídica
y su
aplicación a veces selectivamente excluyente. A su vez, vivimos
inmersos en una
cultura que comete transgresiones contra los derechos humanos de manera
sistemática; transgresiones no sólo en el plano individual, sino
también, y de
manera muy acusada, en el estructural e institucional, a veces con el
silencio
-¿cómplice?- e incluso con la colaboración necesaria de los organismos
nacionales, regionales e internacionales encargados de velar por su
cumplimiento, la mayoría de las veces para proteger los intereses del
Imperio y
de las empresas multinacionales bajo el paraguas de la globalización
neoliberal. Pareciera que los derechos humanos fueran todavía la
asignatura
pendiente o, en palabras de José Saramago,
la utopía
del siglo XXI. El neoliberalismo niega toda fundamentación
antropológica de los derechos humanos, los priva de su universalidad,
que se
convierte en mera retórica, y establece una base puramente económica
para su
ejercicio, la de la propiedad, del poder adquisitivo. Los derechos
humanos se
reducen al derecho de propiedad. Sólo los propietarios, quienes
detentan el
poder económico, son sujetos de derechos. Para que los derechos humanos
dejen
de ser esa asignatura pendiente, no pueden formularse ni construirse en
abstracto e intemporalmente, sino que deben ubicarse en una
temporalidad
concreta. Eso es lo constitutivo de una concepción sociológico-jurídica
de los
derechos humanos A su vez, tienen que ser re-interpretados
constantemente
atendiendo a cada contexto histórico. Y el contexto en que han de ser
interpretados hoy es el de la globalización de la economía y de la
técnica, el
de la fragmentación social y cultural de la ciudadanía.
La
sexualidad constituye
una de las
asignaturas pendientes del cristianismo, y muy especialmente de la
teología,
que tiende a hacer un planteamiento dualista y adopta con frecuencia
una
actitud represiva frente al cuerpo, poco acorde con los orígenes del
cristianismo. Lo refleja con plena lucidez este breve poema de Eduardo Galeano. "Dice el mercado: el cuerpo es un
negocio;
dice la Iglesia. El cuerpo es pecado; dice el cuerpo: yo soy una
fiesta".
3. Nuevos horizontes
teológicos
Los
diferentes paradigmas con los que se ha venido operando en la teología
cristiana
ya hace tiempo que empiezan a acusar síntomas de cansancio, y en
algunos casos
de agotamiento y anacronismo, porque no tienen capacidad de dar
respuesta a los
desafíos que plantean los fenómenos indicados. Sus planteamientos
parecen
responder a contextos culturales, sociales y religiosos del pasado. Hoy
la
teología en general, y muy especialmente la oficial, vive de
repeticiones
miméticas, padece de esclerosis múltiple, carece de imaginación y de
creatividad. Sobre ello llamaba la atención provocativamente Karl Barth en su
conocida obra Introducción a la
teología evangélica, en
un texto emblemático escrito hace cincuenta años, que conserva hoy toda
su
vigencia y que invita a la creatividad permanente:
"El
trabajo teológico se distingue de los otros -y eso podría ser ejemplar
para
toda tarea del espíritu- por el hecho de que aquel que quiere
realizarlo no
puede llegar a él descansado, desde unas cuestiones ya solucionadas,
desde unos
resultados ya seguros, no puede continuar el edificio sobre unos
fundamentos ya
que han sido colocados, no puede vivir de unos réditos de un capital
acumulado
ayer, sino que se ve obligado, cada día y cada hora, a volver a empezar
por el principio…. En
la ciencia teológica,
&apscontinuar&aps significa siempre &apsvolver a empezar por el principio&aps. Ante
su
radical riesgo, el teólogo debe ser suficientemente fuerte, al
movérsele la
tierra bajo sus propios pies, para buscar una nueva tierra firme sobre
la que
sostenerse, como si no la hubiera tenido nunca. Si la teología no
quiere precipitarse
en la arterioesclerosis, en el
aburrimiento
ergotista, su trabajo de ningún modo puede ser rutinario, no se puede
realizar
en función de un automatismo".
Los
fenómenos que acabo de analizar demandan una refundación de la teología
de la
liberación o, si se quiere, un Nuevo Paradigma Teológico para Otro
Mundo
Posible, que debe ubicarse en una serie de horizontes nuevos en
respuesta a los
nuevos desafíos, que resumo en los siguientes.
Horizonte intercultural e
interreligioso
El
horizonte intercultural
implica
el paso de la cultura única al pluralismo cultural, y de la inculturación
de la teología, que mantiene los principios y las categorías teológicas
de la
cultura dominante, a la elaboración de una teología intercultural en
diálogo
simétrico entre culturas. La teología de la liberación no es asunto de
una
cultura. En todas ellas hay elementos liberadores que es necesario
activar,
como hay también elementos alienantes que se deben erradicar.
El
horizonte interreligioso
implica
el paso de la religión única o privilegiada al pluralismo religioso y
ha de
desembocar en la elaboración de una teología de las religiones desde la
interculturalidad y el diálogo
interreligioso, a partir de
las víctimas y con la praxis de liberación. La teología de la
liberación no es
asunto de una sola religión, sino de todas. De lo que se trata,
entonces, es de
crear una teología interreligiosa de la liberación que asume las
tradiciones emancipatorias presentes en
las distintas religiones y
movimientos espirituales.
En
correspondencia con el pluralismo religioso y cultural es necesario
construir
una interespiritualidad
o espiritualidad interreligiosa, transgresora de las fronteras que cada
religión ha levantado a lo largo de su historia para distinguirse de
las otras.
Siguiendo al teólogo sannyasi
cristiano Wayne Teasdale,
entiendo por interespiritualidad la
eliminación de
las barreras que han separado a las religiones y la eliminación de los
viejos
antagonismos que las han enfrentado, así como el cruce fecundo y la
participación
dinámica en los tesoros espirituales de las religiones. Eliminadas las
barreras
y superados los antagonismos religiosos, queda expedito el camino para
tejer
lazos de amistad y de comunicación entre las personas creyentes de
distintos
credos. Como reitera el Dalai Lama, sin
amistad no es
posible el diálogo interreligioso como tampoco el trabajo común de las
religiones por la paz.
Horizonte hermenéutico y
perspectiva de género
El
horizonte hermenéutico
constituye
la clave de bóveda de toda teología e intenta liberar al discurso
religioso de
todo resto de fundamentalismo e implica el paso de la teología como
mera
exégesis de textos a una teología toda ella hermenéutica en busca de
sentido.
Sin la mediación hermenéutica, el discurso teológico deja de ser tal
para
convertirse en repetición de los textos del pasado, reproducción del
discurso
religioso oficial, legitimación de las instituciones religiosas y
simple glosa
de las declaraciones doctrinales emanadas de los respectivos
magisterios jerárquicos.
La hermenéutica es inherente a la condición humana. Como afirma
certeramente
David Tracy, "ser humano es actuar
reflexivamente, decidir deliberadamente, comprender inteligentemente,
experimentar plenamente. Lo
sepamos o no,
ser humano es ser un hábil intérprete". Los teólogos y las
teólogas de todas las religiones haríamos bien en seguir la certera
observación
de George Steiner:
"Lo
que me interesa es la &apsinterpretación&aps en cuanto que da a la palabra
una vida
que desborda el instante y lugar en que ha sido pronunciada y
transcrita".
Dentro
del horizonte hermenéutico hay que subrayar la perspectiva
teológica de género, que cuestiona el carácter patriarcal de
las
creencias y la estructura androcéntrica de
las
teorías religiosas, y elabora una reflexión en perspectiva de género, a
partir
de la experiencia de sufrimiento y de las luchas de emancipación de las
mujeres. Incorpora las categorías epistemológicas y socioanalíticas
de la teoría feminista, si bien articuladas con otras categorías. Así
surge la
teología feminista, que no es una teología temáticamente regional que
se ocupe
de las cuestiones relativas a las mujeres, ni que interese sólo a
mujeres y sea
elaborada por mujeres. Se trata de una teología: a) fundamental que intenta dar
razón de la fe en Dios no
sometida al modelo divino patriarcal; b) de
la liberación, que quiere contribuir a la salvación de todos
los
oprimidos y a la transformación de las estructuras religiosas del
dominio
masculino; c) crítica,
que
recurre a los métodos histórico-críticos y a la teoría feminista y
utiliza una hermenéutica de la
sospecha para leer los
textos fundantes de las religiones en
perspectiva de
género; hermenéutica de la sospecha que se extiende también a las
traducciones
e interpretaciones, en su mayoría hechas desde presupuestos andro-antropo-céntricos;
d) en la que las mujeres toman
conciencia de ser sujetos morales y teológicos, interlocutoras directas
de Dios
sin la mediación de los varones y portadoras de gracia y salvación. Las
teologías feministas están desarrollándose en la mayoría de las
religiones.
A
la
revolución feminista, la primera de carácter pacifista de la historia,
el
patriarcado responde con la violencia de género. A la teología
inclusiva de
género, muchas religiones responden con la exclusión de las mujeres.
Una
perspectiva que no puede descuidarse es la ecológica,
que exige la superación de la teología antropocéntrica, legitimadora
del modelo
de desarrollo científico-técnico de la modernidad y la incorporación,
en la
teología de la liberación, del grito de la Tierra en busca de su
liberación
junto con la del ser humano oprimido. Una teología en perspectiva
ecológica ha
de abrirse a las aportaciones de las ciencias y disciplinas que
estudian la
vida y la realidad cósmica: bio-logía,
bio-química, bio-física,
comos-logía, geo-logía, bio-ética,
etc.
Horizonte ético-práxico, utópico y
anamnético
El
horizonte ético-práxico
implica la consideración de
la
ética como teología primera, y no como aplicación de unos principios
generales,
y de la praxis como acto primero de toda reflexión. La teología no se
mueve en
el horizonte de la razón pura sino en el de la razón práctica y se
reconstruye
a través de los procesos históricos a partir de los nuevos sujetos:
mujeres
marginadas, etnias y razas sojuzgadas, culturas anegadas, religiones
sofocadas,
pueblos, países y continentes enteros anegados por el huracán de la
globalización neoliberal. Ha de despertar, por ende, del sueño
dogmático y del
estado de cuádruple inocencia en que ha
vivido
durante siglos: inocencia social, que le obliga a asumir lo que hay de
verdad
en la crítica de la religión y de ella misma como superestructura
ideológica y
falsa conciencia histórica; inocencia histórica, que demanda colocarse
en el
escenario de la historia no como espectadora acrítica
que contempla el espectáculo de la humanidad desde la lejanía, sino
como actora
que interviene compasivamente en el escenario del sufrimiento ecohumano, provocado por la injusticia humano y
levanta la
voz a favor de las víctimas; inocencia étnico-cultural, que le obliga a
superar
el etnocentrismo y el cristianocentrismo,
y a
ubicarse en un horizonte más amplio, el de la realidad humana en toda
su
complejidad, multidimensionalidad y multiversalidad.
Inseparable
del horizonte ético-práxico es la perspectiva utópica, que parte
del
principio-esperanza y de la enciclopedia de utopías que es la Biblia, y
en
general los textos sagrados de las religiones, reformula la teología
como spes quaerens intellectum. La teología debe saber
compaginar
la vía interrogativa, que lleva a desenmascarar falsas seguridades y
estereotipos, con la vía utópica, que sueña cosas que nunca han
existido y se
pregunta, como la serpiente en la obra de Bernard
Shaw In
the Beginnings ,"¿por
qué no?", allanando el camino para que un
día pueda hacerse realidad lo que todavía no lo es. La utopía, hoy
categoría
olvidada y considerada mítica, debe volver a recuperar, en una Teología
para
Otro Mundo Posible, la centralidad que tuvo en los comienzos de la
teología de
la liberación; eso sí, liberada de sus connotaciones peyorativas y de
sus
inclinaciones ingenuas. Coincido con Moltmann
en que
"el principio-esperanza puede animar a la teología a intentar una nueva
interpretación de su primitiva esperanza para hacerla valer frente a
todos los
sentidos acomodaticios que pretenden tergiversar su verdadero sentido".
No
se trata de una esperanza ciega, sino de una docta
spes, como dice Bloch,
que remite y apela a la razón. La relación entre teología y esperanza
es la
misma que establece Bloch entre razón y
esperanza:
"sólo cuando la razón comienza a hablar, comienza de nuevo a florecer
la
esperanza, en la que no hay falsía". En este sentido me parece una
buena
definición de teología la que diera Marx Horkheimer a finales de la década de los sesenta
del siglo
pasado: "la teología es la esperanza de que injusticia que caracteriza
al
mundo no puede permanecer así, que lo injusto no puede considerarse la
última
palabra".
Junto
con
la perspectiva utópica Una teología para Otro Mundo posible debe
afirmar la
perspectiva anamnética,
que ayuda a recuperar
la herencia
apocalíptica, se centra en el recuerdo subversivo de las víctimas en
busca de
su rehabilitación y considera la obediencia a los que sufren el
elemento
constitutivo de la conciencia moral. Es el saber rememorativo de que
habla Metz, que no debe confundirse con la
amnesia platónica, ni
con la contemplación de las ideas eternas, sino que remite, más bien,
al
memorial bíblico que desestabiliza el presente, cuestiona los cánones
de las evidencias
dominantes y la ley del progreso lineal y defiende las causas perdidas
de los
vencidos, cuyas esperanzas se vieron truncadas por el poder.
Horizonte simbólico e interdisciplinar
El
horizonte simbólico en
que ha de
ubicarse el nuevo paradigma teológico cuestiona el absolutismo
despótico en que
cae a veces el lenguaje dogmático y recupera el símbolo como el
lenguaje más
propio de las religiones y de la teología. El dogma, que es una
convención del
lenguaje, como ya recordara Karl Rahner,
se torna dogmatismo cuando pretende imponerse, con la ayuda y la
legitimación
del poder, en su formulación literal, sin interpretación,
fundamentalistamente,
olvidando la distancia cultural entre la época de la formulación y el
nuevo
contexto histórico. El dogmatismo empobrece el símbolo. Lo que en el
símbolo es
polisémico el dogma lo convierte en
unívoco. No se
olvide lo que dice Paul Ricoeur:
"el símbolo da que pensar", mientras que el dogma tiende a cerrar el
horizonte del pensamiento y del sentido.
Una
teología
para Otro Mundo Posible tiene que hacerse en un clima de interdisciplinaridad. La
teología es un
género literario que tiene sus propias reglas de juego; es, por
expresarnos con
la terminología de Wittgenstein, un "juego
de
lenguaje", que posee su Sitz im Leben y su propia
gramática. Pero, a su vez, se encuentra dentro de una amplia red de
comunicaciones con otras disciplinas. Vive en un régimen "de
dependencia
en relación con las condiciones sociales de producción, es decir, con
la
economía de los bienes culturales, sobre los que el teólogo (y la
teóloga)
están llamados a ejercer una vigilancia ideopolítica
permanente" (Clodovis Boff).
Eso explica la importancia que tienen la filosofía, la antropología, la
sociología, la economía, la politología,
la ecología,
etc., como mediaciones necesarias del discurso teológico.
Dentro
de
la interdisciplinariedad hay que destacar la importancia de las ciencias de las religiones, que
implica el
paso de la teología como saber único o privilegiado sobre Dios a la
teología en
diálogo con otros discursos y métodos que se ocupan del estudio del
fenómeno
religioso diacrónica y sincrónicamente, especialmente las ciencias de
las
religiones: sociología de la religión, fenomenología de la religión,
psicología
e la religión, filosofía de la religión, antropología cultural,
historia de las
religiones, ecología de la religión. En este horizonte es necesario
replantear
la articulación entre la teología y las citadas disciplinas.
Horizonte político y
económico
El
actual
horizonte político imperial
exige, en expresión certera de Jon Sobrino, una "espiritualidad del
Antiimperialismo", que debe traducirse en una praxis liberadora e
inclusiva de los pueblos, países e incluso continentes a quienes el
Imperio
oprime y excluya. Se trata de una espiritualidad interreligiosa de la
resistencia al Imperio y al desorden mundial que genera; una
espiritualidad que
colabora en la construcción de otro mundo posible sin imperios.
"Cristianamente hablando -escribe Pedro Casaldáliga-,
la consigna es muy diáfana (y muy exigente), y Jesús de Nazaret
nos la ha dado, hecha mensaje y vida y muerte y resurrección. Contra la
política opresora del imperio, la política liberadora del Reino. Ese
Reino del
Dios vivo, que es de los pobres y de todos aquellos y aquellas que
tienen
hambre y sed de justicia. Contra la agenda del imperio, la agenda del
Reino". Por paradojas o mejor ironías de la historia, el cristianismo,
que
comenzó como un movimiento antiimperialista, se convirtió muy pronto en
la
religión del Imperio, en lucha contra las demás religiones. El contexto
del
Foro Social Mundial de Porto Alegre, en el que nos encontramos, me
parece el
más adecuado para recuperar el carácter antiimperial
originario del cristianismo. Quizás llevara razón el teólogo modernista
francés
Alfred Loisy a
principio de
siglos cuando escribía: "Jesús anunció el reino y vino la
Iglesia".
El
actual
horizonte económico de
la
globalización neoliberal nos invita a plantear la pregunta por la
significación, la función y el lugar social de la teología en tiempos
de
globalización, y a pasar de la neutralidad política y de la ingenuidad
de la
teología a la ubicación en el mundo de los pobres y excluidos y en la
lucha de
los movimientos altermundialistas.
La
opción
por los excluidos y las excluidas de la globalización neoliberal es,
antes que
actitud ética, una verdad
teológica,
porque está enraizada en el misterio de Dios, que se revela en la
historia como
Dios de los pobres, y en el cristianismo, una verdad cristológica,
porque hunde sus raíces en el misterio de Jesús el Cristo, que asumió
el
empobrecimiento de mane libre, consciente y activa en solidaridad con
los
pobres, y lo hizo no en razón de la pobreza, que consideraba una lacra
social a
combatir, ni por motivos ascéticos o románticos, sino por solidaridad
con los
pobres.
Se
trata
de una verdad que la teología ha descuidado con frecuencia y que el
magisterio
eclesiástico católico tiende a minusvalorar. El presidente del Consejo
Mundial
de Iglesias Visser&apst Hoof
afirmaba a este respecto: "El miembro de la Iglesia que rechaza el
tomar
una responsabilidad respecto a los desheredados es tan culpable de
herejía como
los que rechazan tal o cual artículo de la fe". Conozco a muchos
teólogos
católicos, más de quinientos durante el último cuarto de siglo,
condenados,
amonestados, procesados, retirados de sus cátedra bajo la acusación de
rechazar
tal o cual artículo de fe, generalmente la divinidad y la resurrección
de
Cristo. No conozco, empero, a ningún teólogo o teóloga, que haya sido
sancionado
por negar la verdad de fe de la opción por los pobres.
El
lugar
social, político y geográfico del nuevo paradigma teológico no puede
ser Davos, donde se reúnen los globalistas
de todos los países al grito neoliberal de "propietarios del mundo,
uníos",
y elaboran su peculiar Teología Neoliberal, revelada a Hayek
por el dios de la religión del mercado, sino Porto Alegre, donde nos
reunimos
los movimientos religiosos liberadores con los movimientos altermundialistas
y elaboramos una Teología para Otro Mundo Posible, intentando aportar
las
mejores tradiciones solidarias, emancipatorias
y
fraterno-sororales de las distintas
religiones.
Tradiciones que pueden resumirse en el siguiente decálogo ético:
-
Ética
de la liberación, en un mundo dominado por múltiples opresiones;
imperativo
moral: ¡Libera al pobre, al
oprimido!
-
Ética
de la justicia en un mundo estructuralmente injusto; imperativo moral: ¡Actúa con justicia en las relaciones con
tus
semejantes y trabaja en la construcción de un orden internacional justo!
-
Ética
de la gratuidad, en un mundo donde impera el cálculo, el interés, el
beneficio,
el negocio; imperativo moral: ¡Sé
generoso!
Todo lo que tienes lo has recibido gratis. No hagas negocio con lo
gratuito!
-
Ética
de la compasión, en un mundo en el que impera el principio de la
insensibilidad
hacia el sufrimiento humano y medioambiental; imperativo moral: ¡Sé compasivo! ¡Ten
entrañas
de misericordia con los que sufren. Colabora a aliviar su sufrimiento!
-
Ética
de la alteridad, de la acogida y de la hospitalidad para con los
extranjeros,
los refugiados y los sin-papeles; imperativo moral: ¡Reconoce, respeta y acoge al otro como
otro, como diferente! La
diferencia te enriquece!
-
Ética
de la solidaridad, en un mundo donde impera la endogamia; imperativo
moral: ¡Sé ciudadano del mundo!
¡Trabaja por u mundo donde
quepamos todos y todas!
-
Ética
comunitaria fraterno-sororal, en un mundo patriarcal, donde predomina
la
discriminación de género en todos los campos de la vida; imperativo
moral: ¡Colabora en la
construcción de una comunidad de
hombres y mujeres iguales, no clónicos!
-
Ética
de la paz, inseparable de la justicia, en un mundo de violencia
estructural
causada por la injusticia del sistema: imperativo moral: ¡Si quieres la paz, trabaja por la paz y
la justicia
a través de la no-violencia activa!
-
Ética
de la vida, de todas las vidas, de los seres humanos y también de la
naturaleza, que tiene el mismo derecho a la vida que el ser humano; de
la vida
de los pobres y oprimidos, constantemente amenazada; imperativo moral: ¡Defiende la
vida de todo
ser viviente. Vive y ayuda a vivir!
-
Ética
de la incompatibilidad entre Dios y el dinero, en un mundo donde se
compagina
fácilmente la fe en Dios y la creencia en los ídolos, la adoración a la
divinidad y al oro del becerro; imperativo moral: ¡Comparte los bienes! Tu acumulación
genera el empobrecimiento de
quienes viven a tu alrededor!
Horizonte de la libertad
Sin
libertad los teólogos y las teólogas no podemos construir una teología
para
Otro Mundo Posible. La teología elaborada en no pocos centros
teológicos se
encuentra en un régimen de esclavitud, de cautividad. Es quizás
impecable desde
el punto de vista formal, pero le falta el aire para respirar, las alas
para
volar, la libertad para hablar.
Las
jerarquías religiosas ejercen un control tan fuerte sobre la enseñanza
teológica, que limita sobremanera, cuando no de manera absoluta, la
libertad de
los teólogos y las teólogas. El filósofo español don Miguel de Unamuno decía a principios de siglo: "Pensar en
España
es llorar". Un siglo después podría aplicarse la frase a los teólogos y
las teólogas: "Hacer teología es llorar".
Ha
llegado el momento de poner en práctica en la reflexión teológica el
lema de la
Ilustración: "Atrévete a pensar!", sin
tutores, que ejercen la función de censores. Tenemos que hacer uso
público de
la razón teológica, venciendo las resistencias de quienes, desde la
política,
la religión y la economía, nos disuaden de pensar.
Mientras
los teólogos y las teólogas no tengamos un estatuto de libertad en las
distintas religiones y no podamos ejercer nuestro trabajo desde la
libertad de
expresión, investigación y publicaciones, nuestra teología servirá para
reforzar y reproducir las instituciones religiones, pero no prestará
ninguna
contribución a la hora de construir Otro Mundo Posible.
Nuevas categorías
Una
teología para Otro Mundo Posible requiere un cambio categorial.
He aquí algunas de las principales categorías a incorporar al ámbito
teológico.
-
Del
campo de las ciencias de las religiones: secularización, desecularización,
retorno de la religión, religión del mercado, religión del imperio,
nuevos
movimientos religiosos, religión de la diosa, fundamentalismos, diálogo
interreligioso,
diálogo de civilizaciones, interespiritualidad,
laicidad, sacralizad, monoteísmo-politeísmo.
-
Del
campo de las ciencias de la vida: bio-ética,
bio-genética, bio-logía, bio-tecnología.
-
Del
ámbito de la política y de la economía: política, economía, mercado,
emancipación, liberación, globalización, altermundialización,
movimientos populares, víctimas, dependencia, solidaridad, exclusión,
marginación, justicia, pecado estructural, movimientos de resistencia
global,
liberación, alteridad, projimidad.
-
Del
ámbito del género: dioses-as, patriarcado, género, autonomía, redes,
violencia
de género.
-
Del
ámbito de la ecología: ecología, tierra, cosmos.
-
Del
ámbito de la interculturalidad: cultura, interculturalidad, multiverso,
indígenas, afrodescendientes, etnia, raza,
etc.
Si
tuviera que resumir en una sola frase la respuesta a la pregunta por el
lugar
de la Teología para Otro Mundo Posible, lo haría aplicando a ésta lo
que dice Marx de la religión en su Contribución
a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel:
es "el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin
corazón, así como el espíritu de una situación carente de espíritu". De
lo
contrario se convertirá en "opio del pueblo" y en legitimadora del
valle de lágrimas, que también denunciara Marx
en la
misma obra.