GUERRA Y RESISTENCIA GLOBAL
Carlos Taibo
Pese a la tragedia que acompaña a la agresión angloestadounidense contra Irak,
y a manera de precario consuelo, la multitudinaria contestación que los hechos
han levantado entre nosotros permite albergar algún optimismo. Cuando se sopesan
las manifestaciones del 15 de febrero -y muchas de sus secuelas más recientes-
es común que se deje en el olvido, con todo, algo que conviene rescatar: la
convocatoria correspondiente corrió a cargo, en noviembre pasado y en Florencia,
de los denostados movimientos de resistencia global.
Nada sería más ingenuo, claro, que atribuir a las redes antiglobalización la
sorprendente capacidad de movilización que, en franco rechazo de la guerra,
se ha revelado entre nosotros y en tantos lugares. Esta última se explica, de
forma más sencilla, en virtud de un puñado de datos que casi todos tenemos en
mente. Mencionemos entre ellos la debilidad de los argumentos que identificaban
amenazas del lado de Irak, la certificación de que EEUU tomó en su momento,
y por su cuenta y riesgo, decisiones impresentables, el franco desprecio que
Washington y sus acólitos muestran por Naciones Unidas, los intereses ocultos
que se adivinan en la trastienda, la conciencia de que sobraban los caminos
para resolver, de forma pacífica, la crisis o, en fin, la certificación de que
las políticas que abraza el presidente norteamericano no hacen sino engrosar
el caldo de cultivo de eso que ha dado en llamarse terrorismo internacional.
No es que, en otras palabras, el Gobierno español se haya explicado mal: es
que no hay manera de atrapar un átomo de discurso racional en los mensajes de
quienes alimentan esta guerra.
Tras dejar sentado que las percepciones recién invocadas son comunes a todos,
o a casi todos, los que se han manifestado contra la guerra, tiene su sentido
preguntarse por el sesgo que las redes de resistencia global, y con ellas el
movimiento pacifista de siempre, han procurado aportar a la contestación. Tiene
sentido -digámoslo de otra manera- reseñar cuáles son las diferencias que esas
redes muestran con respecto a muchas de las querencias que, también en oposición
a la agresión contra Irak, se expresan en las fuerzas políticas al uso y en
los medios de comunicación, en el buen entendido de que ni todas las redes de
resistencia global comulgan con los argumentos que siguen ni todos aquellos
que viven al margen de esas redes están necesariamente en desacuerdo con ellos.
Claro es que, en segundo lugar, y si cabe, la miseria se antoja aún mayor cuando
la opción triunfante es la que pasa por prescindir, sin más, de Naciones Unidas.
A muchos sorprende, al respecto, que algunas críticas de la abrasiva política
estadounidense de ahora vean la luz en labios de quienes no dudaron en sortear
la legalidad internacional, en 1999, en Kosovo. El mensaje entonces trasladado
no era precisamente edificante: cuando la ONU interesa, se echa mano de ella;
cuando no, se deja de lado en provecho de una acción, la acometida por la OTAN
en la primavera de aquel año, que exhibía una condición manifiestamente unilateral.
"El unilateralismo no tiene que ver con el número de actores, sino con
la usurpación de una misión que pertenece a Naciones Unidas", ha recordado
con tino un muy afortunado manifiesto suscrito, entre nosotros, por numerosos
profesores de Derecho Internacional y Relaciones Internacionales. Quienes han
venido a sostener que los bombardeos de la OTAN eran defendibles toda vez que
el conjunto de los Estados miembros de la propia Alianza y de la UE los refrendó
se retratan a sí mismos como sospechosos aduladores de las prácticas que hoy
alienta Estados Unidos en relación con Irak. Para evitar malentendidos aclaremos,
por lo demás, la trastienda del debate: siendo evidente que en Kosovo se violentaban
los derechos humanos, no lo es menos que no era ésa la razón que venía a dar
cuenta de las acciones de la OTAN.
La tercera apreciación, engorrosa a los ojos de muchos, pone el dedo en una
llaga: la de la omnipresencia de fórmulas de doble rasero que encaran de forma
diferente a amigos y enemigos, poderosos y débiles. Las consideraciones al respecto,
que no gustan a quienes prefieren bucear en el tenaz recordatorio de la maldad
del régimen iraquí, tampoco complacen mucho a quienes, hoy del lado de la resistencia
contra la guerra, en el pasado alentaron --ahí están, para certificarlo, los
ejemplos de Chechenia, el Kurdistán, Palestina o el Sahara occidental-- aberrantes
dobles raseros. Señalemos, sin mayores pretensiones, que de la misma suerte
que quien aplica tales raseros haría mal en sorprenderse al recibir respuestas
parejas, quien los alentó en el pasado debe demostrar hoy, de forma fehaciente,
que ha realizado el consecuente ejercicio de contrición.
En las redes de resistencia global se aprecia también, sin necesidad de escarbar
mucho, un franco recelo ante la textura de las disidencias que han expresado, en
esta crisis, los dirigentes de Francia y Alemania. El asiento de semejante
recelo es doble. Por un lado, debe recordarse que una cosa es no participar en
una guerra y otra bien diferente asumir el liderazgo de un genuino frente de
rechazo, horizonte que no parece haber estado en momento alguno en la agenda de
París y de Berlín. Pero, por el otro, y más allá de las contingencias del
momento, en los movimientos antiglobalización no sobran los enamorados de la UE
y de sus prestaciones: si dos decenios de políticas neoliberales han dado al
traste con la mayoría de las señales de lo que algunos entienden que era una
modalidad social de capitalismo, hora es de desprenderse de la asunción de que
gentes como Blair, Schröder, Chirac, Berlusconi o Aznar mantienen algún
compromiso con la causa de la justicia y la libertad en el conjunto del planeta.
Lo ocurrido en Jenin y en Ramala un año atrás, las artimañas que los miembros de
la UE han desplegado en Afganistán para esquivar la emergente legislación penal
internacional y el designio francoalemán de rebajar, en estas horas, el tono de
la contestación son argumentos suficientes para apuntalar semejante percepción.
Un quinto criterio que los movimientos abrazan sin mayores dudas remite a la
trama de intereses que se revela al calor de la crisis actual. Por detrás de
ésta no es difícil apreciar la búsqueda codiciosa de materias primas energéticas
y, más allá de ella, el designio de ratificar viejas explotaciones y exclusiones
en provecho de los Estados ricos del Norte y de la globalización que alientan.
En lo que a esto se refiere, se antoja preferible reconocer que el proyecto
-una suerte de abierta participación en el reparto del botín- que el Gobierno
español defiende disfruta de un apoyo mayor que lo que las encuestas invitan
a concluir: con la guerra o contra ella, son muchos nuestros conciudadanos decididos
a preservar su condición de privilegio y a mantener, pese a lo que fuere, los
niveles de consumo -de despilfarro- que caracterizan a nuestras sociedades.
Agreguemos una última percepción en la que beben muchas de las redes de resistencia
global: aun cuando, entre nosotros, celebran que el principal partido de la
oposición haya optado por plantar cara a esta guerra, prefieren no olvidar que
en medida nada despreciable lo que ocurre hoy es la secuela de políticas que
los ahora opositores defendieron, a capa y espada, cuando se hallaban en el
poder. Al fin y al cabo, fue en los albores de la era socialista cuando cobró
cuerpo un franco designio encaminado a normalizar las relaciones exteriores
españolas de la mano del ejercicio de una manifiesta sumisión al dictado que
emanaba de Washington. Lo sucedido al calor del malhadado referéndum sobre la
OTAN, en 1986, y del visible incumplimiento de las tres condiciones entonces
postuladas por el Gobierno español obliga a desestimar la sugerencia de que
los desafueros que el Partido Popular protagoniza en estas horas carecen por
completo de antecedentes. Y es que a los ojos del grueso de los integrantes
de los movimientos que nos ocupan, más preocupados por fortalecer las redes
sociales que por alcanzar unos u otros resultados electorales, no hay motivo
alguno para dar la espalda a un lema de antaño que hoy recupera, sibilinamente,
su sentido: OTAN no, bases fuera.
Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid.