SEMINARIO INTERNO 2006-07
ÁFRICA: EL CLAMOR DE LOS ÚLTIMOS

María José Lucerga

Foro I. Ellacuría

 

 

ÍNDICE
  1. Colonización y procesos de independencia
  2. Neocolonialismo: La presencia de Europa/EEUU en África
  3. África en Europa: el fenómeno migratorio y la reacción europea
  4. Conflictos armados en África: la guerra interminable
  5. El hambre y el SIDA: morir hoy en África
  6. Sociedad civil y estructuras políticas en África: posibilidades de futuro
  7. Mujeres en África

El Seminario Permanente del Foro “Ignacio Ellacuría” dedicó el programa del curso 2006-07 al tema “África: el clamor de los últimos”.

En el atlas que anualmente publica Le Monde Diplomatique, África ve mermada considerablemente su extensión real y queda reducida a un continente casi inexistente. Recordemos que este atlas refleja el papel de las distintas zonas del planeta desde el punto de vista económico y geopolítico y que, a pesar de que África ha sido y es un importante “proveedor” de materias primas para el primer mundo y de que durante décadas fue campo donde las grandes potencias se jugaron su supremacía, hoy no parece contar mucho en el concierto mundial. Demasiado anárquicos y corruptos para contar con democracias estables y sistemas productivos propios, demasiado pobres para ser mercado potencial, demasiado tribales para sumarse al carro de la globalización, demasiado atrasados para convertirse en protagonistas de su propia historia, irremisiblemente condenados a la categoría de “víctimas” y “excluidos”. Estas son algunas de las claves del imaginario occidental sobre África, un imaginario que llega a la gente de a pie convertido en una nebulosa en la que conviven los safaris, los documentales de la siesta y la baronesa Karen Blixen con la guerra eterna, las hambrunas, la sequía, el SIDA y, más recientemente, los cayucos y los inmigrantes sin papeles.

Con el programa de este curso hemos querido dar un primer paso para ir más allá de esta imagen, conocer algo mejor qué es hoy África, cómo y por qué ha llegado a la situación actual, qué papel han desempeñado en este proceso los países desarrollados y la cooperación internacional, cuáles son las perspectivas de cambio y cuáles los agentes que trabajan por él.


Colonización y procesos de independencia (primera sesión)

José Antonio Zamora fue el encargado de abrir la primera sesión presentándonos algunos de los capítulos de la obra de Marc Ferro El libro negro del colonialismo, siglos XVI al XXI: del exterminio al arrepentimiento (Esfera de los Libros 2005).

En esta obra se analiza el proceso de colonización en los cinco continentes, poniendo su atención en una serie de prácticas que, con más o menos intensidad, se repiten en los diferentes períodos y territorios.

1. Prácticas que definen el proceso de colonización

En primer lugar nos encontramos con la conquista militar, que suele constituir el punto de partida de la colonización, aunque unas veces sea un proceso rápido y organizado por el Estado colonizador y otras un proceso lento llevado a cabo por "colonos civiles". Por lo general, ante la menor resistencia, los colonizadores se emplean con violencia extrema. Baste como botón de muestra uno de los testimonios aportados por el libro: "Al pasar por las aldeas teníamos derecho a matar a todo el mundo y a saquearlo todo cuando los habitantes venían a someterse. De este modo no nos han faltado pollos ni cerdos... Nos vamos por la tarde, hacia las diez o las once, vamos a las aldeas y sorprendemos a los habitantes en la cama. Matamos todo lo que hay, hombres, mujeres, niños, a culatazos o a bayonetazos, es una verdadera matanza." (Testimonio aportado por Monseñor Puginier en 1884).

En segundo lugar encontramos la práctica de la expropiación. En la visión de los colonizadores, las formas de propiedad europeas y el aprovechamiento de las tierras por medio de trabajo fundan el derecho sobre ellas: fundamento de la sociedad civil. En la percepción de los colonizadores, la falta de estas dos condiciones entre los colonizados convierte a los primeros en propietarios legítimos. Por esa vía se anulan formas de propiedad comunales y de trato con la tierra, fundadas más en una relación armónica que en la explotación desbocada. En muchas ocasiones se presenta el territorio colonizado como terra nullius (tierra de nadie): Australia, Norteamérica, Sudáfrica. Esta mentalidad es la que pone de manifiesto el siguiente pasaje de un artículo de prensa que puede servir de ejemplo: "Este vasto país no era para ellos [los aborígenes] más que un territorio comunal -no sometían a la tierra a ningún tipo de labor-; su propiedad, su derecho no valían más que los del emú o del canguro. No sometían a la tierra a ninguna labor y esto —y sólo esto- es lo que da derecho a su propiedad [...]. El pueblo británico [...] ha tomado posesión [...] y tenía pleno derecho a hacerlo, por la autoridad divina, según la cual se ordenó al hombre avanzar sin dudar, poblar y cultivar la tierra" (Sydney Morning Herald, ante la matanza de Myall Creek 1838). Como puede verse no se reconoce otra soberanía que la ejercida por los colonizadores e impuesta con la violencia.

En tercer lugar, hay que señalar la práctica de la trata y esclavitud. Es bien conocido que aproximadamente 15 millones de personas fueron deportadas de África a América y esclavizadas en el período que va desde la conquista española de América a la abolición de la esclavitud. A esa cifra hay que añadir las personas que perdían la vida en las cacerías humanas previas al transporte y las que fallecían durante el viaje. La primera abolición se produce por la Convención Nacional Francesa en 1794. Pronto sería revocada por Napoleón Bonaparte, para terminar volviendo a ser abolida en 1848 (1865 EEUU). Es importante señalar que la abolición de la esclavitud no supuso la desaparición práctica de la misma. En muchas ocasiones, ésta fue sustituida por una variedad de trabajo forzado muy similar a la esclavitud. Tanto la trata como la esclavitud constituyen un sistema económico racional que genera beneficios comparables a la industria, aunque la economía esclavista quedó periclitada por la propia evolución del capitalismo (ya que reduce el volumen de capital disponible para otras actividades que producen más beneficio).

En cuarto lugar, como se ha señalado, está la práctica que sustituye a la esclavitud cuando ésta es abolida, el trabajo forzado, aunque habría que decir que a menudo éste supera en crueldad a aquella. El régimen de trabajo forzado adquiere con enorme frecuencia rasgos que calificaríamos hoy de concentracionarios. Es el medio empleado para implantar cultivos forzados destinados a la exportación, destruyendo las producciones autóctonas y los sistemas sociales que se sustentaban en ellas. El trabajo forzado es un instrumento clave de la subordinación económica de las colonias a las metrópolis, a sus intereses comerciales o estratégicos.

Otra de las prácticas que forman parte del proceso de colonización es la asimilación forzosa. Las prácticas educativas o evangelizadoras, cuando se producen, están encaminadas a que los colonizados abandonen su cultura y adopten la de los "blancos". La relación colonizadora está presidida, salvo contadas excepciones individuales, por un etnocentrismo cultural europeo que desprecia cuanto desconoce o es diferente/extraño. La colonización cultural actúa como soporte y aseguramiento de la colonización política y económica. La asimilación tiene como meta la destrucción de la sociedad autóctona, sus tradiciones, sus costumbres, sus sistemas de organización social, etc. En muchos casos, como en Australia, fue acompañada de la separación de los niños de sus familias.

Por último, cabría hacer mención de otra de las prácticas que acompañan a la colonización, aunque no en todos los lugares, el exterminio. Resulta difícil definir lo que puede ser considerado como tal. Las epidemias importadas por los colonizadores no pueden ser consideradas como consecuencias desafortunadas. No sólo son aceptadas como instrumento bienvenido de cara a liquidar al "enemigo"; muchas veces se intenta utilizarlas como tal instrumento. También hay que considerar el papel que juegan las hambrunas en unión con la reconversión de la producción agrícola en función de la exportación a las metrópolis. Es evidente, si miramos a algunos continentes, que en ciertas zonas del planeta los habitantes autóctonos representan un obstáculo más que un medio para llevar a cabo la colonización y que se produce un exterminio sistemático. En África tenemos el caso de Namibia o lo que entonces se llamaba África Occidental Alemana. En 1904 se produce la rebelión de los Herero, su derrota y genocidio. 2/3 de los Herero y 1/2 de los Nam son eliminados. El resto fue confinado en campos de concentración. La mitad de los internados fue liquidada (convendría recordar aquí que el método de la "reconcentración" en campos ya había sido probado por España en Cuba en 1895). En Namibia se realizan ya en los campos de concentración experimentos médicos para probar el mito de la superioridad de la raza blanca (Theodor Mollison y Eugen Fischer: maestros de Josef Mengele en el Kaiser-Wilhelm-Institut für Anthropologie). Resulta curioso descubrir que el comisario imperial en la colonia fuera Heinrich Göring, padre (y al parecer inspirador con sus medidas de control y aniquilación) de ministro de interior nazi Hermann Göring.

2. La colonización en África

De la República Centroafricana a Angola, del Atlántico a los Grandes Lagos, el África central ha conocido tres colonizaciones —portuguesa, francesa y belgo-leopoldiana— cuyos discursos de legitimación, formulados mucho después de la conquista, parecen profundamente diferentes, pero cuyos comienzos, a finales del siglo XIX y primeros del XX, presentaron muchas semejanzas. No obstante, es en el Estado Independiente del Congo, el futuro Congo Belga, donde los métodos de conquista alcanzaron un grado mayor de brutalidad, que hace de ella una especie de modelo en la historia de la colonización del siglo XIX y del XX.

Para representar al colonialismo leopoldiano (Leopoldo II, rey de los belgas, 1865-1909), las fuentes más dispares utilizaban las nociones y los conceptos más evocadores para la época: curse (maldición), slave state (Estado esclavista), rubber slavery (esclavitud del caucho), crimen, saqueo... Hoy no se duda en hablar de genocidio y holocausto. Los estrafalarios arreglos jurídicos, realizados de acuerdo con todas las potencias europeas y con los Estados Unidos de América en la Conferencia de Berlín (15.11.1884-26.2.1885), dieron vida a un régimen de conquista colonial que formó el colonialismo naciente para el conjunto del África central y cuyos efectos continuarán manifestándose en esta región hasta comienzos del siglo XXI. Las potencias europeas presentes en la región (Francia en el Congo francés, Portugal en Angola y Alemania en el Camerún y en el África Oriental Alemana) se apresuraron a hacer suyos los métodos leopoldianos, considerados los más eficaces y rentables. Con la mezcla, característica de esta primera fase colonial, de ignorancia, ceguera, mala fe y tranquila creencia en la superioridad de la “raza blanca”, Leopoldo II y sus agentes quisieron justificar, en nombre de los imperativos del “progreso”, el sistemático recurso a la imposición y a la violencia contra los africanos.

Lo que se produjo en África oriental en el siglo XIX es contemporáneo de la colonización occidental, y tampoco vale más desde el punto de vista de los derechos humanos. Se trata de la colonización de la costa africana por el sultán de Omán, quien fijó su residencia en la isla de Zanzíbar, que se convirtió en su capital en 1840. Aunque de una manera diferente a la codificación europea, se trataba claramente de una colonización económica y al mismo tiempo política, esta última en menor medida, pues seguía siendo grande la autonomía de las aristocracias. El sultanato había instaurado un verdadero modo de producción esclavista. En los últimos años del siglo XIX, en el corazón de África, encontramos un extraordinario mosaico de señores de la guerra que eran comerciantes y plantadores esclavistas. Especialmente apreciada era la captura de mujeres, ya que garantizaba al mismo tiempo el trabajo de los campos y la expansión biológica de los grupos competidores. La zanzibarita era una economía mixta basada en la trata negrera, la obtención de marfil y la producción agrícola tanto alimenticia como de exportación.

El apartheid ha sido la última fase, la más violenta, la más dura, y también la más combatida, del largo proceso de dominación, explotación y desposesión llevado a cabo a costa de los africanos desde los comienzos de la presencia europea en África del Sur hasta la década de 1990. El concepto de apartheid, enunciado en 1935 por el profesor P. van Biljoen, pretendía ser novedoso y trataba de designar una nueva política basada en la separación estricta y definitiva de las diferentes «comunidades» que existían en África del Sur con el fin de instaurar el «desarrollo separado» de las mismas, «garantizando al mismo tiempo la seguridad de la raza blanca y de la civilización cristiana», según las palabras de Daniel Malan, vencedor, a la cabeza del HNP (Partido Nacionalista Reunificado), de las elecciones de 1948 y primer artesano de esta política. En realidad se encontraba en continuidad con prácticas de segregación muy antiguas reforzadas desde finales del siglo XIX con el desarrollo del capitalismo colonial y por la adhesión de un número creciente de blancos a las tesis racistas y ultranacionalistas.

A partir de la victoria electoral del HNP en 1948 se adopta un sistema clasificatorio de los «grupos raciales», de donde iba a derivar la segregación reforzada y también la exclusión política de los africanos y el carácter cada vez más policial del régimen. Para los negros, despojados de todo derecho, la asignación autoritaria de la identidad fue doble: una «identidad racial» y luego una «identidad étnica». La imposición de etiquetas raciales sirvieron también para que se respetasen las disposiciones del petty apartheid, basado en la estricta separación de lugares y servicios cuya interminable lista enumeraba la Ley de Reserva de Servicios Separados (1953). Una vez que los africanos fueron inmovilizados en su raza y en una etnia o una comunidad, resultaba posible actuar a fondo en la política de los bantustanes, que se remontaba a las reservas indígenas creadas en 1913 y 1936. Los llamados homelands (hogares nacionales) cumplían una función económica: agrupar a los naturales, a quienes se negaba ya la nacionalidad sudafricana; y constituir una reserva de reproducción de mano de obra barata, explotable a voluntad y confinada en los homelands cuando no se la necesitaba o cuando expresaba la más mínima manifestación de resistencia.

La colonización ha tenido efectos muy contrastados sobre la historia de la demografía. Esquemáticamente se pueden distinguir tres períodos: la economía de saqueo de la fase primitiva de la colonización, que provocó una despoblación masiva en todos los lugares donde se llevó a cabo, en África del norte y en el África Negra; la fase de reequilibramiento, que pudo prolongarse al menos a lo largo de una generación, durante la cual la población se estabilizó e incluso comenzó a no retroceder, aunque no sin altibajos; y el tercer período, por el contrario, cuando las autoridades coloniales se pusieron manos a la obra y se preocuparon seriamente de la salud de los colonizados, que significó un crecimiento demográfico brutal que, en ciertos casos, todavía está lejos de detenerse.

La conquista europea, perpetrada en el último cuarto del siglo XIX, en su fase de aceleración final desembocó, en sus casos más violentos, como en el Congo Belga, en la combinación de guerra, enfermedades y hambrunas y, entre 1876 y 1920, en la destrucción de, probablemente, la mitad de la población total de la región. En otras partes, excepto quizá en el África occidental costera, más acostumbrada durante largo tiempo a los contactos internacionales, se calculó aproximadamente la desaparición de un tercio de la población. El aumento global computado entre los años 1890 y 1920, que llevaría a África por estas fechas a alcanzar los 120.000.000, se debería exclusivamente a los extremos norte y sur del continente.

El postulado de la superioridad blanca tiene una larga historia en Occidente. La esclavitud de los negros fue justificada por la «maldición de Cam». La tradición de exégesis occidental derivada de san Agustín, combinada con el legado de Aristóteles y con las narraciones grecorromanas que situaban al sur de Egipto y del desierto una cantidad de monstruosidades, se las ingenió para hacer de los africanos negros los descendientes malditos del linaje de Cam. Desde entonces, la maldición de Cam, que asocia la negrura de la piel a la negrura del alma, acabó siendo el argumento fundamental de los esclavistas. Paradójicamente, el Siglo de las Luces fue también el siglo en el que la inferioridad del negro fue llevada a su paroxismo, pues fue el período de mayor expansión de la trata atlántica: la mitad de los esclavos deportados, es decir, unos 6.000.000 sobre un total de 12.000.000, lo fueron en este período. El Siglo de las Luces fue un siglo en que, por un lado, en las colonias al igual que en Francia, se endureció la actitud hacia los negros esclavos, y aquel en el que, por otra parte, la lucha antiesclavista vino acompañada por un aumento del racismo basado en el color. Armada con la herencia que se remontaba al menos a dos siglos atrás, la colonización no tuvo dificultades para insertarse en el molde «racialista» que se había convertido en la ideología dominante si no exclusiva de finales del siglo XIX.

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Quizás sería necesario examinar la relación entre un cierto mesianismo (religioso, civilizatorio, político) que ha presidido la relación con los otros diferentes, con los colonizados. Una mezcla de inferiorización que justifica la intervención salvadora que sirve para encubrir y legitimar la dominación, el sometimiento y la explotación. Aunque en realidad lo primero es la voluntad de poder y luego se busca la justificación.

Es necesario pensar que este tipo de relación no es una especie de fatalidad que acompaña a la humanidad consustancialmente y por lo tanto de la que no hay escapatoria. Es posible que hayamos creado estructuras tan poderosas y presididas por una lógica expansiva de tal fuerza (sistema capitalista) que la lógica de dominación que preside la relación entre metrópolis y colonias pueda parecer como inexorable. Sin embargo, las individualidades que se han sustraído al hechizo de la naturalidad de esa dominación, que han denunciado las formas de inferiorización de los diferentes, las voces proféticas que rechazan la esclavización y luchan contra ella (Bartolomé de las Casas), esas individualidades muestran que ha sido posible una forma diferente de entender y vivir la relación entre diferentes, una forma basada en la libertad y el reconocimiento mutuo. No todo el mundo ha estado ciego por la búsqueda del beneficio.

Otra cuestión importante es la relación entre el presente y el pasado colonial. Cuando los cayucos aparecen en nuestras costas, casi nadie tiene presente la historia que hay detrás. Los que tienen mejores intenciones ven unas personas necesitadas de ayuda y la necesidad de que los países ricos presten dicha ayuda "dentro de sus posibilidades". Como suele decirse, "aquí no podemos acogerlos a todos". Pero raramente se relaciona su situación de escasez y su desesperación ante la falta de oportunidades con nuestra "capacidad de ayudarles". ¿Cómo se ha llegado a esa situación? ¿Qué responsabilidades se derivan de la historia de la colonización? ¿Quién recuerda la emigración española al norte de África durante todo el siglo XX -más de 1.200.000-?


Neocolonialismo: La presencia de Europa/EEUU en África tras la colonización (segunda sesión)


En esta segunda sesión trabajamos con el libro de Francisco Javier Peñas Esteban (ed.): África en el sistema internacional (Madrid: Los Libros de la Catarata 2000) y con un texto inédito de José García Botía sobre el genocidio en Ruanda en 1994. José Manuel Mira fue el encargado de presentarlos.

1. La aparición de los Estados africanos en el sistema internacional

El colonialismo estableció un sistema internacional dual consistente en un núcleo de estados que se relacionaban entre sí mediante normas de derecho internacional y una periferia, entre la que se encontraba África, sometida al gobierno despótico, no representativo, de aquellos estados. Finalizada la II Guerra Mundial la situación seguía esencialmente igual. Hacia 1965 todas las colonias reivindicaban más o menos simultáneamente la libre determinación y se acabó convergiendo en el reconocimiento de la estatalidad y soberanía de las mismas. Los europeos se fueron retirando, transfiriendo a las elites africanas el aparato del poder de la colonia dando origen así a un nuevo estado que recibiría el reconocimiento internacional de forma inmediata. Pero el naciente estado se convirtió en una nueva forma de control y dominación social por parte de los nuevos mandatarios sin que se modificasen las estructuras administrativas o los modos coloniales, únicamente se africanizaron.

2. Diplomacia humanitaria, protectorados y política de cañoneras

La lógica que inspira la expansión europea del XV se resume en «Estamos aquí para servir a Dios, al Rey y hacernos ricos». Conquista, civilización y comercio son parte de un único paquete que responde a la idea de progreso exportable a los salvajes, de suerte que «las leyes de Dios se ajustan tan felizmente que cuando beneficiamos a los nativos nos beneficiamos a nosotros mismos». Con el tiempo se daría paso a la dogmática liberal, moderna y universalista que posteriormente se plasmaría en las teorías del desarrollo. Al llegar la descolonización, el sistema internacional, sus organismos y su derecho cumplen globalmente la función tutelar que las antiguas metrópolis cumplían y en alguna medida siguen cumpliendo. El modo en que se produce la descolonización trae como consecuencias que 1) los estados africanos miran hacia fuera del continente y a sus antiguas metrópolis y escasamente se proyectan hacia sus vecinos; 2) los estados sirven como intermediarios entre el sistema internacional y sus sociedades; 3) la recepción de ayuda es hilo conductor de la relación exterior -incapacidad de extraer tributos de sus poblaciones-. Los estados africanos no poseen capacidad material de ejercer la autoridad sobre su territorio e incluso la integración identitaria de su población.

Con la crisis del petróleo en 1973, la dependencia de la ayuda externa y la Guerra Fría tuvieron repercusión en los estados africanos y en sus políticas de clientelismo. En el interior la autoridad se mantiene gracias a redes clientelares que atraviesan la administración. Finalizada la Guerra Fría la importancia geoestratégica de África desaparece y también se sitúa en la marginalidad para las relaciones económicas, como consecuencia de lo cual «el continente africano está siendo borrado del mapa», sometido a una combinación de diplomacia humanitaria, protectorados y política de cañoneras.

3. África en las relaciones económicas internacionales

La situación económica del continente ha empeorado y se ha producido un declive en la participación africana en el comercio mundial de diversas materias primas al tiempo que se ha acelerado el crecimiento de su deuda externa. Además, los programas de ajuste estructural y las políticas del FMI y BM copiadas de otros lugares han sido inadecuados para promover el desarrollo africano, como las propias entidades han tenido que reconocer (de forma disimulada) posteriormente. Buena parte del comercio mundial se basa en políticas especulativas en los mercados de divisas y África queda al margen. Las inestabilidades políticas y económicas de los países no estimulan la inversión externa de actores privados. La poca inversión que llega tiene por destino petróleo y minería (carácter temporal).

4. África Subsahariana y el concepto de falling state

El término estado fallido, introducido por Boutros Ghali, describe una combinación perversa de descomposición institucional, colapso económico, violación de DDHH, desintegración social y corrupción masiva. Estos estados representan un problema serio para las fuerzas militares de la ONU, cuya función dentro de estas zonas sería fortalecer las estructuras de gobierno, la protección de los DDHH de las poblaciones amenazadas a gran escala, la desmilitarización de la sociedad o partes de la misma y la cooperación para el desarrollo y la construcción nacional. El fin último de esta actuación sería evitar conflictos futuros que pongan en peligro la paz y seguridad internacional o regional.

Los regímenes heredados de la descolonización imitaron el modelo de democracia occidental tan alejado de la realidad de aquellos países. La corrupción llegó enseguida a la interesada conclusión de que la democracia parlamentaria era un lujo oneroso no afrontable por países pobres, por lo cual la mayoría de los dirigentes evolucionaron hacia el modelo de partido único, como único instrumento válido para luchar contra tendencias centrífugas, como mecanismo nivelador de clases sociales y como instrumento de modernización.

5. El colapso del estado postcolonial en la década de los noventa

Características del estado postcolonial africano

(1) Instituciones estatales de origen exógeno, creadas por el colonialismo.

(2) Naturaleza personalista y neopatrimonial.

(3) Importante dependencia externa.

(4) Políticas autoritarias que «tribalizaron» la heterogeneidad étnica.

Factores internacionales de la encrucijada

(1) Efectos muy negativos de los Planes de Ajuste Estructural y creciente marginalidad de África en el proceso de globalización internacional.

(2) Durante la etapa de la Guerra Fría las superpotencias inyectaron asistencia militar y económica a sus aliados. Muertos: más de 400.000 en Somalia, 900.000 en Ruanda, 100.000 en Burundi, 200.000 en Liberia, 4.000.000 en Congo. Desplazados: más de 5.000.000.

(3) La intervención internacional se produjo bajo la forma de intervencionismo humanitario aun cuando la fórmula había desaparecido del escenario internacional.

(4) El derrumbamiento del estado postcolonial más allá de una mera rebelión, golpe o disturbio. El estado se hunde y no puede garantizar el orden, las leyes y la cohesión social, ni la economía. Ante esta situación la población se moviliza recuperando las llamadas autoridades tradicionales, pero también aparece el fenómeno de los «señores de la guerra» (warlordismo) como consecuencia del derrumbamiento del estado.

6. Del partido único al buen gobierno.

La democracia hace su entrada en África como producto de importación, sin raigambre en la cultura africana. Más bien se trataba de un lema donde convergían la voluntad de las metrópolis europeas de poner fin a la época colonial con marchamo de «deber cumplido» y el deseo de las elites nacionalistas (de dudosa legitimidad democrática) de suceder a las primeras en el monopolio de los recursos políticos y económicos.

La clase política africana construyó un estado desapegado de las dinámicas e intereses de sus sociedades, en el que las instituciones del mismo constituían un ámbito de generación de privilegios. Cuando gobierno y oposición cooptaban a los beneficios a través de relaciones clientelares la estabilidad de la democracia liberal tuvo cierta estabilidad; donde no, los regímenes democráticos fueron cayendo como resultado de golpes militares. El «partido único» se convirtió en la fórmula política del estado neopatrimonial africano en las tres décadas que siguieron a la independencia.

El término buen gobierno fue acuñado por el BM en relación con África identificado mediante cuatro elementos vinculados al desarrollo: 1) efectividad del sector público, apertura a privatizaciones y reformas en la empresa pública; 2) responsabilidad en la gestión pública, con participación ciudadana; 3) estado de derecho formal; 4) estado transparente y abierto para el buen funcionamiento del mercado.

7. Tipicidad y casuística de la condicionalidad política

La Unión Europea se arroga unilateralmente el derecho a hacer prescripciones políticas a los receptores de la ayuda o a interrumpirla cuando entiende que se producen violaciones de los principios democráticos, de los DDHH, etc. Ello representa un sutil artilugio de intervencionismo foráneo al más puro estilo neocolonial. Bajo la apariencia de la extensión del bienestar planetario se tratan de insuflar constructos políticos carentes de la más mínima raigambre en la cultura política africana.

8. Genocidios en África y silencio internacional (Pepe García Botía, Comité Umoya)

En 1994 el 84% de la población es hutu y el 15% tutsi; había muchos matrimonios mixtos. El Gobierno y el ejército estaban en manos de los hutu en ese momento. Se masacraron a unos 500.000 tutsis en tres meses, con la connivencia, cuando no la participación directa, del ejército. Salvo una minoría de militares, los muertos fueron civiles indefensos. Naciones Unidas estaba presente en la zona con una misión de 2.500 cascos azules. Cuando la situación se acercaba a su explosión, el Consejo de Seguridad decidió retirar los cascos azules.

¿Por qué retiró los cascos azules? ¿Acaso no se daban cuenta de que con esta medida dejaban vía libre a los asesinos? ¿Qué pasó aquí que todo el mundo lo veía venir y nadie movió un dedo para detener lo que se preveía? Quizá los países ricos pensaron que se avecinaba una guerra civil donde la guerrilla tutsi del Frente Patriótico Ruandés mejor pertrechada pronto ganaría, como así sucedió. Esa parece más cercana a la “versión oficial”. Durante 10 años esta versión parece haber predominado a nivel internacional, pero las investigaciones de un juez francés imputaba al FPR (tutsi) la responsabilidad de lanzar el misil que abatió el avión en el que viajaban, el 6 de abril de 1994, los presidentes hutu de Ruanda y Burundi. No se trataba pues de un accidente, la muerte del presidente hutu fue el acontecimiento que hizo estallar la ola de violencia. El genocidio de Ruanda era el momento cumbre de una guerra que empezó cuando en octubre de 1990 el FPR empezó a atacar desde Uganda, liderado por miembros de la antigua monarquía tutsi que habían sido expulsados en 1959 cuando los hutu, sometidos durante siglos y obligados a ser sus siervos, se sublevaron contra ellos.

Cuando el FPR tomó el poder, la población hutu ruandesa se puso a huir en masa. 1,5 millones de refugiados sólo en Zaire. Los campos eran atacados por militares. Disparaban indiscriminadamente sobre los refugiados. El único objetivo parecía ser matarlos. Incluso llegaban a bombardearlos. Kabila, un antiguo opositor al dictador Mubutu de Zaire, lidera la AFDL que estaba constituida por ruandeses, ugandeses, banyamulenges (tutsis ruandeses establecidos en el este del Zaire) y algunos congoleños. La cacería humana de hutus se consuma. Kabila toma el poder y acaba la era Mubutu. Las discrepancias entre Kabila y sus aliados tutsis aumentan y tras un fallido golpe de estado, Ruanda, Uganda y Burundi empiezan a invadir el este de la RD del Congo. El ejército de Kabila se muestra impotente y los invasores realizan matanzas en masa en la población civil sembrando el terror.

¿Qué hace la ONU? A pesar de los antecedentes, pasan ocho meses hasta que el Consejo de Seguridad pronuncia su primera Resolución relativa a esta guerra, la Resolución 1234. Está claro que la ONU no tenía como prioridad defender las vidas humanas en estos tres conflictos. Demasiadas muertes y demasiada pasividad e ineptitud del Consejo de Seguridad ¿casualidad? ¿El bando beneficiado? El FPR del actual Presidente de Ruanda, Paul Kagame. Detrás de todos los conflictos en los Grandes Lagos desde 1990, había oculta una pugna ente Francia y EEUU-Reino Unido por el control de la zona. Pugna en la que el eje anglófono vencía claramente. El derecho a veto de estos países les garantizaba que la ONU no podía actuar en contra de sus intereses, aun cuando los tres apoyaran a regímenes que cometían genocidios.

La RD del Congo tiene enormes riquezas mineras. Destacan por su abundancia sus reservas de oro, diamantes, uranio, cobre, cobalto, zinc, estaño, manganeso... Y es una de las zonas del planeta en donde hay mayor concentración de minerales raros, a veces con un alto valor tecnológico como coltán, casiterita, europio, pirocloro, niobio, germanio, thorio. 87 minerales hasta entonces desconocidos han sido descubiertos en el Congo. Esto deja claro que el objetivo final de la guerra no era otro que el expolio de las inmensas riquezas mineras del Congo.

Desde Nigeria hasta Angola parece haber una inmensa bolsa de un petróleo de calidad. Este petróleo presenta algunas ventajas respecto al petróleo de Oriente Medio: está más cerca de la costa americana; está en el mar, con lo que los posibles actos de sabotaje se dificultan notablemente; la población africana aparece como menos hostil hacia los EEUU que la árabe; y la situación de precariedad generalizada puede facilitar contratos ventajosos. Esto ha hecho que la política energética norteamericana se haya ido orientando hacia los países africanos con petróleo y su apoyo hace que se mantengan en el poder dictadores como Obiang en Guinea Ecuatorial, sin importarles si respetan o no los derechos humanos.

* * * *

Una de las cuestiones más difíciles de desentrañar respecto a la significación geoestratégica de África está referida a su importancia en la economía mundial. Por un lado está claro que desde el punto de vista de su aportación al PIB mundial, el continente africano posee una importancia completamente marginal. Sin embargo, el valor que poseen sus reservas de minerales de valor estratégico, el petróleo, los diamantes, etc. lo convierten en una presa codiciada para las potencias económicas mundiales. Esta combinación tiene efectos completamente fatales para el continente, pues las potencias mundiales sacan el máximo beneficio de la situación actual de conflictos interminables y de desestructuración de las sociedades civiles. Estados fallidos son lo que más conviene al interés por sacar las materias primas, los minerales de valor, las reservas petroleras, etc. al mejor precio y con los mínimos costes.

Otra de preguntas más acuciantes se refiere al papel de la sociedad civil. Es evidente que asegurar la supervivencia en las condiciones actuales, aun contando con ayuda humanitaria o a pesar de ella, exige un grado enorme de movilización de recursos escasos, lo que a su vez indica la necesidad de atender a grupos humanos, como las mujeres, los inmigrantes, las autoridades tradicionales, etc., que adquieren una gran relevancia en momentos de crisis. Sin embargo, son muchas las dificultades para que las poblaciones se puedan ir organizando desde abajo hasta poder hacer frente a la alianza de multinacionales, instituciones internacionales, potencias mundiales, organizaciones humanitarias, señores de la guerra y elites políticas para hacer valer frente a esa alianza una nueva forma de organización social. El poder de las redes clientelares y la violencia brutal de los grupos armados mantiene a las sociedades africanas bastante sometidas, sin que aparezca por ahora en el horizonte una alternativa.

¿Qué papel juega la ONU? Está claro que no ha servido de mucho hasta ahora. Si el camino desde abajo parece estar bloqueado, confiar en una especie de organización internacional con capacidad de intervención y de imponer su monopolio de violencia también significa una buena dosis de ingenuidad. La falta de Estado en África difícilmente puede ser suplida por un gobierno mundial con monopolio de la violencia, que puede ser peligrosísima si se mantiene la asimetría existente hoy. Dicho gobierno no sería otra cosa que el instrumento para imponer los intereses de los más poderosos. Quizás habrá que buscar un fortalecimiento de las organizaciones regionales y los acuerdos entre Estados próximos, por un lado, y el fortalecimiento de la sociedad civil, por otro. Caminos ahora bloqueados. Esto explica la falta de horizonte de tantos africanos que no ven otra salida que arriesgar su vida para escapar del desastre.


África en Europa: el fenómeno migratorio y la reacción europea (tercera sesión)


Carmelo Mula fue el encargado de introducir la tercera sesión, en la que se trabajó a partir del libro de Mario Marazziti y Andrea Riccardi: Euráfrica: Lo que no se dice sobre la inmigración. Lo que se podría decir sobre Europa (Barcelona: Icaria 2005), complementado con datos de C. Bel Adell y J. Gómez Fayrén: Nueva inmigración africana en la región de Murcia: inmigrantes subsaharianos (Murcia: CES 2000), INE y artículos de opinión del diario El Mundo, La Verdad y la Cadena Ser.

1. Carta de dos jóvenes africanos

Dos jóvenes africanos de 15 años son encontrados muertos en el aeropuerto de Bruselas en el hueco del tren de aterrizaje de un avión procedente de África. Posiblemente los jóvenes tenían previsto este suceso, pues dejaron una carta escrita explicando los motivos de su viaje, carta que nos tiene que hacer reflexionar cuando se habla de África en Europa. Estos jóvenes nacieron después de la descolonización, estaban viviendo los sufrimientos y dificultades actuales sin ver un futuro en sus países y sobre todo veían a través de los medios de comunicación la opulencia y derroche de Europa como la patria de la felicidad. Soñaban con venir aquí y solían decirles a sus compañeros que su misión una vez que estuvieran en Europa sería la de ayudarles a estudiar a todos, estaban convencidos de que los señores de Europa les iban a ayudar a salir de la situación que vivían en África.

2. Fantasía, racismo, inmigración

¿Podemos convivir con los inmigrantes? La primera respuesta es que sí, pero una encuesta realizada en Roma a estudiantes dice que tres de cada cuatro encuestados los ven como una amenaza para su futuro. Hemos asistido en los últimos tiempos a diferentes brotes de racismo en Europa. Desde finales de los ochenta empieza a cambiar el tono de los mensajes relacionados con este tema, los medios de comunicación actúan de despertador nacional, haciendo ver que son muchos los inmigrantes. La llegada de extranjeros extracomunitarios se presenta como un fenómeno incontrolado. La xenofobia va en aumento sin que casi nadie la contradiga.

La terminología que se utiliza en los medios de comunicación subraya las diferencias entre regulares y clandestinos. Cuando dan las cifras de los segundos se forma un frente xenófobo al que los medios de comunicación no dan importancia. Se evoca banalmente el choque de civilizaciones para dar dignidad al prejuicio de algunos sectores de la sociedad que piensan que los problemas sociales los originan los inmigrantes. Así se ha ido asentando el discurso de que la inmigración debe subordinarse a la existencia de un contrato de trabajo, por lo general precario. Nos olvidamos de que los inmigrantes además de trabajadores son personas. En definitiva, el inmigrante deberá seguir siendo siempre inmigrante, toda su vida, y sus hijos serán siempre hijos de inmigrantes por más que se integren en nuestra sociedad.

¿Clandestinos o irregulares? Como mucho podemos tratar a los inmigrantes sin papeles de irregulares, pero no de clandestinos, porque se sabe quiénes son, dónde están, cuántos son, qué buscan y dónde trabajan los que tienen trabajo. Estos “clandestinos” son los que cuidan a nuestros padres, nos limpian la casa, cuidan de nuestros enfermos y hacen los trabajos que nosotros no queremos hacer o que ahora no estamos dispuestos hacer. Lo que ocurre es que muchos inmigrantes pasan varios años sin estar regularizados. Esto los condena a una situación de marginalidad, enfrentándolos diariamente a la explotación de aquellos que se arriesgan a contratarlos de forma irregular.

El racismo, la violencia y la intolerancia tienen sus raíces en la inseguridad, en el miedo, que no siempre necesita confirmación, basta mostrar agresividad o rivalidad para sentirse molesto con el último que llega. Hubo un tiempo no muy lejano en que hablar de racismo parecía de mal gusto, hasta los años 80 se decía de los que lo hacían que eran alarmistas, y sus advertencias exageración de las víctimas. Pero a partir de esta fecha surge por primera vez el estereotipo de "árabe-terrorista-inmigrante". Desde ese momento aparece la preocupación social, se crea una dinámica de inseguridad, miedo y terror con respecto a todos los inmigrantes árabes. Ya el racismo cotidiano no necesita motivaciones culturales o ideológicas; la nueva religión, es decir, el culto de la raza, está firmemente establecida.

3. Magrebíes: los extranjeros de España

Al inicio de la década de los ochenta se invierte en España una tendencia migratoria secular. Habiendo sido un país de emigrantes durante cuatrocientos años, con más de seis millones de españoles trabajando fuera de su país entre los años 1960 y 1969, "también por necesidad o por mejorar de su vida", los términos se invierten y pasamos de 350.000 extranjeros censados en 1991 a casi dos millones en 2004, lo que supone un 4,6% de la población. Con la llegada de estos inmigrantes se producen brotes racistas.

Si tenemos en cuenta que el continente africano sólo está a 11 kilómetros de la península, y a 86 kilómetros de Canarias, y que ambas son las puertas de Europa, es lógico que muchos africanos arriesguen su vida intentando superarlos para hacer realidad su sueño europeo. El aumento de la vigilancia en el Estrecho de Gibraltar ha provocado que el movimiento migratorio se desplace a las costas del Sahara y hacia las Islas Canarias o las playas de Almería. La travesía es más larga y peligrosa para la vida de estas personas, pero el desnivel tan grande que existe en calidad de vida entre Europa y África hace imposible poner barreras en el mar para evitar su llegada. Durante los años noventa los extranjeros dejaron de ser novedad en España, estableciéndose núcleos visibles, especialmente magrebíes. En algunas poblaciones se fueron creado barrios de marginación donde viven estas personas, y por otro lado han ido apareciendo de forma silenciosa síntomas de racismo. Se crea un estado de opinión "aquí no hay racismo, son ellos los que se automarginan, nadie trata mal a los inmigrantes, son ellos los que no se adaptan, etc." La voz pública empieza a considerar la inmigración un problema importante a partir de 2004, cuando son noticia El Ejido, el Raval de Barcelona, Lavapiés en Madrid, Can Anglada en Tarrasa, etc.

Así, la inmigración en España empieza a considerarse como un asunto de orden público. Los inmigrantes en general se convierten en sospechosos de transgredir la Ley, relacionando inmigración con ilegalidad, criminalidad, amenaza a la seguridad, competencia desleal en el mercado de trabajo, usurpación de la identidad nacional. Se establece la opinión de que los inmigrantes en general son sospechosos de todos los males de nuestra sociedad.

Sin embargo, la entrada de inmigrantes se hace al mismo tiempo imprescindible para la población española. El descenso de natalidad, la previsión del colapso del sistema de pensiones debido al aumento de la población de mayores de 65 años, la disminución de la población activa que cotiza a la Seguridad Social, son problemas que ayuda a afrontar la inmigración. El aumento de la población inmigrante contribuye de momento a garantizar el sistema de pensiones. Lo que España está necesitando es una buena política de inmigración y dejar de convertirla en instrumento de lucha entre partidos. No se trata sólo de tener unas buenas leyes de extranjería, sino de afrontar el desafío de la inmigración desde diversas vertientes (social, cultural, educación, etc.).

Cuando hablamos del riesgo que corren los inmigrantes al salir de sus países estamos hablando de riesgo real: en el año 2000 la Asociación pro derechos humanos de Andalucía contabilizó 230 muertos o desparecidos en el estrecho de Gibraltar; el 4 de agosto 2002, cuatro jóvenes marroquíes se encontraron muertos en el interior de un camión frigorífico; los 14 ecuatorianos muertos en Lorca; los encierros de inmigrantes en Barcelona, huelgas de hambre en dependencias eclesiales, etc. Esto pone en evidencia la realidad marginal que viven muchos inmigrantes. Todos sabemos que el efecto llamada no se evita con leyes ni controles en el mar, sino que la responsable es la economía sumergida, la necesidad de mano de obra barata extranjera, las mafias que trafican con estas personas, etc.

España, Italia y Portugal, tres países en los que hasta los años sesenta millones de trabajadores tenían que emigrar, en los años noventa son los que más inmigrantes han recibido dentro de la Unión Europea. España con un 23% de inmigración, cuando la población española no llega al 11% de la población de la Unión Europea, Italia con un 22%, cuando su población es un 15% de la UE y Portugal con un 6,7% de inmigrantes cuando su población es del 2,7% de la U.E. En España 3 de cada 5 empleados de la construcción son inmigrantes, igualmente pasa con el sector servicios, empleadas de hogar, etc.

Africanos en España censo 2005 del INE


AFRICANOS/AS

TOTAL

0 a 15 años

16 a 65 años

Más de 65 años

TOTAL

713.974

117.888

587.271

8.815

VARONES

486.871

62.453

420.324

4.094

MUJERES

227.103

55.435

166.947

4.721

MURCIA 2005

50.818

 

 

 

VARONES

38.707

 

 

 

MUJERES

12.111

 

 

 


Los inmigrantes procedentes de Marruecos en toda España son 464.932, los que vienen de Argelia 43.099 y el resto se lo reparten entre los restantes países africanos. En la Región de Murcia hay 43.560 marroquíes, 2.530 argelinos y el resto proceden de los distintos países africanos.

4. Euráfrica

Si recordamos el libro de Samuel Huntingon y su concepto de choque de civilizaciones, nos podemos preguntar dónde está hoy África negra, en qué civilización tiene cabida. Las civilizaciones de Huntingon que corren el peligro de chocar entre sí tienen límites de identidad, pero el continente africano, sobre todo la parte negra, no es para el análisis del autor ni siquiera una civilización por derecho propio. Huntington no sintió la necesidad de ubicar en ninguna parte al gran grupo de seres humanos del África Subsahariana. Quizá porque son tierras que escapan a los grandes intereses, pero eso no ocurre con toda el África. Europa se ha retirado progresivamente del África inútil, tan sólo vigila sus intereses vitales.

La mayoría de jóvenes africanos no tiene confianza en sus países y ven su futuro en Europa, aunque tengan que arriesgar su vida. Muchos de ellos encuentran la muerte no sólo en el mar, sino también en las travesías del desierto africano, sin apenas medios para hacer dichos desplazamientos. Cuando llegan a Europa se sienten humillados, esto si hablamos de los que se quedan, pero para ellos es todavía más humillante cuando son repatriados, no quieren volver a sus hogares y lo vuelven a intentar a pesar de conocer las dificultades.

Aunque las políticas actuales hagan hincapié en las fronteras, lo cierto es que no queda otra solución que un destino común entre Europa y África. Esas fronteras mediterráneas que nos empeñamos en levantar no protegerán nuestro continente de las crisis africanas, hay que pensar que Europa y África en términos generales tienen un destino común, la estabilidad y prosperidad del África subsahariana es una condición de la seguridad europea. No habrá paz para Europa sin un África en paz.

5. África, pecado de Europa

Este título de Luis de Sebastián no es un libro más de historia de África. Emprende un análisis de la historia y las consecuencias de la presencia de Europa en África, desde mediados del siglo XV hasta nuestros días, para poner de manifiesto los méritos de los europeos pero sobre todo contar y denunciar sus “pecados”, que han conducido al descarrilamiento de ese continente abandonado.

En el momento actual en que está teniendo lugar un nuevo encuentro con África a través de los inmigrantes que alcanzan las costas españolas, se hace necesario explicar esta creciente presencia de africanos en nuestra sociedad. La mayoría de los españoles saben poco o nada de África y no comprenden por qué tantos africanos se juegan la vida para venir a España.

El autor propone además ciertas líneas de actuación para ayudar a África a salir de su postración. Un programa dirigido en última instancia a quienes toman las decisiones que afectan a este continente tan cercano y tan ignorado, y que quiere contribuir a la debida reparación europea, abriendo una puerta de esperanza al resurgimiento de África.

Ahora Europa quiere poner fronteras en África a las personas, personas hambrientas, desesperadas, con ansia de libertad, huyendo de las guerras, el SIDA o el hambre. Para un africano poner un pie en Europa significa que su esperanza de vida crezca un cien por cien más. En sus países de origen la media de vida está en unos 40 años, mientras que en Europa supera los 80. Para ellos Europa es la vida, por eso la arriesgan.

6. El dinero español en África

Los envíos de inmigrantes del África subsahariana desde España están cifrados en unos 326 millones de euros anuales. Con esta cantidad pueden sacar de la pobreza a más 500.000 personas, si tenemos en cuenta que estos van a parar a países donde una buena parte de su población vive con menos de un dólar al día. El consultor de mercados emergentes Iñigo Moré, en un informe realizado para el Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégico, destaca que el impacto de las remesas de emigrantes en África es de "mayor dimensión y profundidad" que en otra parte del mundo.

Moré resalta, además, que las remesas recibidas por toda África podían sobrepasar los 13.000 millones de dólares, por encima de la inversión extranjera (9.249 millones de dólares) pero por debajo de los 22.296 millones de dólares que recibe este continente en ayuda oficial al desarrollo. Esta ayuda, según este consultor, se debilita porque los proyectos de cooperación "no se llevan a término" y, además, porque "los casos de corrupción no son desconocidos en la región".

Frente a ello, "las remesas son flujos de persona a personas" y van destinados a "individuos conscientes de las condiciones locales y que se van a preocupar por elegir cuidadosamente el destino de sus fondos y darles el rendimiento esperado". En Ruanda, por ejemplo, un envío de 300 euros permitiría vivir tres años a una familia, dado que el Fondo Monetario Internacional (FMI) cifró en 91 dólares anuales el PIB per cápita del país en 2004.

Respecto a España, Moré recuerda que están empadronados más de 163.000 subsaharianos, principalmente procedentes de Senegal —más de 28.000—y de Nigeria —más de 25.000—. Los senegaleses envían de media unos 2.000 euros al año, mientras que la media del resto de subsaharianos podría estar en los 1.000 euros anuales.

* * * *

Cuando se argumenta en defensa de los inmigrantes refiriéndose a datos sobre su aportación a la economía de los países europeos o al rejuvenecimiento de sus poblaciones, puede caerse en una cierta contradicción. Se piensa en términos de rentabilidad, de beneficios, pero este tipo de pensamiento es el que reduce a los inmigrantes a mera fuerza de trabajo. Es tanto como apoyarse en los mismos principios que sirven para sustentar la discriminación o, cuando menos, la reducción instrumental de los inmigrantes que justifica las dificultades que jalonan su incorporación a las sociedades de acogida. Su rentabilidad para nosotros y sólo eso da razón de su admisibilidad. Pero, ¿cómo superar esta forma de argumentar? ¿Apelando a la solidaridad, al humanitarismo, al altruismo? Las razones de la solidaridad no están exentas en muchas ocasiones de un cierto paternalismo. La compasión es quizás loable, pero ¿es exigible? Si la economía se impermeabiliza frente a la ética, la compasión se convierte en sentimiento superficial. Sin embargo, ¿cómo hacer valer los criterios éticos en el ámbito de la economía? Parece imprescindible, si se quiere que los africanos que se encuentran en Europa sean vistos como algo más que como una amenaza o como unos seres ajenos frente a los que no tenemos ningún tipo de deber.

Para esto habría que recuperar la memoria histórica de la colonización europea, también la española, de África. Es sorprendente que después de una relación secular, de los beneficios obtenidos de las colonias, de la explotación extrema a que se sometió a las poblaciones africanas, la mayoría de nuestras poblaciones vea la pobreza de África como un fenómeno en el mejor de los casos lamentable, pero sin relación con nuestra riqueza actual. No se experimenta ningún deber actual frente a los africanos porque se achaca la pobreza que sufren a su estado de retraso histórico o a la ignorancia y la maldad de sus elites. En esto África sufre una gran desventaja frente a otros continentes. Los latinoamericanos son percibidos como más próximos, comparten en muchos casos tradiciones religiosas comunes, también el idioma. Los subsaharianos concentran sobre sí la mayoría de los prejuicios. Sobre todo los ancestrales sobre la inferioridad de los negros. Se han convertido, a través de la información sobre su llegada en cayucos, en el cliché de la inmigración ilegal, cuando en realidad representan una parte relativamente pequeña de esa llegada y de la población inmigrante asentada en España. Sin embargo, parecen representar la imagen que los medios de comunicación y la población necesitan para realimentar sentimientos y actitudes más o menos xenófobas frente a ellos.

Pensar en una integración euroafricana resulta difícil por muchas razones. Primero porque la colonización ha parcelado África en culturas anglófonas, lusófonas o francófonas, en gran parte dependientes de las antiguas colonias y con dificultades de entendimiento entre sí. Segundo porque la diversidad tribal difícilmente permite hablar de una cultura africana. Por encima y por debajo de las fronteras trazadas por los europeos se encuentra la multitud de pertenencias tribales, que aunque posean elementos comunes, ciertamente, poseen también una enorme diversidad. Viendo la dificultad que Europa tiene para abrirse en su seno a aportaciones culturales percibidas como extrañas (véase los gitanos), resulta improbable que las culturas y tradiciones de los africanos que viven entre nosotros puedan poseer algo más que una existencia de gueto o de enclave exótico para usos subordinados.


Conflictos armados en África: la guerra interminable (cuarta sesión)


Para esta sesión nos sirvió de referencia la publicación de Óscar Mateos Martín África, el continente maltratado (Cristianismo y Justicia). Juan Luis Chillón fue el encargado de presentarla.

La violencia armada en el continente africano no es meramente una cuestión de luchas tribales, endémicas, anárquicas y sin sentido, como en muchas ocasiones pretenden hacernos creer. Para entender este fenómeno debemos tener en cuenta un complejo entramado de actores en el que entran señores de la guerra, gobiernos africanos, potencias regionales e internacionales, transnacionales del petróleo o de los diamantes y organizaciones intergubernamentales. Perdido hoy cualquier componente ideológico, la guerra en África se ha convertido en una forma de vida en la que unos pocos tienen que ganar y la mayoría -la población civil- mucho que perder.

En los orígenes de la actual situación africana encontramos la esclavitud, el colonialismo y los procesos de descolonización e independencia. En todos ellos los europeos hemos tenido un triste papel protagonista.

Nuestra llegada a África estuvo motivada por intereses comerciales, en especial la trata de esclavos. De la mano de esta actividad, más de 15 millones de africanos abandonaron a la fuerza sus países con destino al continente americano. El primer expolio fue, por tanto, humano.

La Conferencia de Berlín (1884-85) trajo consigo el reparto del continente entre las naciones participantes y el inicio de un periodo de colonialismo que rompió los moldes tradicionales y provocó un profundo cambio en las mentalidades africanas vaciándolas de toda identidad y autoestima. Asimismo condicionó el futuro económico de estas tierras orientándolas al monocultivo o la monoproducción.

Tras la Segunda Guerra Mundial se inicia el periodo de descolonización que se desarrolla a través de tres canales: Naciones Unidas, los movimientos anticoloniales o independentistas liderados por elites occidentalizadas y las conferencias afroasiáticas. La primera independencia del África subsahariana es la de Ghana, seguida en 1958 por la de Guinea y por doce países más en 1960.

Los nuevos estados se formaron con una considerable falta de legitimidad y con una ausencia casi total de consenso sobre fines y valores. Por otra parte, se vinculó a la población a través de redes clientelares y, aunque se expulsó a los europeos, se siguió manteniendo la dependencia económica internacional. Ésta, y el desarraigo motivado por la ruptura con la tradición y la artificialidad de las fronteras, se convirtieron en dos factores decisivos para el futuro devenir del continente.

En la época de la Guerra Fría África actuó como uno de los principales escenarios de lucha entre las dos grandes superpotencias. Angola, Mozambique, Zaire o Sudáfrica fueron algunas de las casillas donde se desarrolló la partida.

Tras este periodo se inició una fase de profundos cambios que llevó a más de 30 países a un proceso de democratización que transcurrió de forma pacífica. Sin embargo, los estados poscoloniales pronto mostraron su debilidad, convirtiéndose en “Estados fallidos”. Según Itziar Ruiz-Giménez, los factores que condujeron a este fracaso fueron éstos:

a.- Factores internos:

- Existencia de unas instituciones estatales de origen exógeno, creadas por el colonialismo europeo y, con ellas, unas fronteras artificiales, unas estructuras administrativas diseñadas para explotar las divisiones locales y unas estructuras económico-administrativas concebidas para satisfacer las necesidades de la metrópolis, basadas en la explotación de productos agrícolas, minerales y materias primas.

- La naturaleza personalista y patrimonial de las elites africanas.

- Una importante dependencia externa.

- Políticas autoritarias que tribalizaron la heterogeneidad étnica.

b.- Factores internos:

- Los efectos de una década de Planes de Ajuste Estructural combinados con una creciente marginalidad en el proceso de globalización económica.

- El final de los contratos de mantenimiento de la Guerra Fría.

En la década de los noventa, la guerra introduce una cruenta novedad que se hace presente en conflictos como el de Ruanda o Somalia (y los Balcanes en Europa): la población civil se transforma en objetivo intencionado de los bandos y la violación de los Derechos Humanos en la principal arma de combate. Sin embargo, no es África el continente que aglutina el mayor número de los modernos conflictos armados. Ese dudoso honor le corresponde al continente asiático.

Las características de los conflictos contemporáneos que se desarrollan o han desarrollado en África son las siguientes:

- Carácter interno: transcurren dentro de las fronteras de un mismo país, con ausencia y desintegración del Estado en algunos casos, lo que conduce al establecimiento de estructuras político-administrativas paralelas.

- Variedad y multiplicidad de actores, incluyendo mercenarios, ejércitos privados o bandas criminales.

- Fuerte impacto regional con consecuencias en el ámbito político y el humano.

- Graves consecuencias humanitarias.

En todos ellos podemos distinguir diferentes tipos de causas que actúan de forma combinada, haciendo que la solución al conflicto sea difícil y compleja, ya que son muchos los frentes donde hay que moverse:

- Causas profundas, relacionadas con la violencia estructural (desigualdades sociales y económicas, fracturas entre las estructuras estatales y determinados grupos sociales, incompleta formación del Estado-nación…).

- Causas próximas (lucha por el poder político o económico, control de los recursos naturales, demanda de independencia o mayor autonomía de una región, instrumentalización de la pertenencia a un grupo étnico o religioso…).

- Detonantes (episodios concretos que provocan el estallido de violencia en uno de estos contextos).

En relación con las causas, Mark Duffield propone tres narrativas para explicar las guerras civiles africanas, narrativas que influyen en los análisis que se hacen, en la visión que tenemos del conflicto y, en consecuencia, en las propuestas de actuación:

- El nuevo barbarismo: la visión más habitual en los medios y los discursos políticos occidentales y la que ha calado en los ciudadanos del Primer Mundo.

- El subdesarrollo como causa (pobreza, corrupción, deterioro medioambiental, pero también legado del colonialismo, planes de ajuste estructural, deuda externa, marginalidad del continente en la economía mundial).

- La economía política de la guerra: los conflictos como respuesta de ciertas elites políticas y económicas a su desigual integración en la economía mundial (diamantes, oro, coltán, petróleo…).

Dentro de toda esta maraña destaca el importante y controvertido papel de la comunidad internacional y, en concreto, de las organizaciones humanitarias. África es hoy uno de los principales focos de acción de éstas mediante la asistencia a los millones de desplazados y el suministro de alimentos y medicamentos. Pero esta labor no ha estado exenta de numerosas dificultades y riesgos. Al hecho de que los mismos cooperantes se han convertido en objetivo militar se une la aparición de importantes dilemas y críticas. Algunos se plantean si la propia ayuda no ha llegado a ser una parte de la dinámica del conflicto contribuyendo a prolongarlo y actuando como soporte no intencionado de alguno de los bandos. También se critica la politización que los países donantes están haciendo de la ayuda y el papel que muchas organizaciones están desempeñando al sustentar dichas políticas. Asimismo hemos asistido a un proceso de militarización de la ayuda, encarnado sobre todo en las tropas de Naciones Unidas. Pero sin duda el dato que más resalta de la actuación internacional en África es el fracaso. Ruanda, Somalia, Sierra Leona o Liberia son sólo algunos ejemplos. Por otro lado, África no ha dejado de ser un territorio de lucha por el poder político y económico para las grandes potencias occidentales, en este caso EEUU y Francia.

Del recorrido que acabamos de efectuar se desprenden algunas conclusiones:

- Sólo un análisis complejo nos puede ofrecer una visión adecuada de los conflictos dentro de África: en ellos intervienen multiplicidad de factores y multiplicidad de actores.

- El origen de la situación actual se encuentra en la historia reciente y la entrada en juego de Occidente con la esclavitud (expolio humano), el colonialismo (expolio de la independencia, la tradición y la identidad) y el mercado (expolio de las riquezas naturales).

- La invisibilidad es moneda común en África: invisibilidad de las sociedades africanas, empeñadas en vivir y activas a pesar de la imagen que se nos transmite; de las voces transformadoras; de las responsabilidades de las empresas transnacionales, los estados occidentales o las mafias internacionales; de los procesos de paz (más de una decena abiertos en 2005); y, sobre todo, de las otras guerras que suponen una amenaza tan grave o más que los conflictos armados (el SIDA, la malaria y la nueva pérdida de capital humano encarnada en la inmigración).

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La economía de guerra acaba convirtiéndose ella misma en una economía de subsistencia, un modus vivendi. La gente sólo tiene una opción para seguir viviendo: integrarse en ella. De este modo se crea un círculo vicioso del que es prácticamente imposible salir. Si intento evitarla muero; si formo parte de la misma puedo tener una oportunidad, aunque ésta pase por matar yo mismo. Por otro lado, deberíamos recordar que la fidelidad de los ciudadanos occidentales a una estructura política y administrativa determinada (frente al clientelismo que define buena parte de las relaciones de este tipo en África) no es pura y desinteresada. Hay una fuerte contrapartida de bienestar que la justifica; dicha contrapartida no existe en África.

Tampoco existe allí ese mínimo de normalidad que los pueblos necesitan para vivir y desarrollarse. Levantarse sin tener que pensar si van a invadir tu aldea, sin temer constantemente la muerte, sin preocuparte por si hoy habrá comida o si te acostarás con el mismo gobierno con que has amanecido. África vive desde hace décadas en un sobresalto permanente que impide el establecimiento de una mínima organización. Hace falta un tiempo de estabilidad que permita a los pueblos africanos pensarse a sí mismos y reconstruirse como tales. Y es que la falta de identidad es uno de los grandes problemas con los que se enfrenta este continente. Por una parte, la sangría humana sufrida desde hace siglos con la esclavitud, la inmigración y los millones de refugiados que generan los conflictos y las hambrunas; por la otra, el establecimiento de fronteras artificiales que en ningún momento respetaron las identidades tradicionales. Todos estos factores contribuyeron a una disgregación identitaria que parece haber elegido un peligroso camino para reconstruirse: la integración en uno de los bandos de la contienda o la seducción de una identidad religiosa o cultural fanatizada. Un polvorín en el que las dimensiones étnica y religiosa son además instrumentalizadas y manipuladas por terceros externos que acaban siendo los auténticos ganadores.

Otro aspecto negativo relacionado con la identidad es la pérdida de la vinculación con la tierra. No se trata de una pérdida voluntaria sino obligada. Una gran mayoría de los habitantes del África subsahariana necesita huir, bien para sobrevivir, bien para acceder a una mínima calidad de vida. La única manera de SEGUIR SIENDO PASA POR SER OTROS Y EN OTRA PARTE. El primer paso fue la despoblación de los núcleos rurales a través de la inmigración a las grandes capitales; el siguiente fue simplemente huir para conservar la vida. Ante la ausencia de tierra real, el grupo político o religioso se convierten en MI TIERRA. Combatir este vínculo identitario es mucho más complicado.

Sin negar la importancia de todo ello, no debemos olvidar que en el fondo de toda esta situación que acabamos de describir late la pobreza. Uno no se va de su casa si puede vivir en ella (y vivir no es sólo sobrevivir). Pero incluso aunque existiesen esas condiciones de subsistencia, África -como el resto del planeta- se ha visto invadida por los mensajes de una cultura del dinero que hace de poderoso efecto llamada y aumenta la pérdida de capital humano. Además, los que se van suelen ser los mejores, las familias y las aldeas envían a sus hijos mejor preparados y más fuertes porque saben que así la inversión tendrá más posibilidades de éxito. Y entonces ¿quiénes quedan allí para construir un tejido social y productivo estable? Ciertamente, hay algunas redes, y también es cierto que algunos se van pensando en volver pero, si tomamos como ejemplo la emigración española de los sesenta, los datos nos dicen que pocos vuelven. Uno va haciendo la vida en su nuevo hogar, tiene un trabajo, forma una familia, logra sacar los pies del plato y poco a poco la idea del regreso se va desvaneciendo. De todos modos, si bien es verdad que el papel de los inmigrantes en la economía de sus países es importante, su efecto dinamizador no lo será tanto si las estructuras políticas y sociales siguen siendo las mismas.

Por lo que respecta al Primer Mundo, hasta el momento ha sido un freno al desarrollo de África. Siglos de colonialismo, esquilmación material y humana e instigación de conflictos por parte de Occidente han hecho de África un continente “adelgazado”, tal como muestra el gráfico atlas de Le Monde Diplomatique. Hoy es evidente que la solución al problema africano pasa indefectiblemente por una implicación activa de la comunidad internacional y de los países desarrollados pero a la inutilidad de organizaciones como la ONU se une una política destinada fundamentalmente a sacar beneficios y a trasladar los efectos que nos llegan (inmigración) fuera de nuestras fronteras, haciendo que los propios países africanos actúen como nuestra policía impidiendo la llegada de los cayucos a nuestras costas. Otras veces nuestros gobiernos mantienen una actitud ambigua frente a gobiernos dictatoriales y violaciones de los derechos humanos por meros intereses económicos. Por otra parte, la ayuda oficial al desarrollo es lamentablemente exigua, salvo cuando se trata de créditos vinculados a empresas. Más que presencia de países y gobiernos hoy tenemos que hablar de presencia de marcas. A esto se une la labor de ciertas organizaciones humanitarias que sirven de coartada a estas políticas o la caradura de algunos que usan la excusa de la ayuda oficial para organizar viajecitos de turismo solidario.

Tampoco hay un líder mundial (político o moral) que pueda proponer alternativas o políticas a más largo plazo, ni siquiera que sirva como testimonio, y si lo hay pocos lo conocen. Hace falta una labor de divulgación de testimonios y experiencias positivas que ayuden a crear una nueva conciencia. Las nuevas tecnologías pueden ser una ayuda inestimable en esta labor de concienciación, ya que los medios de comunicación tradicionales están demostrando ser poco eficaces en su labor de información y análisis. Su visión reduccionista y en muchas ocasiones sesgada ha contribuido a la construcción de la imagen que el occidental medio tiene de África como un nido de salvajes donde se matan unos a otros porque son así y siempre lo han sido, de una tierra en la que el hambre tiene que ver con la sequía y ésta es un castigo del cielo, no con el colonialismo y las políticas de ajuste estructural que arrasaron la agricultura tradicional. Y, por supuesto, de las “hordas” de inmigrantes que nos asaltan en pateras como una amenaza que hay que reconducir haciendo que sean los propios africanos los que impidan la salida. La gente no ve las implicaciones de sus respectivos gobiernos en la situación actual de África y, seamos sinceros, incluso viéndolas pocos están dispuestos a perder bienestar para que ganen otros.

Hoy todos tenemos claro que África no puede salir sola de la situación en la que se encuentra y que los países y ciudadanos del Primer Mundo tenemos mucho que decir al respecto. Nuestra actuación debe desarrollarse en dos campos de forma paralela: el político (negociaciones económicas, acuerdos comerciales…) y el prepolítico (educación y concienciación a partir de la acción, difusión de experiencias positivas y liberadoras, testimonio…). En este segundo campo es fundamental jugar la baza de la comunicación, algo que la minoría poderosa lleva tiempo rentabilizando en sus conflictos (de hecho, convertida en propaganda ha sido un arma indispensable para mantener vivos muchos de ellos). En todo caso, esta actuación debe dejar de estar motivada por el interés para actuar desde una conciencia de solidaridad mundial.


El hambre y el SIDA: morir hoy en África (quinta sesión)


En la quinta sesión de nuestro seminario africano nos acercamos al tema “El hambre y el SIDA: morir hoy en África”. La introducción corrió a cargo de Norberto Smilg, tomando como base la obra de E. Guest Los niños del SIDA. La crisis de los huérfanos de África (Barcelona: Intermón Oxfam, 2004) y “El caso de los medicamentos anti-sida en África” (en T. Forcades: Los crímenes de las grandes compañías farmacéuticas. Cuadernos CJ, nº 141, julio 2006).

Para encuadrar de forma adecuada la cuestión del SIDA en África es importante partir primero de una serie de consideraciones generales sobre la enfermedad:

- El SIDA no es una enfermedad resuelta, ni en África ni en los países del Primer Mundo (a pesar del silencio mediático que se ha ido creando en los últimos años).

- No hay para ella ni remedios ni vacunas eficaces.

- El SIDA se convierte en termómetro de lo que funciona y no funciona en un sistema sanitario.

- Nos pone en contacto con los aspectos más irracionales de nuestro ser.

- El SIDA está altamente condicionado por la pobreza y la desigualdad.

- En sociedades muy afectadas por la enfermedad, se produce una ruptura de la continuidad generacional con graves consecuencias humanas, económicas y sociales.

Una vez dicho esto, África es el continente que reúne al mayor número de personas seropositivas de todo el planeta (70% de todos los afectados y un 80% de los niños huérfanos a causa de la enfermedad). De todos modos, éstas son cifras que hay que manejar con cautela porque en una buena parte de los países africanos no se recoge información sobre el SIDA, no hay censos fiables de nacimientos y defunciones, no hay demasiados diagnósticos profesionales y muchos médicos no se atreven a poner esta enfermedad como causa de defunción. Además, la definición de “huérfano” tampoco es la misma en todos los países.

La alta incidencia de la enfermedad en el África subsahariana está condicionada por una serie de factores:

- No se acepta que el virus se originó en África.

- La pobreza: carencia de recursos para comprar preservativos y fármacos. Mayor vulnerabilidad ante la enfermedad por la desnutrición. El trabajo sexual como vía para escapar del hambre.

- Los esquemas de interacción sexual.

- Ciertas prácticas culturales, unidas a una escasa o nula educación sexual y al analfabetismo que impide la difusión de las campañas de prevención.

- La guerra y los desplazamientos masivos de población (los soldados como propagadores, bien en relaciones con prostitutas, bien a través de las violaciones).

- La creencia de que la prevención es una maniobra de Occidente para frenar el crecimiento de la población africana.

En cuanto a las consecuencias, podemos hablar de ellas en tres niveles:

a.- Familiar: el SIDA mata a personas en su plenitud vital y productiva y obliga a los más jóvenes a asumir el rol de los adultos o a otras ramas familiares a hacerse cargo de los huérfanos. Empobrece y desestructura la sociedad.

b.- Poblacional: se están produciendo cambios en la pirámide de población (muchos niños y jóvenes y pocos ancianos).

c.- Económico: aumento de la pobreza debido a la disminución de población activa y al incremento en gastos en medicamentos.

Frente a la magnitud del problema, poco es lo que se ha hecho salvo en países aislados como Uganda o Senegal. Mucha palabrería y escasez de actuaciones. Algunas de las armas que podrían funcionar según la autora son las siguientes:

- Hacerse notar ante los diferentes implicados (población, gobiernos, farmacéuticas).

- Dejar que las ONGD trabajen sin cortapisas.

- Difusión de fármacos.

- Realización de pruebas y asesoramiento médico.

- Transparencia y buena gestión de los recursos.

- Campañas de prevención.

- Alivio de la pobreza.

- Difusión del uso del preservativo desmontando los prejuicios antiafricanos a él asociados.

Finalmente, uno de los problemas más graves en relación con el SIDA en África (y en general en todos los países pobres) está siendo el papel de la industria farmacéutica, especialmente su bloqueo a todo intento de producción de genéricos y de reducción del tiempo de vida de las patentes. El caso brasileño, que con la producción de genéricos logró abaratar un 79% el coste de los antirretrovirales y reducir la mortalidad provocada por la enfermedad a la mitad, es una buena muestra de la responsabilidad moral de las grandes multinacionales en la extensión de la pandemia y del peligro que supone la nueva legislación internacional sobre estos temas.

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El SIDA es sin duda uno de los grandes males de África pero desgraciadamente no es el único. Ante un panorama dominado por el hambre, los desplazamientos y las guerras es fácil que la enfermedad se convierta en un tema secundario. Por eso es urgente convertirlo en una prioridad política e informativa pero a la hora de hacerlo surgen grandes dificultades:

- La comunicación ha sido un arma fundamental en los países desarrollados y, aun así, a pesar de las campañas y de vivir en la sociedad de la información, mucha gente sigue sin tener claro lo que el SIDA es y hace. Imaginemos entonces la situación en África, con una mayoría de población analfabeta, amplias zonas sin acceso a la tecnología más rudimentaria, nudos de comunicaciones cortados por la guerra e intereses para que esa información no llegue o llegue sesgada. ¿Se están utilizando los canales adecuados para que ese mensaje cale en los africanos? ¿Es posible hacerlo llegar de forma generalizada?

- No existe mucho personal sanitario cualificado en África. Los que vienen de fuera son escasos y los mejores de los de dentro se van. Una vez más, la inmigración sangra a las poblaciones que se ven obligadas a recurrir a ella.

- Es muy difícil llevar a cabo un control generalizado de que las ayudas se emplean de forma adecuada. La mayor parte de las organizaciones desarrollan proyectos muy concretos y hasta ahí llega su control. Sin dejar de lado éstos, hace falta una estrategia más global para combatir la enfermedad. Y por lo que respecta al control de la ayuda proporcionada por los gobiernos del Norte, debemos recordar que ésta es tan exigua que uno a veces se plantea si merece la pena controlarla, ya que el gasto y el esfuerzo superarían con creces la donación efectuada.

- El problema del SIDA forma parte de un entramado más complejo, definido por la pobreza, la desigualdad y la injusticia que gobierna los mercados y las relaciones internacionales. Por una parte, como de África sólo nos interesan sus recursos naturales no se considera un lugar para invertir, lo que hace casi imposible la creación de un tejido productivo propio que les ayude a salir adelante; por otra, la ayuda internacional muchas veces se plantea como un chantaje a cambio de, por ejemplo, frenar las corrientes migratorias. Esto quiere decir que no se da en función de las prioridades de los africanos sino de la oportunidad y de los intereses políticos y económicos de los países desarrollados. Otro aspecto que destaca en este contexto es el vergonzoso papel de la industria farmacéutica en relación con la socialización de unos conocimientos y avances que, incluso aunque se hubiesen desarrollado exclusivamente mediante inversión privada (y casi nunca es así), deberían ser públicos por razones humanitarias. De todas maneras, no debemos olvidar que si las grandes multinacionales campan a sus anchas por el planeta decidiendo sobre la vida y la muerte en términos de rentabilidad económica es porque los poderes políticos no legislan precisamente pensando en ponerles freno.

- Estrecha relación con la pobreza tienen otros factores que han influido en la difusión de la enfermedad en el África subsahariana: el analfabetismo que impide que los mensajes de prevención sean recibidos, la prostitución que se convierte en forma de supervivencia (y vía de propagación) para muchas personas, la poligamia y ciertas costumbres y creencias ancestrales…

- También es conveniente que nos planteemos si el abordaje que hacemos desde Europa es el adecuado. Muchas de las fórmulas (aplicables a unas sociedades más o menos estabilizadas) no tienen en cuenta los acelerados procesos de desestructuración que se han vivido en el continente africano durante el último medio siglo. A veces parece que pensásemos que es sólo cuestión de repartir condones pero hay que ir mucho más allá.

Como en anteriores reuniones de nuestro seminario, llega un punto en que la dureza y oscuridad de la situación, unidas a nuestro desconocimiento de la realidad africana a pie de tierra, parecen abocarnos a un camino sin salida. ¿Es el SIDA una condena a cadena perpetua para el continente como lo son la guerra, el expolio o el hambre? ¿Es el NO FUTURE del movimiento punk la única y terrible verdad africana?

Sin embargo, en un horizonte dominado por el pesimismo siguen brillando pequeñas luces de esperanza:

- El trabajo de algunas organizaciones, que con cada proyecto concreto salvan vidas con nombres y apellidos y abren vías para seguir caminando.

- El papel de las mujeres: para algunos autores por ellas puede pasar uno de los instrumentos más poderosos para frenar la extensión del SIDA, como lo están siendo en otros terrenos. Se recuerda la iniciativa de los grupos de mujeres centroamericanas que decidieron negar el sexo a sus hombres si no había protección. Pero ¿es eso posible en sociedades donde la mujer está tan supeditada al varón? Aun así, invertir en educación para las mujeres se ve como un buen camino.

- Por último, la estructura familiar africana, basada en grupos grandes, en redes que trascienden las relaciones directas padres-hijos y que ofrecen a los huérfanos consistencia y soporte, se ve como una fortaleza frente al modelo occidental, que reduciría aún más las posibilidades de supervivencia.


Sociedad civil y estructuras políticas en África: posibilidades de futuro (sexta sesión)


Emilio Martínez Navarro se encargó de la preparación de la sexta sesión a partir de dos materiales: la introducción y los dos primeros capítulos del libro África camina. El desorden como instrumento político (Patrick Chabal y Jean-Pascal Daloz, Barcelona: Bellaterra 2001) y el artículo “Redes de participación social en África” (Mbuji Kabunda, publicado en 2004 por la Coordinadora de ONGD de Castilla-La Mancha y disponible en Internet en la página web de SODEPAZ).

La obra de Chabal y Daloz (un trabajo cercano a la realidad africana, documentado y con pretensión de distanciarse de la mirada eurocéntrica) trata de proveer el marco político y los instrumentos que, desde su punto de vista, pueden ayudar a explicar la situación del África contemporánea. Para ello centra su atención en el África subsahariana y deja de lado Sudáfrica, con una historia y evolución diferente al resto de los países de su entorno.

La tesis que defienden los autores es que las peculiaridades de los sistemas políticos y sociales africanos, el desorden, el patrimonialismo, la indistinción estado-sociedad y el predominio de lo informal no son tanto un anclaje en el pasado o un retroceso como una versión propia de la modernidad, construida a partir de la fusión del legado colonial con elementos autóctonos. África no está en una etapa premoderna; su modernización ha sido simplemente diferente, como lo han sido los procesos modernizadores de Estados Unidos, Japón o los “tigres asiáticos”. Tampoco esos elementos anteriormente mencionados y que a los occidentales nos llaman tanto la atención son algo irracional aunque a simple vista lo parezcan. El sistema tiene su propia lógica, lo que ocurre es que ésta opera mayoritariamente en el terreno de lo informal.

La época colonial no dejó con su fin un estado asentado y fuerte en África, sino una especie de cascarón vacío que se fue rellenando con otro tipo de “modos de hacer” provenientes de la tradición. Así, aunque aparentemente los estados africanos surgidos de los procesos descolonizadores cuentan con todos los requisitos de un estado democrático moderno (constitución, elecciones, partidos…) la política real es la informal, la que se hace a través de los líderes del sistema patrimonial y clientelar, de esos “grandes hombres” que van ganando poder gracias a una red de parientes y clientes a los que están obligados a dar prebendas a cambio de su apoyo. Estos líderes utilizan los partidos como plataformas, pero la ideología de éstos es lo de menos (de hecho, hasta hace poco la mayor parte de los países de la zona eran monopartidistas). Por su parte, los partidos entran casi siempre en esta lógica de minimización de la ideología a favor del liderazgo. En consecuencia, el pluripartidismo no implica en África democracia estándar ni los partidos son un exponente de una sociedad civil antihegemónica; por el contrario, buscan el poder para emplearlo siguiendo la misma lógica vigente.

Si en África no podemos hablar de un Estado fuerte y consolidado, tampoco existen signos de una sociedad civil funcionalmente operativa, concebida como una red de grupos bien organizados y con intereses políticos distintos, diferenciados del Estado y capaces de trascender los vínculos familiares cercanos, parentales e incluso comunales. El imperio del patrimonialismo implica la inexistencia de una neta separación entre Estado y sociedad civil y la indistinción entre las esferas de lo público y lo privado. Esta situación resulta muy provechosa para los pocos que saben aprovecharla. El nepotismo, el caciquismo, el abuso de poder y la falta de institucionalización son considerados por todo el mundo parte del funcionamiento normal del sistema. El Estado no extiende sus tentáculos a la sociedad sino que es ésta la que “ha capturado” al Estado y no precisamente con la intención de defender una democracia más participativa, justa e igualitaria. Los ciudadanos, lejos de creer negativo este funcionamiento, ven lógico que el dinero (por ejemplo, el proveniente de la cooperación) sirva para mantener las redes clientelares y ven con buenos ojos la cultura del éxito económico. De hecho, el pueblo confía en los que han triunfado así, sobre todo si son de los suyos, porque saben que ese triunfo les va a alcanzar a ellos de una u otra manera. El gran hombre africano, como el narco gallego o colombiano o el capo siciliano, sigue siendo “uno de los nuestros” y cuida de nosotros.

Por lo que respecta a la sociedad civil entendida a la europea, y traducida en África sobre todo en la proliferación de ONG´s, debemos plantearnos dos cuestiones sin negar, por supuesto, valor al trabajo que desarrollan muchas de ellas. La primera es hasta qué punto detrás de los cantos a la sociedad civil del mundo desarrollado no se esconde una minimización del papel del Estado y una dejación de responsabilidades públicas bien en organizaciones sociales, bien en empresas. La segunda es si, en ocasiones, las ONG´s no han terminado convirtiéndose en nuevas estructuras con las que los africanos pueden establecer posiciones instrumentalmente ventajosas dentro del sistema neopatrimonial existente. El control de los recursos de una ONG puede servir a los intereses estratégicos del clásico Gran Hombre. Hoy existe un mercado internacional de la ayuda que los africanos saben hacer funcionar con mucha habilidad. Por eso, tal vez la eclosión de ONG´s no es tanto un reflejo del florecimiento de la sociedad civil sino un indicio de la adaptación de los actores políticos africanos a las nuevas fuentes de financiación.

Como indicábamos más arriba, los europeos nos asombramos (y nos escandalizamos) ante las peculiaridades africanas. Detrás de esta actitud hay un tanto por ciento de realismo, otro de ingenuidad, bastante de ignorancia y mucho de “ver la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el propio”. Porque lo cierto y verdad es que la mayoría de esos rasgos son reconocibles en nuestras sociedades “evolucionadas”. Empresas y grupos políticos intentando hacerse con parcelas de la sociedad civil, alcaldes que dan prebendas a los amigos constructores que les han ayudado a llegar al cargo, presidentes del Banco Mundial que suben escandalosamente el sueldo a la novia, funcionarios que son apartados de sus cargos por denunciar el patrimonialismo, mezcla de poderes económico, político y mediático… incluso el fetichismo que nos hace sonreír con la superioridad de los hijos de la Ilustración. Y mientras tanto, Fernando Alonso es adorado como una nueva encarnación del Mesías de la alta velocidad, cuando nos “guegalan un gueloj” con la voz escrita y real de Julio Cortázar como fondo nos están regalando a nosotros mismos, nuestro cuerpo se convierte en objeto de culto y miles de personas gritan como descosidas “guapa” a una imagen, la pasean para pedir la lluvia o lloran inconsolables porque esa misma lluvia impide la salida de una procesión.

En resumidas cuentas, la separación entre sociedad y Estado no es tan diáfana en nuestras sociedades occidentales; de hecho, puede que nunca haya existido. Lo que ocurre es que la modernidad ha generado una imagen muy potente de sí misma que no resiste el contraste con la realidad desde sus mismos comienzos. Es cierto que en Europa sí que disponemos de un Estado fuerte que tiene el monopolio de la violencia, pero al servicio del funcionamiento de un sistema económico injusto que tiene el poder de intervenir con mucha fuerza en la política. Ha habido momentos de círculos virtuosos y otros en los que esos poderes se han vuelto invasivos. Hoy estamos en uno de esos segundos momentos. Tampoco podemos decir que haya una sociedad civil independiente, al menos no en la medida que creemos tenerla.

De todos modos, no podemos negar que en nuestros estados existe un cierto grado de autonomía y una racionalidad (burocracia, impuestos…) que les permite llevar a cabo actuaciones que redundan en beneficio de toda la comunidad. Esto es lo que casi no existe en África, donde prevalece un caos que, además, es instrumentalizado en beneficio propio por terceros externos o por los grandes hombres africanos.

El discurso occidental sobre África no ha variado demasiado desde la época colonial; sigue caracterizándose por la hipocresía. Recordemos que la Europa que defendía los valores de libertad, igualdad y fraternidad ejercía al mismo tiempo la tiranía más feroz en las colonias africanas y se dedicaba a esquilmar los recursos naturales y humanos del continente. Más tarde, en plena Guerra Fría, se utilizó la excusa del apoyo a determinados movimientos liberadores e ideologías para convertir África en otro escenario donde los dos bloques se jugaban la hegemonía mundial. Este doble rasero se mantiene hoy: las políticas formales hablan de globalización del bienestar, cooperación y solidaridad; la práctica real impone fronteras a la inmigración y barreras a los productos provenientes del Tercer Mundo, sigue apropiándose de los recursos y entiende la colaboración como invasión de las empresas y defensa por parte de nuestros estados de los privilegios de éstas frente a la situación generalizada de pobreza y desigualdad. Esto, en realidad, es uso patrimonial de unas estructuras que no deberían serlo. Por no hablar de nuestro papel en la generación y mantenimiento de los conflictos territoriales y étnicos, nuestra protección a los grandes hombres que nos interesan o nuestra propia implicación en las prácticas clientelares de la zona. Todo ello al tiempo que se clama contra la corrupción y se dice que, antes de seguir dando ayudas, hay que acabar con ella. En este discurso nunca se menciona el hecho de que para que haya corruptos debe haber corruptores, y esos demasiado a menudo tienen rostro caucásico. La corrupción africana no es un estado natural, ni mucho menos algo que opera solo. Nosotros también somos responsables.

En síntesis, el libro de Chabal y Daloz nos ayuda a ver que África ha tenido su propio proceso modernizador, que hoy por hoy no podemos hablar de una sociedad civil en condiciones y que algunas dinámicas propias del funcionamiento africano son reconocibles (y cada vez con más fuerza) en nuestras sociedades.

A menudo tendemos a pensar (y éste es un rasgo casi universal, que encontramos tanto en los planteamientos del nacionalismo excluyente como en la defensa apasionada de un plato de zarangollo o una medusa marmenorense) que ”propio” es sinónimo de “bueno”. Así, cuando decimos “propio de África” surge de inmediato la idea de que si no lo consideramos bueno es porque lo miramos con ojos deformados por el eurocentrismo. Sin embargo, podemos hacernos una pregunta para saber si el binomio propio/bueno es real. ¿Soluciona este funcionamiento los problemas de la gente? ¿Ayuda a vivir mejor a una parte significativa de las poblaciones? Por el momento la respuesta es no. El actual sistema africano no está generando bienestar salvo para dos o tres y se está quedando con lo peor de la modernidad europea (pérdida de valores comunitarios, irrupción de la tecnología como instrumento de dominación…). Teóricamente, si el sistema patrimonial funcionase bien el líder debería distribuir los recursos ya que sólo así se garantizaría la fidelidad y el apoyo. El problema es que lo que llega es lo mínimo (cuando llega), que llega a muy pocos (los adeptos a cada líder) y que llega siempre sujeto a una contrapartida.

Frente a este panorama tan sombrío, el artículo de Kabunda aporta chispas de luz. Hay hoy en África un creciente número de asociaciones que trabajan en diferentes campos: económico (microcréditos), político y social (GERDDES-África, UIDH, RANGAPC… desarrollando programas de supervisión y seguimiento de procesos electorales, formación y sensibilización de los mandatarios electos sobre buena gobernabilidad y gestión, toma de postura pública ante cuestiones concretas, derechos humanos, protección de las minorías, salud, etnicidad, prevención de conflictos, gestión postbélica…), organizaciones de mujeres (Akina Mama wa África, Women in Law and Development, Women´s Consortium of Nigeria, PAWLO, NAKWOLA, NWLG, AFARD) o el Foro Social Africano con sede en Dakar.

Para este autor, tanto el Estado como la sociedad civil se necesitan y deben cambiar para conseguir el cambio en África. El Estado debe renunciar a su afán totalitario y aliarse con la sociedad civil. Las elites deben fundamentar su legitimidad no en la violencia y el clientelismo sino en la satisfacción de las necesidades básicas de la población. Por último, la sociedad civil debe abandonar las estrategias de desconexión, exigir más participación y dotarse de nuevas clases políticas al servicio de los pueblos (¿habrá alguna nueva clase libre de esa red clientelar que caracteriza el sistema africano? La expectativa patrimonialista está en la propia sociedad civil).

Finalmente, encontramos el discurso de las mujeres africanas mucho más comprometido y arriesgado que el de los hombres. Por lo que está poniendo de manifiesto su incipiente presencia en algunos puestos clave, son conscientes de los verdaderos problemas y más creativas a la hora de proponer soluciones pero el freno masculino y la situación de desigualdad son todavía demasiado grandes como para hacerlas aspirar a cotas significativas de poder.


Mujeres en África (séptima sesión)


Consuelo Paterna fue la encargada de la presentación de la última sesión del curso, a partir de la bibliografía siguiente:

Lombardo, María José (2005): las mujeres del África mutilada. Observatorio de Conflictos. En www.rebelion.org.

Martín, A., Velasco, C. y García, F. (coords.) (2002): Las mujeres en el África subsahariana. Antropología, literatura, arte y medicina. Barcelona: Ediciones del Bronce. Capítulo 2: “La promoción social y económica de las mujeres en Burkina Faso”. Jacqueline Ki-Zerbo (Universidad de Ouagadougou). Capítulo 4: “La mujer en el Malí: situación general. El factor del Islam”. Alicia Delinque (Universidad de Granada) y Francisco Vidal Castro (Universidad de Jaén).

Pereyra, Verónica (2003): Mujeres subsaharianas: la reinvención de África. Revista Pueblos, nº 7.

Zafanias, Helena (2001): Mujeres y desarrollo en África. Magazine Catalunya global, 12. en www.iigov.org.

Extracto de la entrevista a la escritora ruandesa Marie-Béatrice Umutesi “Asistimos mudas a la destrucción de Ruanda por los hombres políticos”. Revista Pueblos, nº 7.

El País (12-12-2006): “Casi la mitad de las africanas piden permiso al marido para ir al médico”.

Ferro, Marc (2005): El libro negro del colonialismo. Madrid, La Esfera de los Libros. Capítulo 4: “La suerte de las mujeres. Mujeres y colonialismo”. Arlette Gautier.

La selección y presentación del material estuvo orientada por varios criterios: relacionar la situación de la mujer con lo visto en anteriores sesiones sobre colonialismo, independencia y democracia, abordar temas culturales como la mutilación genital o el Islam, conocer el punto de vista del feminismo crítico y el papel de las organizaciones de mujeres y romper con los estereotipos más habituales en el tratamiento de este tema.

El trabajo de Helen Zafanias pone de manifiesto que, lejos de lo que suele creerse, las mujeres participaron de forma muy activa en los procesos de independencia de sus respectivos países ya que, al igual que los hombres, sufrían discriminaciones y malos tratos por parte de los colonos (el estudio no distingue entre discriminación racial y de clase, sufrida por hombres y mujeres, y discriminación de género, añadida en el caso de las mujeres). En la lucha, las mujeres crearon sus propias redes clandestinas, movilizaron a los ciudadanos, alimentaron a los combatientes y murieron al igual que los hombres. En definitiva, fueron agentes activos en este proceso, algo que rara vez suele encontrarse en la bibliografía sobre ese periodo de la historia africana.

En los primeros años tras la independencia, los líderes africanos mostraron una política progresista en pro de la emancipación de la mujer. Éstas aparecieron en la educación, en la salud y en los aparatos gubernamentales; incluso hay constancia de comités mixtos al 50% en el ámbito de la justicia popular. Los sectores con mayor presencia fueron el educativo, con un aumento significativo de alumnas y docentes femeninas, y el de la salud, incrementándose el número de enfermeras, matronas y médicas. También se notó su presencia en la producción agrícola de subsistencia, mayoritariamente en manos de mujeres, y de forma incipiente en el ámbito de la producción comercial.

¿Por qué, entonces, se llegó a la situación de discriminación que hoy predomina? La autora destaca como una de las causas la carencia de recursos de África, que relegó a un lugar secundario las necesidades de las mujeres, dejando las iniciativas con ellas relacionadas en manos de las Organizaciones de Mujeres y/o de los donantes externos. Asimismo, los conflictos bélicos mermaron las capacidades organizativas femeninas.

En los procesos de construcción de las nuevas democracias las mujeres intentaron garantizar mecanismos para su participación más allá de la voluntad del líder de turno revisando el derecho constitucional. Contribuyeron al diseño y revisión de las constituciones y buscaron fórmulas de presencia en los partidos, pero los líderes centraron su interés en las cuestiones económicas y decreció la voluntad política con respecto a las mujeres. Por otra parte, los sistemas que sirvieron de base a los procesos de democratización, heredados de la época colonial y sujetos a intereses de las metrópolis, influyeron de forma negativa en las políticas de igualdad y contribuyeron a empeorar la situación. El número de niñas matriculadas en las escuelas descendió, al igual que la presencia femenina en cargos políticos o empresariales; las mujeres se convirtieron en las mayores víctimas de los conflictos bélicos y del SIDA, cargando además con el sambenito de ser causantes o propagadoras de la enfermedad. La pervivencia de actitudes culturales muy tradicionales y la pobreza fueron otros factores que dificultaron y siguen dificultando el avance de las mujeres africanas.

El segundo artículo, “Mujeres subsaharianas: la reinvención de África”, de Verónica Pereyra, aborda desde una perspectiva novedosa (y polémica) el distinto impacto del neocolonialismo y las políticas de ajuste estructural sobre hombres y mujeres en África y defiende que las mujeres no deben ser vistas ni como supervivientes ni como víctimas, sino como protagonistas de su propia historia y con capacidad para adaptarse a los cambios que están teniendo lugar en el continente.

Los procesos vividos por el África subsahariana en menos de un siglo (colonización, descolonización, neocolonialismo, programas de ajuste estructural…) han traído consigo una modificación de los roles de las mujeres y de las relaciones familiares. Esta reformulación ha supuesto, en ocasiones, una reafirmación de su carácter de subordinada dentro de una cultura patriarcal, pero en otras ha abierto nuevas posibilidades. Para la autora, la movilidad geográfica, social y económica inherente a la nueva situación está favoreciendo la autonomía femenina. Con el éxodo rural y el exilio económico, las mujeres han podido salir de los ámbitos rurales, desligándose así de las jerarquías basadas en la autoridad y poder masculinos y ampliando sus opciones y oportunidades.

A diferencia de los hombres, las mujeres que han llegado a la ciudad no han abandonado del todo el campo, sino que han implantado el concepto y la economía de lo “peri-urbano”, convirtiéndose en un vínculo entre ambos mundos. Otra importante diferencia con respecto a los hombres es que éstos han recurrido a los cauces formales para desarrollar su actividad económica, mientras que ellas se han desligado de lo formal (escapando así al control de los gobiernos y el sistema patriarcal) y se han guiado por las redes de solidaridad, canalizando todos los ingresos a través de las mismas. Estas redes, existentes hoy en prácticamente todos los países del África subsahariana, han trascendido la actividad económica concreta para la que se crearon, abordando campos como la lucha medioambiental, el trabajo por la paz, la creación de sistemas de ahorro colectivo, etc.

Cabe preguntarse si esta creciente capacidad organizativa responde a un movimiento endógeno o está siendo inducida por las iniciativas internacionales de cooperación. Aunque hay un porcentaje de ambas, resulta evidente que este movimiento no se mantendría sin apoyo externo. Las redes informales son creadas desde dentro pero los grupos más formales están inducidos por la ayuda internacional, entre otras cosas porque se ha visto claro que la ayuda que llega a las mujeres es más eficaz y se ha hecho una opción preferencial por ellas.

Otra pregunta que debemos hacernos es en qué medida estas organizaciones, que sin duda contribuyen a la visibilidad de las mujeres africanas, están ayudando a cambiar las actitudes tradicionales.

El artículo “Las mujeres del África mutilada”, de María José Lombardo, plantea una crítica a la visión de la mujer africana sustentada por determinadas corrientes feministas y por un Occidente excesivamente concentrado en la mutilación genital y en temas culturales a costa de otras dominaciones de mucho mayor calado.

La mujer no es, como sostiene cierto feminismo esencialista y romántico, un ser altruista y bueno por naturaleza, despojado de condicionantes históricos y de clase. De hecho, muchas veces ha sido parte activa de los conflictos bélicos integrando la maquinaria asesina. Su vida no es un solo y simple padecimiento ni ellas son sólo víctimas. Etnocentrismo, patriarcalismo y victimización inutilizan a la mujer como protagonista de su propia liberación.

La autora también critica que se hable de África como un continente entero y no de países específicos y de situaciones específicas de las mujeres en ellos. Habla de cómo en las sociedades tradicionales hombres y mujeres vivían de forma equilibrada, a pesar de que la mujer se llevaba la peor parte (asumiendo el 80% de los roles). Esta situación, con sus desventajas, era preferible a la que sobrevino con la colonización, donde a la sobrecarga se sumó el desequilibrio. En las sociedades precoloniales, por ejemplo, las mujeres tenían la propiedad de la tierra. La autora no defiende que haya que volver a ellas pero sí pretende poner de manifiesto los prejuicios con que los occidentales nos acercamos a África y sugerir que tal vez esas jerarquías sociales antiguas eran más suaves que las impuestas por la colonización. Si uno se acerca con esa mirada desprovista de anteojeras a fenómenos como la poligamia descubre que ésta, por ejemplo, suponía para la mujer un alivio de la carga, ya que eran más para repartir el trabajo. De todos modos, sería preferible buscar un solución distinta que supusiese un nuevo reparto de roles entre hombres y mujeres al parche de “a más mujeres, menos trabajo para ellas”.

La colonización supuso la enajenación de la tierra y de la fuerza de trabajo y una desorganización de la estructura social y de la división sexual del trabajo. Los colonos blancos impusieron su dominio al tiempo que establecían reservas “nativas” que fueron cedidas en propiedad a hombres (y sólo a hombres) negros, dejando a las mujeres sin acceso a la tierra y haciéndolas víctimas de una doble discriminación. A partir de ese momento, el hombre siguió avanzando en la modernización y la mujer continuó encargándose de la alimentación pero el acceso a la esfera económica, a los recursos productivos y a los educativos le fue vedado. Cuando hoy abordamos la situación de África nos centramos preferentemente en el racismo y eso hace que el sexismo presente en estas sociedades quede oculto.

Sin embargo, parece que en los últimos tiempos los occidentales hemos redirigido nuestra atención hacia esos temas y hemos dado un lugar preferente a cuestiones como el velo o la mutilación genital, convirtiéndolas en el paradigma del atraso, el machismo, la inferioridad y el horror de las sociedades no civilizadas. Y de repente eso es lo verdaderamente importante, y no las relaciones económicas y sociales de dominación y explotación a nivel mundial. ¿Se está tal vez hoy utilizando el discurso de defensa de las mujeres como una estrategia para ocultar otro tipo de dominaciones y para construir una imagen del otro que justifica nuestra dominación? O en el mejor de los casos ¿no estamos intentando imponer, con la mejor voluntad pero con profundo desconocimiento de esas realidades, modelos que obvian los procesos endógenos, que intentan que África viva en lustros los que otras zonas del planeta tardaron en vivir siglos y que acaban generando una discriminación mayor?

Nadie es capaz de saltar sobre su propia sombra, no puedo trasladar a otros mi visión prescindiendo de su propia realidad ni puedo acelerar procesos de siglos y pretender que se hagan de la noche a la mañana.

Las soluciones desde fuera no existen, debemos partir de la situación y de la cultura endógena. Recordemos el representativo caso de la ayuda española a terremotos en Centroamérica que contribuyó al enriquecimiento personal de los que tenían el poder más que a aliviar la situación de la población. Incluso intervenciones bienintencionadas y no corruptas (por ejemplo implantar una semilla resistente a las plagas) pueden resultar contraproducentes si para superar esas plagas necesitas productos contaminantes que acaban cargándose el suelo y el sistema tradicional de cultivos. O donar tractores que destruyen un suelo con una capa fértil muy delgada y vuelven a la agricultura dependiente del gasóleo y de repuestos. En lo social pasa igual. Toda sociedad se reproduce a base de la reproducción de una forma de desigualdad. Si llegas y los desestructuras de golpe es difícil que el cambio sea eficaz. Eso no significa que no haya que intervenir pero hay que estudiar muy bien cómo.

Estas reflexiones imponen un importante reto a la cooperación. Ni vale todo ni vale cualquiera. Necesitamos cooperantes con un mayor grado de formación sobre las realidades donde pretenden actuar y proyectos que respondan a las necesidades reales y que tengan en cuenta las peculiaridades físicas, geográficas, sociales y económicas de las sociedades receptoras.

En el caso de las actuales intervenciones de género sí que se plantea ese estudio de la situación, aunque en ocasiones se establece a través de una burocracia que acaba representando un escollo para las comunidades locales o los grupos que solicitan ayuda para los proyectos. ¿Cómo van a rellenar un cuestionario con cientos de ítems mujeres que apenas saben leer? Ciertamente, las facturas son un importante mecanismo de control del destino de la ayuda pero conseguir una factura es un problema en la mayor parte de África. ¿Cómo te aseguras de que no te están engañando? ¿Dejas de ayudarles por eso? Los mecanismos de concesión de ayudas están hechos con criterios que resultan razonables para nuestras sociedades pero no siempre para los países destinatarios de esos proyectos. Esto implica que, muchas veces, no se lleva la ayuda quien más la necesita sino quien es más hábil para elaborar y justificar proyectos, quien mejor sabe moverse por la selva burocrática. No obstante, la experiencia nos va ayudando a adaptar esos criterios. Por ejemplo, antes medíamos el nivel de pobreza de un país por los ingresos familiares, ahora por el nivel de reparto de dichos ingresos dentro de la familia. Si la mujer es la que asume la manutención de toda la familia y el hombre no reparte, de nada sirve conocer los ingresos ya que éstos no revierten en el bienestar del grupo familiar.

Poco a poco, la propia cooperación ha ido aprendiendo de sus errores y ha descubierto que lo que es ayuda a veces se convierte en un desastre. Este proceso ha sido más rápido en las ONGD que en los gobiernos, que casi siempre priman los intereses económicos y que por tanto están interesados en modelos de intervención distintos.

Por lo que respecta al primer interrogante que nos planteábamos, hoy por hoy existe una jerarquía de escándalos para los occidentales, y en ella el velo o la ablación se convierten en el gran problema. No ponemos en duda que son temas controvertidos, pero a la hora de tratarlos desde Occidente en ocasiones se pone de manifiesto un nuevo racismo cultural en el que se resaltan, aíslan y magnifican determinadas marcas de los grupos étnicos y culturales (al igual que ocurre con la asociación latinoamericano-mafia) para mostrar su retraso e incapacidad de integración. Y curiosamente, algunos de los colectivos más militantes con estas cuestiones suelen ser los que defienden en nuestros países los modelos más tradicionales, patriarcales e intransigentes de familia y de relación entre hombres y mujeres. Se tacha el velo pero se defiende que la mujer debe obedecer al marido y dedicarse a procrear, se defiende la vida pero se obvian las muertes diarias causadas por el hambre y la injusticia. Nuestros jóvenes son cada día más machistas a la hora de vivir sus relaciones pero el problema es que una chiquilla magrebí entre con velo al aula, aunque para esa chica el velo, más que un signo de sumisión al varón, sea un símbolo de identidad cultural que la vincula con su comunidad y la ayuda a no disolverse en el proceso de asimilación a la cultura receptora, una cultura que, además, le prometió igualdad a cambio de esa asimilación y ahora se muestra incapaz de cumplir esa promesa, como pusieron de manifiesto los conflictos franceses.

Nos preocupa que la cuestión de la mujer se esté convirtiendo en una justificación moral de nuestro racismo, incluso dentro del propio feminismo. Las mujeres conservadoras que defienden el protagonismo de la mujer ignoran que ellas han llegado donde están fundamentalmente por sus ventajas de clase.

De todos modos, junto a ese racismo encubierto no podemos negar que en la mayoría de los países autoritarios y con modelos de familia muy tradicionales, donde la mujer está subordinada, los derechos de ésta y los derechos humanos en general dejan mucho que desear (asesinatos por honor, lapidaciones, etc.). Y esto es una realidad, sean o no del Islam (a veces son costumbres autóctonas previas o desligadas de éste). Es cierto que si aplicamos el termómetro de los Derechos Humanos de la Declaración del 45 muchos países que no se lo merecen salen bien parados pero también lo es que en los países de que estamos hablando hay situaciones flagrantes de violencia física y psicológica que deben ser combatidas, más allá del respeto a las identidades culturales.

La entrevista a la escritora ruandesa Marie-Béatrice Umutesi habla de la invisibilidad de la mujer en los conflictos bélicos africanos, de la falta de recursos de las experiencias asociativas de las mujeres africanas y de cómo muchos de estos movimientos son acallados internacionalmente cuando se vuelven incómodos. Por su parte, el artículo dedicado a las mujeres en Malí muestra que el lazo Islam-sumisión femenina no es tan indisoluble. De la adaptación autóctona que ese país ha hecho del Corán hay elementos que resultan positivos para las mujeres: no obligatoriedad del velo, acceso a las mezquitas en muchos sitios, escolarización mixta, no enclaustramiento, ausencia de poligamia. No obstante, sigue habiendo leyes que regulan la subordinación de la mujer al marido, numerosos incumplimientos del compromiso de monogamia y mutilaciones genitales. Grupos como las Asociaciones de mujeres desde el Corán (Eritrea) buscan en el mismo elementos liberadores y positivos para la mujer pero reconociendo que la única solución es cambiar el dominio de la ley coránica en todas las facetas de la vida.

Finalmente, el artículo de El País, al estar centrado en UNICEF, habla de la necesidad del desarrollo de las mujeres para asegurar el de los niños. Aunque en un principio nos puede parecer reduccionista (la mejora de las condiciones de la mujer son vistas como un medio, no un fin en sí mismas) debemos considerar que la promoción económica de las mujeres es importante no sólo por sí misma y para ellas mismas. Precisamente por ser el núcleo de la vida familiar en estos y otros muchos países, en la medida que ellas cambien serán germen del cambio de la estructura y las relaciones familiares y sociales.