SEMINARIO INTERNO 2007-08
EL ÁFRICA DE LOS OCCIDENTALES Y OTRA ÁFRICA
Foro I. Ellacuría
ÍNDICE
- Las políticas de libre comercio y los acuerdos de cooperación económica
- La intervención humanitaria en el continente africano
- Política española para África: el Plan África y la inmigración
- El imaginario occidental sobre África
- Economía africana y búsqueda de caminos alternativos
- Cambios políticos en África
- Pensamiento y cultura africanos
- Qué puede aportar África a Occidente
En el marco del Acuerdo de Libre Comercio de Cotonou y sin que la opinión pública tome nota de lo que está ocurriendo, la Unión Europea negocia seis acuerdos regionales de libre comercio con sus antiguas colonias, entre ellas con todos los países del África Subsahariana. El libre comercio sin protección y precipitado entre unos interlocutores tan desiguales como estos conduce inevitablemente a los países africanos a una debilidad endémica y estructural, a más empobrecimiento y sirve primariamente a los intereses de las multinacionales de la UE. Estos acuerdos no sólo ponen en peligro la seguridad alimentaria, sino que pueden suponer una desindustrialización y un colapso total de muchos sectores productivos locales y nacionales. Bajo el manto de una supuesta “lucha contra la pobreza” y otras frases grandilocuentes se aplica como medicina el veneno que mata: la liberalización del comercio y la economía. En este sentido el destino que sufre el África Subsahariana devuelve como un espejo la imagen del Occidente que promueve el orden económico que la destruye.
Sin embargo, los discursos políticos relativos a África están plagados de buenas intenciones de cooperación, de ayuda humanitaria, de supuesta lucha contra la corrupción de las élites políticas africanas. El corruptor, el explotador, el ventajista, el que mira para otro lado cuando las tragedias asolan el continente o facilita una ayuda escasa y supeditada al servicio de la propia hegemonía en la zona... se presenta ante la opinión pública como el benefactor responsable. Pero ya hay suficientes experiencias acumuladas como para desenmascarar el mito de la neutralidad del humanitarismo y cuestionar el intervencionismo humanitario dentro del sistema internacional. Si la reacción de la ciudadanía no llega es, en parte, porque lamentablemente los occidentales siguen operando con clichés negativos o positivos de África, pero distorsionados, con imágenes elaboradas a lo largo de siglos, que revelan más de quienes las poseen que de las personas y realidades sobre las que se aplican. De nuevo África puede actuar como un espejo que nos devuelva nuestros miedos, nuestros anhelos por lo originario, nuestro complejo de superioridad, nuestros intereses y nuestros autoengaños.
Parece que España entra en relación con África con la llegada de un reducido número de inmigrantes (cuando no sucumben en el intento) a nuestras costas en embarcaciones más que precarias. Nadie parece saber del pasado colonial español en África. De espaldas a él y en plena campaña mediática contra la supuesta “avalancha” de inmigrantes subsaharianos el gobierno español aprobó el Plan de Acción para el África Subsahariana o Plan África y desplegó un operativo de vigilancia conocido como FRONTEX, con el objetivo de reforzar el control de los flujos de la inmigración llamada “ilegal” a través de la frontera sur (cuando es la frontera por la que entra en España el número más reducido de inmigrantes) y de participar junto a otras potencias europeas en el pastel africano). ¿Es esta la política que podemos y debemos exigir a España?
En el horizonte de una búsqueda de alternativas para el conjunto del planeta que permitan un desarrollo sostenible y una justicia global África tiene mucho que decir. Sin futuro para África no hay futuro para el resto. El fracaso de África significa el “éxito” de las políticas económicas que no sólo destruyen ese continente, sino que amenazan con engullir a todos. Cambiar el rumbo de esas políticas quizás suponga escuchar y atender a África. No sólo sus demandas de ayuda, sus gritos de auxilio, sino también sus aportaciones. ¿Somos capaces de pensar que quizás no sea África quien precisa de ayuda, sino Occidente, y que es el continente africano el que puede acudir en nuestro auxilio? No sólo su riqueza en materias primas, no sólo sus bienes naturales o su fuerza de trabajo explotable, por lo que hasta ahora se ha interesado Occidente, sino también su patrimonio cultural y humano, sus formas consideradas “primitivas” de organización social, su manera de entender la relación entre los seres humanos y la naturaleza, etc. pueden resultar de vital importancia para supervivencia a largo plazo de todos.
Las políticas de libre comercio y los acuerdos de cooperación económica (primera sesión)
La preparación de la primera sesión del curso 2007-08 corrió a cargo de José A. Zamora, tomando como base las dos publicaciones siguientes:
Sebastián, Luis de: África, pecado de Europa, Trotta, Madrid, 2006.
Groth, Annette y Kneifel, Theo: Europa plündert Afrika. Der EU-Freihandel und die EPAs, VSA, Hamburg, 2007
Ambas abordan la relación entre lo que podríamos denominar la hegemonía ideológica y estratégica, que considera la liberalización de los mercados como panacea de la política económica, y los acuerdos de cooperación económica, cuya finalidad es el desarrollo de los países empobrecidos. Las obra de Sebastián nos ofrece una perspectiva más normativa-desiderativa —lo que los europeos deberíamos hacer— y la de Groth y Kneifel una visión más crítica sobre los planes y estrategias realmente existentes en estos momentos.
I. Para empezar, un poco de historia
1957 - Tratado de Roma que da origen a la Comunidad Económica Europea
1963-69 - Yaundé I: Primeros acuerdos de cooperación económica entre la CEE y los agrupamientos de países del grupo ACP (Asia, Caribe y Pacífico), sobre todo con las ex-colonias francesas.
1969-75 - Yaundé II: Prolongación y extensión de los primeros acuerdos.
1975 - Iª Convención de Lomé entre 46 países del grupo ACP y los nueve países de la CEE tras la incorporación de Gran Bretaña, Irlanda y Dinamarca. Establece preferencias comerciales y cooperación financiera, técnica y política.
1980 - IIª Convención de Lomé, que introduce nuevos instrumentos de financiación de la minería.
1985 - IIIª Convención de Lomé, que introduce el diálogo político.
1990 - IVª Convención de Lomé, que introduce ayuda a los ajustes estructurales, incorpora a las mujeres y a las ONG y refuerza el diálogo político y el respeto a los DDHH.
1995 - Revisión de los acuerdos de la anterior Convención.
1996 - La Comisión Europea publica el Libro Verde y da comienzo una amplia discusión sobre el futuro de la Convención de Lomé.
1997 - La Comisión Europea da a conocer las “Orientaciones para la negociación de nuevos convenios de cooperación con los países del grupo ACP”.
1998 - Comienzo de las negociaciones para una nueva Convención de Lomé entre 71 países del grupo ACP y 15 Estados de la UE.
2000 - El 29 de febrero expira Lomé IV.
2000 - En junio firma de una Convención de Partenariado entre 77 países del grupo ACP y los 15 de la UE válido hasta 2020, en Cotonou, capital de Benín.
2002 - De septiembre de ese año hasta diciembre de 2007 negociaciones para la firma de los Acuerdos de Partenariado Económico (Economic Partnership Agreements), a partir de ahora APEs.
2002 - septiembre: primera ronda de negociaciones para fijar el marco general.
2003-04 - 1ª fase: negociaciones técnicas.
2006 - 2ª fase: negociaciones sobre contenidos y primera elaboración de textos para los acuerdos.
2007 - Negociación definitiva y ratificación de los acuerdos.
2008 - Entrada en vigor prevista de los APEs, con una fase de implementación gradual con condiciones asimétricas a favor de los países del grupo ACP.
2020 - Fin de la vigencia de la Convención de Cotonou, que supondría haber alcanzado la línea de una liberalización total y recíproca.
II. ¿Qué debería hacer Europa por África?
Aunque no salte a primera vista, en todas las propuestas sobre lo que debería hacer Europa habría que incluir dos aspectos: lo que debería de dejar de hacer y lo que no ha hecho hasta ahora o debería hacer con una mayor intensidad y esfuerzo. Luis de Sebastián señala 10 puntos:
1. Los objetivos de desarrollo del milenio para 2015
Estos ochos objetivos se formularon en la Cumbre del Milenio de Naciones Unidas en septiembre de 2000 y van desde la erradicación de la extrema pobreza y el hambre al aseguramiento de la sostenibilidad medioambiental, pasando por la drástica mejora de los diferentes índices de desarrollo humano (educación, mortalidad infantil, salud, igualdad de género, etc.). Según el Banco Africano de Desarrollo, sólo Argelia, Egipto, Túnez, Libia y Marruecos cumplirán el objetivo 1 y sólo los tres primeros se acercarán razonablemente a los cinco primeros objetivos. La mayoría de países no podrá alcanzar ninguno o sólo uno de los objetivos.
Esto revela que la ayuda de los países europeos ha sido hasta ahora claramente insuficiente, sólo el 0,25% del PIB conjunto. Además, se ha tratado de una ayuda de baja calidad, “atada” a la compra de bienes y servicios de los donantes.
2. La condonación de la deuda externa
Ha habido varios acuerdos para la condonación de la deuda externa de los países más pobres del mundo, la mayoría africanos. Una de 1996 del FMI y el BM, otra de junio de 1999 y de julio 2005 del G-7. Se trata de iniciativas totalmente insuficientes. Las garantías que se exigen muchas veces no son creíbles ni verificables. Habría que relacionar la condonación con proyectos concretos, delimitados y verificables. También complementarla con otras medidas: apertura de los mercados europeos, promoción del ahorro interno y de los ingresos fiscales, así como la condicionalidad respecto a los objetivos específicos del Milenio.
3. La apertura de los mercados y el fomento de las exportaciones
Los productos agrícolas de los que viven millones de campesinos se encuentran ante los mercados de la UE con formidables barreras. Algunos de ellos están sometidos a aranceles con un valor promedio del 22% y a una gran variedad de barreras no arancelarias. Lo exigible a los países ricos sería un proceso de liberalizaciones asimétricas, por medio del cual, mientras los países del mundo rico abren completamente sus mercados a los productos de África, los países africanos puedan ejercer la protección de sus productos agrícolas para garantizar su seguridad alimentaria y el modo de vida de su población campesina.
4. La cooperación sanitaria
Algo que Europa debe hacer inmediatamente es dar un “gran empujón” en la cooperación sanitaria para frenar y revertir la propagación del SIDA, reducir la incidencia de la malaria, la tuberculosis y la parálisis infantil. El gasto en salud por persona en África era en 2001 de entre 13 y 21 dólares al año. Es necesaria una financiación adicional que se dirija a proyectos concretos y a la (re)construcción de los sistemas de salud en África. Una atención prioritaria deberían tener los trabajadores sanitarios, cuyo número debería triplicarse. Los gobiernos de la UE y EEUU deberían asumir la financiación de la investigación biomédica y farmacéutica que atienda las enfermedades que asolan el continente africano, demandando medicinas para África y revisando la legislación de patentes de la OMC.
5. El control de la venta de armas
Los conflictos africanos están frecuentemente alimentados por los diamantes, el oro, el uranio, la madera y otros productos de alto valor en los mercados internacionales. Tanto los gobiernos legales como los grupos irregulares usan el producto de sus ventas para comprar armamento. A estos recursos se ven asociados conflictos que sangran el continente. Los gobiernos europeos pueden hacer mucho si tratan de controlar a las empresas que exportan y comercian con estos recursos, así como extremar la vigilancia para evitar el flujo ilegal de armas a África.
6. Transparencia y decencia de las empresas europeas
Las empresas europeas tienen que cooperar con las autoridades e instituciones públicas y privadas africanas para reducir y eventualmente erradicar la corrupción. Esa tan traída y llevada corrupción africana está causada en buena parte por las empresas extranjeras que corrompen. Por desgracia no hay ránkings para la transparencia de las empresas extranjeras que trabajan en África.
7. La formación de líderes con vistas a mejorar la gobernación
Los pueblos africanos necesitan una buena gobernación para poner en orden y hacer funcionar todos los elementos de un Estado soberano. Toda la ayuda que podamos dar para mejorar la educación y aumentar el bienestar de los africanos es una contribución neta a la buena gobernación. Pero no es suficiente. También puede haber mal gobierno en una sociedad con un crecimiento económico razonable. Es preciso fomentar el buen gobierno en África con buenos comportamientos en nuestras relaciones internacionales. En el marco de esta tarea entra de lleno la formación de líderes políticos. Asimismo se precisa asesoría técnica para establecer registros civiles, de propiedad, fiscales y de comercio interior y exterior, agencias tributarias, aduanas, etc. y para fortalecer el funcionamiento del sistema de justicia, tribunales, archivos, centro de detención, control de pasaportes, etc.
8. Transferencia de tecnología. Fomento del espíritu empresarial
Lo más importante es desarrollar una infraestructura para la producción, el transporte y la distribución de energía. Las nuevas tecnologías tienen un campo inmenso de aplicación en el mundo de las empresas privadas africanas. La Unión Europea ha desarrollado programas, bastante bien dotados económicamente, para la formación empresarial (en Europa e in situ) de las “economías en transición”, como se llamó después de la caída del Muro de Berlín a los países que formaban la Unión Soviética. Eso mismo debería hacerse en África. Asimismo, son necesarios instrumentos adecuados como los micro-créditos, los fondos de “capital riesgo” para medianas empresas, las asesorías de gestión empresarial para pequeñas y medianas empresas, enseñanza de técnicas de gestión en escuelas y universidades, etc.
9. La cooperación para elevar el estatus de la mujer africana
En la actualidad las mujeres africanas de varios países del continente se están moviendo para cambiar las cosas. Intelectuales, periodistas, profesionales, religiosas, empresarias, políticas y mujeres de a pie están formando asociaciones para luchar por sus derechos. Lo que nos toca a los europeos es apoyar de todas las maneras posibles a estas redes y a estos grupos que luchan por la igualdad de derechos de la mujer en África.
10. La protección del medio ambiente y el cambio climático
Existe una especie de bucle o círculo vicioso entre pobreza-deterioro del medio ambiente-pobreza. Ésta afecta al entorno ambiental a través de la creciente desertización y deforestación, la pérdida de biodiversidad, la degradación de la tierra cultivable, el agotamiento de los pozos de agua potable, etc. El cambio climático es especialmente problemático en África. De continuar así el proceso, África se hará más seca en el norte y en el sur, mientras que se volverá más húmeda en el trópico. La variabilidad del clima y la frecuencia e intensidad de fenómenos atmosféricos severos probablemente aumentarán en África. Esto afectará a la agricultura y la producción de alimentos, al abastecimiento del agua y de la energía y a la conservación de la salud.
III. Los planes de la Comisión Europea
Sin que suscite ningún debate público, la UE negocia desde 2003 en el marco de los acuerdos de comercio de Cotonou seis Acuerdos de Partenariado Económico (APEs) con sus ex-colonias, entre las que se encuentran prácticamente todos los países del África subsahariana. Desde la suspensión de las negociaciones de la llamada Conferencia de Doha para el Desarrollo en el marco de la OMC en junio de 2006 el interés de la política comercial de la UE se ha trasladado del ámbito unilateral de OMC a la vía bilateral. Aunque en realidad la UE utiliza las reglas de la OMC para imponer sus intereses en las negociaciones bilaterales. Según dichas reglas los tratados bilaterales deben cumplir lo siguiente:
1. La liberalización de los controles aduaneros y de otras barreras al comercio debe extenderse a conjunto del comercio.
2. La fase de transición debe desarrollarse en un período de tiempo razonable.
3. El tratado debe extenderse a todos los sectores económicos esenciales.
Apoyada en estas cláusulas la UE presiona a la liberalización en los denominados tres temas de Singapur, es decir, en el ámbito de las reglas que regulan la inversión, la competitividad y la adquisición de bienes públicos, o lo que es lo mismo, en aquellos temas que llevaron al fracaso las negociaciones de la OMC en Cancún en septiembre de 2003.
Lo decisivo de los acuerdos de Cotonou en relación con los de Lomé consiste en que ya no se trata de acuerdos que ofrezcan preferencias a favor de los países del grupo ACP, sino de acuerdos de comercio basados en la reciprocidad, recogiendo así el espíritu de los tratados de libre comercio (APEs) que negocia la UE de manera bilateral. La eliminación de la pobreza y el desarrollo sostenible se convierten en metas del mismo nivel que la incorporación progresiva a la economía mundial bajo los principios de igualdad de los socios, responsabilidad propia, diálogo y compromiso mutuo y regionalización.
El modelo Lomé vinculaba la ayuda al desarrollo con preferencias comerciales e instrumentos de estabilización de los rendimientos comerciales para los países empobrecidos, todo ello unido a una institucionalización de instancias políticas paritarias. Se partía de que la ayuda al desarrollo es necesaria para el equilibrio entre socios comerciales desiguales y puede ofrecer un punto de partida para la autoayuda, pero raramente ataca a las causas. Por esa razón, dado que no hay una relación justa y equitativa entre socios desiguales, se consideraba apropiado un modelo de preferencias y subvenciones.
El argumento de la globalización y la liberalización se ha usado para declarar el modelo de Lomé como anticuado y no compatible con las reglas del OMC. La estrategia de la liberalización, que ha producido una creciente marginación de los países del grupo ACP en el mercado mundial, se considera ahora el nuevo marco normativo que sólo permite adaptación a dicha liberalización.
Para acabar con el modelo de Lomé se argumenta diciendo que el modelo de preferencias a los países del grupo ACP ha fracasado y no es compatible con la OMC, porque atenta contra el principio de igualdad de trato. Sin embargo, esta incompatibilidad es materia de debate y desacuerdo entre la UE y los países del grupo ACP. Estas discrepancias son las que llevaron al fracaso de la cumbre de la OMC en Cancún.
Con la elaboración de APEs acordes con la OMC 75 países en desarrollo, entre ellos 39 de los más empobrecidos del mundo, se ven expuestos a la competitividad de las multinacionales europeas. La tesis que sostiene esta estrategia es que las inversiones directas captadas a través del libre comercio producirán crecimiento económico, que a través de sus efectos sobre el empleo y el aumento de las ventas harán crecer el bienestar de toda la población. Pero esta tesis pasa por alto la desigualdad de las partes negociadoras. Entre el PIB de la UE y los países del grupo ACP se da una proporción de 1 a 31.
La cuestión que cabría preguntarse es si África está poco o muy globalizada, pues en realidad la globalización no es ningún fenómeno nuevo para el África subsahariana. Empezó con el establecimiento de las primeras colonias. Fueron los intereses del libre comercio europeo los que llevaron al reparto de África entre los poderes coloniales y a la explotación de sus reservas. Ni los planes de desarrollo de los años setenta ni los ajustes estructurales impuestos por FMI y BM en los años ochenta y noventa pueden entenderse sino como formas de integración en el mercado mundial. A pesar de ello el África subsahariana es la única zona del mudo que sigue mostrando un retroceso en el desarrollo. No por falta de integración en el mercado mundial, sino por cómo se ha producido dicha integración.
La apelación a la globalización refleja en realidad un giro de la política económica europea que se formula con toda claridad en la cumbre de Lisboa a comienzos de 2000 y que pretende convertir a la UE en un plazo de diez años en el espacio económico más competitivo y dinámico del mundo basado en el conocimiento. Este el trasfondo de los APEs. Estos acuerdos responden a una nueva estrategia de comercio exterior conocida como “Global Europe”. Para garantizar la competitividad de la UE se necesita, según esta estrategia, asegurar el suministro de materias primas, una presencia más fuerte de las empresas europeas en los mercados en crecimiento, apertura y liberalización de los mercados lucrativos para el gasto público y la eliminación de todas las barreras no arancelarias.
¿Pero realmente significa el libre comercio una bendición para los países de África? La organización humanitaria británica Christian Aid revela en un estudio publicado en 2005 que la liberalización del comercio ha costado a los países al sur del Sahara en los últimos 20 años 272.000 millones de dólares. La estrategia de chantaje de la UE -sin acuerdos de libre comercio no hay ayuda al desarrollo- juega un papel clave en la fase decisiva actual de negociación de las APEs, con consecuencias fatales para los países del grupo ACP.
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Los primeros acuerdos económicos entre Europa y África estuvieron auspiciados por el principio de discriminación positiva, incluyéndose más adelante como requisitos criterios de buena gobernabilidad y derechos humanos. Eso cambia en las décadas de los ochenta y noventa, con el triunfo del modelo neoliberal y su extensión al ámbito de las relaciones internacionales. Apoyándose en la normativa de la OMC, FMI y BM, Europa pasa a supeditar la cooperación a la apertura de los mercados. Se extiende la idea de que las políticas anteriores son discriminatorias frente a terceros países porque niegan la igualdad, y además chocan con las nuevas reglas del comercio mundial. Estos nuevos principios no se imponen de forma global sino por medio de acuerdos bilaterales con zonas o países específicos. Se trata de la idea del “divide y vencerás”, como el constructor que quiere conseguir un inmueble y va negociando vecino por vecino para evitar el enfrentamiento con una comunidad que haya podido crear intereses comunes. Lo terrible del asunto es que ese cambio en las reglas pronto se naturaliza y se defiende como el único marco posible, incluso como el único que ha existido, negando su carácter de construcción histórica basada en intereses económicos y políticos de uno de los actores. Así, frente a las quejas del más débil, el poderoso se justifica diciendo que hay unas reglas a las que todos, incluso él (que las ha creado) deben someterse por poco que les puedan gustar.
Por otra parte, bajo una apariencia de reglas iguales, el fuerte siempre tiene recursos para imponerse en el juego. Lo que está ocurriendo con los productos agrícolas africanos puede ser un buen ejemplo de cómo funcionan en la práctica esas reglas y quiénes son realmente los beneficiados. Bastantes de esos productos son rechazados en los mercados europeos porque no cumplen los estándares sanitarios. Curiosamente, los mismos países que los rechazan han vendido previamente a los africanos productos fitosanitarios prohibidos aquí para el tratamiento de los cultivos.
Desde esta óptica, buena parte de las medidas propuestas por Luis de Sebastián no dejan de parecernos un tanto idealistas, planteadas con la mejor de las intenciones pero con pocos visos de hacerse realidad. Ni hay predisposición por parte de las economías desarrolladas (¿por qué Europa no es capaz de proponer un plan para África similar al que llevó a cabo con los países del Este tras la caída del Muro?), ni estados fuertes africanos capaces de crear tejido productivo ni una red básica de servicios.
Como ya hemos comentado en otras ocasiones al hablar del papel de los países desarrollados con respecto a África, existe una contradicción entre la cooperación y la política económica (eso en el mejor de los casos), entre Leire Pajín y Pedro Solbes. La ayuda al desarrollo oficial, aun siendo necesaria, no puede convertirse en el eje de las relaciones con los africanos, en el sustituto de una política económica basada en parámetros de justicia social y no en la lógica del beneficio del más fuerte. Los países pobres no necesitan limosna, sino que no les destruyamos su mínima base económica y de desarrollo. Un ejemplo que nos toca de cerca. ¿Cuál está siendo la política de la UE con respecto a la pesca en aguas africanas? Hemos llegado, estamos esquilmando las costas y acabando con los pequeños pescadores, al tiempo que privamos a la población local de una de sus principales fuentes de alimentación. Para colmo, luego les hacemos comprar lo que nos hemos llevado en forma de conserva, dando así también al traste con el tejido productivo de la zona y sus incipientes industrias transformadoras.
Está claro que en esa contradicción hasta ahora las de ganar las lleva la política económica y no precisamente en la dirección que algunos ingenuamente pensábamos. Durante cierto tiempo, se albergó la ilusión en el terreno de la cooperación de que Europa pudiese ser la alternativa a Estados Unidos en la creación de un orden económico que no fuese tan depredador. Pero hoy nos encontramos con un modo de operar tremendamente parecido al norteamericano. Con una salvedad, los tratados de libre comercio estadounidenses son ampliamente debatidos, conocidos y criticados. Los acuerdos de partenariado europeos, el mismo perro con distinto collar, están pasando sin pena ni gloria. ¿Cuántas noticias, debates o artículos de opinión hemos visto sobre ellos? ¿Cuántos ciudadanos conocen su existencia y lo que suponen? ¿Y el Plan África, más allá de su mediática presentación como respuesta al descontento por la “invasión” de cayucos? Y lo peor de todo ¿a cuántos no les daría igual si lo supieran o estarían plenamente de acuerdo con su fondo y su forma?
El consenso neoliberal no sólo es cuestión política. ¿Estarían los votantes a favor del comercio de verdad libre, de la plena apertura de todos los mercados en igualdad de condiciones para todos? Probablemente no. Nuestra sociedad ve buenas las ventajas si somos nosotros quienes las disfrutamos. Y si otros no las tienen es su problema. Como suele decirse, que cada cual arrime el ascua a su sardina. Además –y eso suena muy tranquilizador para nuestra conciencia- los propios colonizados agradecen la colonización, porque al menos con ella algunos comen. Por eso China está siendo bien recibida por muchos países africanos. Y para cerrar el círculo, los países que se abren al desarrollo y comienzan a sonar como ejemplo para otros lo hacen desde el modelo neoliberal (India). Un horizonte único en el que es casi imposible escuchar voces y propuestas diferentes, ni económicas, ni políticas, ni morales.
La intervención humanitaria en el continente africano (segunda sesión)
Para esta sesión, preparada por María José Lucerga, trabajamos con el siguiente material:
Ruiz-Giménez Arrieta, Itziar: La historia de la intervención humanitaria. El imperialismo altruista. Madrid, Los Libros de la Catarata 2005.
Ruiz-Giménez Arrieta, Itziar: Las “buenas intenciones”. Intervención humanitaria en África. Barcelona, Icaria 2003.
Bape, Jozé (ed.): El bombero pirómano. La actuación criminal de Francia en el África contemporánea.
I. La historia de la intervención humanitaria
La intervención humanitaria se ha convertido en uno de los temas estrella de la agenda política internacional de la posguerra fría, ocupando un lugar central en la práctica intervencionista estatal y en los discursos de políticos, organismos internacionales, ONG y medios de comunicación. Se trata de una figura polémica, ya que viola uno de los principios fundamentales de la sociedad internacional, el de soberanía, que implica la atribución al Estado del monopolio del uso legítimo de la fuerza sobre su territorio. Por tanto, la intervención armada implica discusiones normativas sobre su legalidad y legitimidad, sobre todo a partir de la Segunda Guerra Mundial y la posterior prohibición del uso de la fuerza en la vida internacional. Pero también sobre qué estados deben ser considerados soberanos y cuáles no, sobre qué es lo humanitario, qué individuos se consideran con derechos o qué responsabilidad tiene la sociedad internacional ante violaciones de los derechos humanos dentro de un Estado o en la defensa de la diversidad y el pluralismo político.
Dentro de este marco, la acción humanitaria puede ser entendida como instrumento de justicia y defensa de los derechos humanos o como un instrumento civilizatorio, de imposición de una visión determinada de esa “vida buena”.
El primero de los materiales trabajados analiza la vinculación de la intervención humanitaria con la evolución del régimen internacional de soberanía y el proceso de expansión de la modernidad occidental y su encuentro con los otros. Cuando este proceso entra en una crisis de legitimidad tras la II Guerra Mundial y durante el periodo de guerra fría, la intervención humanitaria casi desaparece.
Asimismo estudia su resurgimiento en los albores de la posguerra fría, de la mano de cambios normativos en el régimen internacional de soberanía y no intervención que definen nuevos comportamientos aceptables dentro de los Estados y en sus relaciones con otros Estados. En este periodo la intervención humanitaria pasa por tres fases: euforia, reconfiguración y enfriamiento.
1.1.- Los orígenes
Existe consenso generalizado en ligar este concepto al acta fundacional del moderno sistema internacional, la Paz de Westfalia en 1648, culminación de un proceso de 300 años en el que destacan dos ejes: consolidación interna y externa de la soberanía y encuentro de los europeos con los otros (Islam, América). En estos procesos, la guerra es considerada como un atributo esencial de los nuevos soberanos y sobre cuándo usarla en el sistema internacional existían varias posturas:
- Los realistas, con el concepto de “razón de Estado” de Maquiavelo, Hobbes, Spinoza o Bacon.
- Los racionalistas o solidarios (Francisco de Vitoria, Francisco Suárez, Domingo de Soto, Bartolomé de las Casas…), que conciben el orden internacional como una sociedad universal de estados, regulada por normas morales y jurídicas que recogen del ius gentium romano y que contempla la noción medieval de guerra justa, reformulada como uso de la fuerza contra la tiranía de los señores de los bárbaros o de leyes inhumanas que perjudican a los inocentes (Vitoria).
En los siglos XVI y XVII, Alberico Gentilicio y Hugo Grocio secularizan el concepto de “guerra justa” iniciado por Vitoria y Suárez. Así, junto al derecho de soberanía se reconoce a los príncipes el de proteger a los súbditos de otros soberanos cuando se produzcan violaciones del derecho natural aunque, curiosamente, Grocio niega a esos súbditos la posibilidad de rebelarse ellos mismos contra su soberano. Además, dirige su ius bellum contra sociedades que eligen cerrar su economía, aislarse del contacto con otros pueblos y denegar a los extranjeros (entiéndase europeos) los derechos de hospitalidad y comercio, es decir, legitima la conquista de América y el dominio de las rutas comerciales asiáticas al tiempo que limita la guerra dentro de Europa. Toda esta herencia de los solidarios es la que recoge Westfalia, junto con el derecho de intervención de ciertos Estados (Francia y Suecia) en defensa del nuevo orden y la protección de las minorías religiosas en los Estados europeos.
1.2.- El siglo XVIII
A lo largo de este periodo se amplía la noción de soberanía incluyendo el derecho de resistencia de los pueblos contra la tiranía y se expande el principio de no intervención.
El espíritu de Westfalia se había desarrollado en torno a dos ejes: captura del territorio mudándolo en propiedad estatal y de población convertida en súbditos y positivación del derecho internacional. La soberanía origina el desarrollo de un principio neurálgico, el de no intervención (dentro de la sociedad europea de estados). Así, autores como C. Wolf rechazan muchas de las causas de la guerra justa, incluyendo la protección de los súbditos de otro soberano, por considerar que esconden la ambición del poderoso. Otros autores, como Vattel, admiten dos excepciones a este principio: intervención en defensa del equilibrio de poder y en apoyo a la rebeldía de un pueblo con la tiranía de su gobernante, siempre que dicho pueblo solicite apoyo exterior. Con esta nueva dimensión, la soberanía se desplaza del soberano al pueblo, por lo que el gobernante que incumple el contrato social con éste pierde el derecho a no ser intervenido.
Kant también defiende los principios de soberanía y no intervención como condiciones necesarias para erradicar la guerra del escenario internacional, aunque admite algunas excepciones: defensa del equilibrio de poder e intervención cuando un Estado se divide en dos por causa de disensiones internas y cada parte pretende ser el Estado, siempre que la lucha no se haya decidido. Curiosamente, el liberal Kant se opone rotundamente al derecho de rebeldía, considerándolo delito supremo al socavar los fundamentos de la comunidad encarnada en el poder legislativo.
Las normas que rigen en las relaciones con el círculo exterior son otras: comercio de esclavos, tratados desiguales para sociedades infieles o vasallas como el Imperio Otomano y derecho de conquista sobre las sociedades más primitivas, consideradas posesión y, por tanto, asunto interno de los Estados conquistadores.
1.3.- El siglo XIX
El siglo XIX ve la luz de la mano de la Revolución Francesa y con tres desafíos al orden de Westfalia: defensa de la soberanía nacional como principio de autoridad política, concepción cosmopolita de una sociedad internacional formada por pueblos, no por soberanos, y doctrina de guerra justa que apoya la legitimidad de la intervención humanitaria a favor de la revolución nacional contra la tiranía.
Frente a estos desafíos, las fuerzas de la contrarrevolución articuladas en el Congreso de Viena (1815) arbitran un nuevo sistema de seguridad colectivo que se basa en los siguientes ejes:
- Carácter ilícito de los movimientos liberales cuyos gobiernos no se consideraban soberanos al no respetar el principio de autoridad legítima.
- Reconocimiento del derecho y deber de las grandes potencias de restaurar a los monarcas derrocados sin tener en cuenta el principio de no intervención.
El triunfo de las revoluciones liberales a mediados de siglo trae consigo una revitalización del principio de no intervención, convirtiéndolo en norma esencial de la sociedad internacional. Aun así, hay dos líneas de pensamiento en el XIX que buscan limitar la soberanía nacional y racionalizar pautas de intervención legítimas: intervención en defensa del equilibrio de poder e imposición de valores europeos en el círculo exterior de relaciones. Este segundo eje acompaña una nueva fase de expansión: el reparto de África y el resto del mundo. Para legitimar este dominio se fortalece la dualidad de la sociedad internacional con una nueva regla de reconocimiento: el estándar civilizatorio, que sitúa en la periferia a los pueblos bárbaros y salvajes que, por eso mismo, no son soberanos. La colonización se percibe como una cruzada que pretende llevar los beneficios del progreso y la Ilustración al resto de sociedades. No sólo se buscan los beneficios económicos, se desea crear humanidad.
Estas motivaciones se mezclan con el discurso racista del darwinismo social y se reconstruye la imagen del otro (el no occidental) como irracional, impredecible, vago, inferior y con todas las cualidades negativas asociadas a la feminidad o la niñez, necesitado por tanto de tutela y protección.
Entre los dos círculos existe uno intermedio, el de las sociedades semicivilizadas que no pueden ser consideradas salvajes por su historia (Imperio Otomano, China, Japón, Tailandia). A éstas se les reconoce una soberanía limitada que se traduce en la imposición de tratados desiguales y protectorados internacionales. Además, los occidentales se arrogan una serie de títulos legítimos para intervenir militarmente en ellas: cobro de deudas, represalias armadas o intervenciones humanitarias motivadas por el rescate de nacionales propios o la protección de minorías cristianas en peligro.
1.4.- La intervención humanitaria en el seno de Naciones Unidas (1945-1989)
Tres procesos guían el devenir de la intervención humanitaria en este periodo: revuelta contra Occidente, la guerra fría y la creación de un sistema de protección internacional de los derechos humanos.
El nuevo orden surgido tras la Segunda Guerra Mundial pivota sobre los principios westfalianos de independencia, igualdad soberana de los Estados y no intervención en los asuntos internos de los mismos. Como novedades aporta la proscripción del derecho tradicional de los Estados a recurrir a la guerra y la incidencia en los problemas de cooperación internacional en materia económica y social. En la Carta de Naciones Unidas se recogen disposiciones sobre la autodeterminación y el reconocimiento jurídico internacional de los derechos humanos. De la mano de ambas se abre la puerta a un proceso imparable de universalización de la sociedad internacional con la integración de las sociedades no occidentales. Los principios de soberanía, autodeterminación y no intervención son utilizados por estas sociedades para apoyar sus objetivos de independencia y desarrollo. Asimismo, estas disposiciones aportan una nueva consideración que se abre paso en el contexto normativo internacional: en materia de derechos humanos, los Estados poseen obligaciones hacia la sociedad internacional.
La intervención humanitaria es puesta en cuestión en este nuevo orden: por una parte se rechaza su legalidad a la luz del principio de soberanía y del proceso de deslegitimación de la guerra a raíz de la reciente contienda mundial; por la otra, el desarrollo del sistema jurídico internacional de derechos humanos empuja a favor de su legitimidad. La Carta de NNUU, sin embargo, no contempla el uso de la fuerza para proteger estos derechos. Sólo recoge dos excepciones: el régimen de seguridad colectivo del capítulo VII (sólo el Consejo de Seguridad puede autorizar ese uso en casos de amenaza o ruptura de la paz y seguridad internacionales) y la legítima defensa.
Otro factor va a actuar en contra del principio de intervención humanitaria: la consolidación del régimen internacional de soberanía con los procesos de descolonización. Se acepta el Estado nación como única organización política legítima y las sociedades no occidentales exigen el reconocimiento de estatalidad y la eliminación del estándar civilizatorio. Se proscribe el derecho de conquista y se modifica el principio de autoridad política legítima, incluyendo en el derecho a no ser intervenido a las sociedades semicivilizadas y bárbaras. Asimismo se reconoce el derecho de los pueblos al autogobierno y las fronteras pasan a considerarse sacrosantas. La intervención humanitaria pasa a tener mala prensa, ya que los nuevos países la asocian al antiguo espíritu conquistador y civilizatorio.
A lo largo del siglo XX, y en especial a partir de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, se consiguen dos conquistas importantes para el tema que nos ocupa: la expansión de la “humanidad” y la creación de un sistema internacional de protección de los individuos. Ser “civilizado” (varón, cristiano y propietario) deja de ser una condición necesaria para ser considerado humano. Esta extensión tiene dos consecuencias: se amplía la posibilidad de intervención humanitaria más allá de la defensa de minorías cristianas y se refuerzan las reglas de soberanía y no-intervención.
La segunda conquista se traduce en la aprobación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la Convención sobre Prevención y Castigo del Crimen de Genocidio en 1948, las Convenciones de Ginebra sobre Derecho Humanitario en 1949 y la Convención sobre el Estatuto del Refugiado en 1951. Ninguna establece el uso de la fuerza para proteger derechos humanos, aunque el genocidio parece la única excepción posible. En 1966 se aprueban los Pactos Internacionales de Derechos Civiles y Políticos y de Derechos Económicos, Sociales y Culturales. En paralelo van surgiendo normas consuetudinarias que prohíben graves violaciones de los derechos humanos, normas que se convierten en obligaciones para todos los Estados y en derecho que la comunidad internacional tiene que proteger. En este contexto vuelve a resurgir la figura de la intervención humanitaria con nuevos significados, en concreto, la posibilidad de que organizaciones internacionales como la ONU utilicen la fuerza para prevenir o poner fin a los crímenes internacionales más graves. Pero esta idea no prosperó por el concepto de soberanía negativa y la oposición de los nuevos países recién salidos de la colonización, también por el impacto de la guerra fría y por la imposición paulatina de la idea de que la defensa de los derechos humanos era cuestión de los Estados.
El enfrentamiento de la guerra fría trae consigo una parálisis del sistema de seguridad colectiva y la conversión del Tercer Mundo en campo de batalla de las superpotencias.
En un contexto poco proclive a la injerencia, éstas tuvieron que buscar justificaciones creíbles para el traslado del conflicto al Tercer Mundo: intervención a petición del propio estado para protegerlo (la URSS en Hungría, Berlín, Checoslovaquia o Afganistán y EEUU en Jordania y Líbano, Santo Domingo, Vietnam, Granada y Panamá). Igualmente hicieron Bélgica y Francia en el continente africano. Las superpotencias alegaron otras dos razones en defensa de sus intervenciones: la doctrina Breznev (derecho a intervenir en su bloque en defensa del socialismo) y la doctrina Reagan (defensa del mundo libre y contención de la expansión del comunismo).
En este periodo hubo tres intervenciones humanitarias que generaron un importante grado de controversia aunque pusieron fin a graves violaciones de los derechos humanos: la de India en Pakistán este (1971), Vietnam en Camboya (1978) y Tanzania en Uganda (1979). Ninguna de ellas fue multilateral ni contó con la intervención de las superpotencias, al desarrollarse en la periferia de la política internacional.
1.5.- Nuevos vientos normativos tras el final de la Guerra fría
Tras el final de la guerra fría da comienzo un periodo de euforia hacia la democracia humanitaria coercitiva. En cuatro años (1990-94) se producen cuatro intervenciones de esta índole (Irak, Liberia, Somalia y Ruanda), todas a cargo de coaliciones de estados lideradas por países occidentales (salvo Liberia) y oficialmente humanitarias. Todas contaron con el apoyo de la mayoría de los estados, organismos internacionales, opinión pública y medios de comunicación. Junto a ellas se intervino en Haití y los cascos azules desempeñaron más de 20 misiones con mandatos más extensos. Y todo ello en un contexto de triunfo de occidente con la caída del muro y nacimiento de un nuevo estándar civilizatorio basado en la libertad, la democracia y el libre mercado. En este nuevo estándar subyacen las viejas lógicas que rigen el encuentro de occidente con el otro, revestidas con nuevos ropajes: geoestratégico (las democracias son más seguras ya que no guerrean entre sí), económico (son más eficaces económicamente y proclives a la economía de mercado), y civilizatorio (capitalismo y democracia como mejor horizonte moral). Un modelo que el hombre blanco tiene el deber de trasvasar, incluso por la fuerza, a los otros.
Desde los países no occidentales se critica este modelo como nueva forma de dominación y la restricción de los derechos a los civiles y políticos, dejando de lado los sociales, económicos y culturales que, al contrario, son minados mediante los planes de ajuste estructural. Asimismo, la democracia que se promociona es meramente formal. Pero se defiende como modelo universal y condición sine que non de pertenencia a estructuras internacionales (OEA, OUA).
Una de las novedades de la posguerra fría es la ruptura del mito de la estatalidad: entre finales de la década de los ochenta y los años noventa asistimos al proceso de descomposición de muchos estados, bien por división (URSS, Yugoslavia, Etiopía) bien por colapso (Somalia).
Además, se desarrolla una nueva visión de la soberanía como responsabilidad, que hace a las autoridades estatales responsables de la seguridad y la vida de sus ciudadanos y la promoción de su bienestar, y responsables ante la comunidad internacional a través de la ONU. Si el Estado no puede o no quiere cumplir con esta responsabilidad o él mismo es el perpetrador, se convierte en deber de la comunidad internacional intervenir en defensa de la democracia, los derechos humanos, la ayuda humanitaria o ante la ausencia de un gobierno efectivo debido al colapso estatal. Los vientos de la actualidad han añadido dos nuevos supuestos intervencionistas: lucha contra el terrorismo o narcotráfico y control de armamentos (Irak, Panamá, Plan Colombia). A la hora de intervenir se contemplan dos posibilidades: Estados o coaliciones de Estados con la autorización del Consejo de Seguridad u operaciones llevadas a cabo por la ONU u otras organizaciones regionales (OUA…), es decir, multilateralidad y autorización de la comunidad internacional.
En estos años también se fortalece el pilar de los derechos humanos con la creación del Alto Comisionado de los Derechos Humanos en 1993, la del Tribunal Penal Internacional y los de Yugoslavia y Ruanda, el desarrollo de ONG y la entrada del tema en los discursos de política exterior y de ayuda de Occidente. Por su parte, la ONU parece renacer tras el bloqueo de la guerra fría, participando en la retirada soviética de Afganistán, los acuerdos Irán-Irak, la independencia de Namibia y los procesos de paz de Angola, Camboya, Etiopía y Mozambique. Nace la Agenda para la paz de Boutros Ghali, se produce un aumento de misiones, personal y recursos y el desembarco en conflictos internos en los Estados fallidos.
Pero no sólo aumentan sus actuaciones; sus funciones se ven ampliadas: desarme y desmovilización, desminado, reparación de infraestructuras, distribución de ayuda humanitaria, reasentamiento de desplazados, supervisión de elecciones, incluso creación de protectorados (Bosnia-Herzegovina, Timor oriental, Kosovo, Afganistán, Irak). Otras organizaciones se revitalizan a su compás: la OUA, OTAN (Kosovo), Centro de prevención, gestión y resolución de conflictos.
Un factor de los nuevos conflictos va a provocar la crisis del humanitarismo y el derecho a la ayuda humanitaria: la conversión de la población civil en objetivo militar principal. Cuando esto ocurre resulta difícil asistirla manteniendo la neutralidad ya que, a menudo, las organizaciones humanitarias internacionales se ven obligadas a aceptar la protección de alguna de las facciones y, con ello, el hecho de que parte de la ayuda se desvíe para la economía política de guerra. Por otra parte, los ataques a trabajadores humanitarios se van haciendo cada vez más frecuentes. Se pasa a abogar por el deber de injerencia y la protección de tropas internacionales.
En este nuevo contexto normativo se desarrollan la operación Proveer Confort en el Kurdistán iraquí y tres intervenciones en África: Liberia, Somalia y Ruanda. El claro fracaso de las dos últimas conducirá a un enfriamiento de la diplomacia humanitaria coercitiva.
Este desinfle se mantiene hasta 1999, con la intervención de la OTAN en Kosovo (no autorizada por la ONU) y en Timor oriental (esta vez sí). En el año 2000 los británicos llegan a Sierra Leona para proteger la capital de los ataques del RUF, en 2002 los franceses van a Costa de Marfil para supervisar el alto el fuego, en 2003 la UE con la autorización de la ONU despliega su fuerza multinacional interina en la RDC con el objetivo de estabilizar el área. En casi todos estos casos, los intervinientes tienen fuertes lazos económicos con el país intervenido. Y llegamos a la actualidad: Afganistán y, sobre todo, Irak, suponen una nueva vuelta de tuerca al concepto. Es evidente que debajo de estas intervenciones (una apoyada por la comunidad internacional, la otra no) hay motivaciones geoestratégicas y la fuerza del nuevo estándar civilizatorio, pero también lo es que los países “invasores” no han podido ejercer su derecho de conquista sin más y se han visto obligados a buscar legitimidad a costa de lo que sea: realizar actividades humanitarias, buscar la participación de otros estados, celebrar elecciones, crear protectorados en vez de ocupar directamente el poder. Una buena muestra de las características, los objetivos y los límites de la intervención humanitaria en el nuevo milenio.
II.- Las buenas intenciones. Intervención humanitaria en África
A partir del marco planteado más arriba, la autora analiza en esta obra la intervención humanitaria en el continente africano centrándose en tres de sus conflictos más significativos: Liberia, Somalia, Ruanda. Las tres desencadenan el proceso de euforia, reconfiguración y enfriamiento (¿y renacimiento?) que caracteriza a la evolución del concepto en la posguerra fría.
En la base de este segundo libro está el objetivo de demostrar que el análisis al uso de los conflictos africanos está distorsionado por estereotipos como el de la rivalidad étnica, y poner de manifiesto la presencia de otros factores de índole política y social. En el análisis de esos factores se destacan tres corrientes o narrativas diferentes:
1.- Nuevo barbarismo: la causa de los conflictos africanos descansa en identidades étnicas irreconciliables, sin programa ideológico y libres de las ataduras de la Guerra Fría. Esta narrativa, la más habitual en los análisis sobre los conflictos africanos, oculta varias cosas:
a.- Esas identidades son muchas veces construidas (incluso por los occidentales) y más flexibles de lo que se cree. Otra cosa es que se instrumentalicen al servicio de otros intereses.
b.- Evoca un discurso racista y de determinismo biocultural que nos retrotrae a la época del darwinismo social colonial.
c.- Niega la conexión de etnia y clase social.
d.- Lo irracional se usa como justificación de la intervención militar.
2.- La que considera que el subdesarrollo es la causa de los conflictos africanos (círculos de cooperación al desarrollo). Siendo real, no explica las causas inmediatas que hacen que, ante situaciones económicas y sociales similares, en unos lugares estalle el conflicto y en otros no. A pesar de atender más a la complejidad, sigue escondiendo algunas dudas:
a.- Nuevas legitimaciones para el discurso de la cooperación tras décadas de fracasos y fatiga de los donantes.
b.- Peligro de otro tipo de determinismo y de retomar el viejo hilo civilizatorio (Hiroshima y Nagasaki no tienen que ver con el subdesarrollo).
c.- Frente a lo que suele creerse, el colapso del Estado no siempre significa el caos (Somalia). Al no reconocer esto se oculta la actuación de actores sociales que trabajan en pro de la cohesión desde fuera de las estructuras estatales y que, si se hubieran tenido en cuenta a la hora de negociar en los conflictos, otro gallo hubiera cantado (redes de apoyo populares).
3.- Economía política de la guerra: el conflicto como respuesta de ciertas élites políticas y económicas a la crisis de legitimidad del estado postcolonial a finales de los ochenta. Cuando éste pierde su función de fuente de financiación para redes clientelares y mantenimiento del status quo se producen dos tipos de actuación: intento de reformas para que todo siga igual (los que ocurrió en Ruanda, pero el intento fue boicoteado por los más radicales dentro del propio gobierno) o el abandono del mismo (Liberia, Somalia) buscando nuevas fuentes de financiación para reconstruir clientelas (control de recursos naturales, tráfico de armas o droga…). La principal ventaja de esta narrativa es que reconoce responsabilidades externas pero también hace a los africanos, para bien o para mal, protagonistas y responsables de su propia historia.
2.1.- Intervención humanitaria en Liberia
El 24 de diciembre de 1984, el FNPL liderado por Charles Taylor invade Liberia. Comienza una guerra civil que llevará al colapso del Estado y a una crisis humanitaria con más de 150.000 muertos, 850.000 refugiados y más de un millón y medio de desplazados. También es la causa de la primera intervención humanitaria de la posguerra fría. La Comunidad Económica del África Occidental (CEDEAO) envía tropas del ECOMOG para poner fin al conflicto.
- 1822: llegada de los primeros colonos americanos (esclavos negros liberados en EEUU) al territorio.
- 1847: fundación de la República de Liberia, amenazada desde el comienzo por Francia y Alemania. Los americano-liberianos se desplazan hacia el interior mediante la conquista y captación de las élites locales. Se establece un sistema político dual: el mundo urbano, formado por ciudadanos-colonos (y algunas elites nativas designadas como jefes tradicionales) y el mundo rural del hinterland, ocupado por nativos e indígenas atrasados.
- 1870-1980: dominio de un partido único, el True Whig Party, que se ve obligado a pedir la protección diplomática de EEUU a cambio del alquiler de un millón de acres a Firestone Rubber. No llega a ser colonia formal pero sí económica. El país se convierte en un estado rentista que obstaculiza su propio desarrollo. Se crea un sistema de trabajos forzados para las plantaciones, con una fuerte represión ante la resistencia.
- 1944: William Tubman intenta incorporar a la periferia al sistema político y reducir al máximo la represión para hacer frente a la ola de nacionalismo y anticolonialismo que recorre el continente. Se crea una administración única y se agrupa a los grandes grupos étnicos de todo el país en 16 tribus. Surge una cierta intelligentsia indígena y parte de la población nativa se integra en las redes clientelares existentes. La extensión de éstas obliga al presidente a buscar nuevas fuentes de financiación y abrir las puertas del país a las compañías extranjeras, sobre todo estadounidenses. Nuevo freno al desarrollo económico y mayor dependencia de los mercados internacionales (EEUU). El contexto de la guerra fría favorece esa relación y Liberia se convierte en la punta de lanza de los norteamericanos en el África occidental.
- 1973-80: fuerte recesión económica motivada por la crisis del petróleo y la caída de precios del hierro y el caucho. En 1980 es derrocado el presidente Tolbert por un ejército al mando de los indígenas Samuel Doe y Thomas Quiwonkpa. El apoyo inicial de la población se vio frustrado por la política patrimonialista de Doe, que colocó en puestos clave a miembros de su propia etnia (los krahn, menos del 5% de la población). El régimen aporta una dimensión étnica a lo que hasta el momento había sido un conflicto de grupos sociales y políticos. En 1985 Quiwonkpa intenta un golpe de estado que al fracasar le lleva a refugiarse en Costa de Marfil y a fundar, junto con parte de la elite americano-liberiana exiliada, el FNPL. Mientras tanto, la crisis económica se acentúa, el PIB desciende una media de un 2% anual y la deuda externa alcanza los 1,4 billones de dólares hacia 1988. EEUU sigue apoyando a su socio aportando más de 500 millones de dólares en ayudas a lo largo de la década.
- 1989: cae el muro de Berlín, finaliza oficialmente la guerra fría y África deja de ser escenario de contienda entre las superpotencias, reduciendo el poder negociador de los dirigentes africanos. EEUU retira su ayuda económica y militar y el apoyo político al régimen de Doe. El día de Nochebuena, el FNPL (200 soldados inicialmente) invade el país. Comienza una guerra que durará siete años, prolongados, en parte, por la propia intervención humanitaria internacional. Los medios de comunicación occidentales explican el conflicto como una contienda tribal pero en su comienzo es un enfrentamiento entre dos bandos (el FNPL y el ejército liberiano, unos 7.000 soldados bien equipados gracias al armamento americano). Sin embargo, la manipulación étnica llevada a cabo por Doe en su mandato lleva a muchos jóvenes de los gio y mano a unirse al ejército de Taylor, convirtiendo la contienda en una lucha contra la tiranía y una represalia hacia las etnias privilegiadas por Doe (krahn y mandingo).
- 1990: Taylor obtiene el control de la mayor parte del país y asedia la capital. EEUU envía soldados en la operación Sharp Edge, evacuan a los residentes extranjeros y desaparecen. Entran en juego Nigeria y los países de la CEDEAO (Comunidad Económica del África Occidental), que deciden enviar una fuerza multilateral a Liberia, el ECOMOG (Grupo de Vigilancia del Alto el Fuego, integrado por Nigeria, Ghana, Sierra Leona y Guinea). Su labor, una operación clásica de mantenimiento de paz, con el consentimiento de la ONU. No obstante, los países francófonos de la CEDEAO no ven con buenos ojos esta iniciativa liderada por Nigeria, aliada del presidente Doe y con aspiraciones a convertirse en la principal potencia de la región. Por su parte, Costa de Marfil y Burkina Faso (francófonas) apoyan a Taylor, lo que explica que Nigeria viese en éste a un enemigo contrario a sus intereses en la zona. Con estos avales difícilmente podía hablarse de neutralidad de la intervención del ECOMOG aunque ellos siempre mantuvieron que el objetivo de la intervención era el mantenimiento de la paz en la zona. Por su parte, Taylor siempre consideró al ECOMOG como un instrumento de Nigeria para impedirle la toma del poder y, de hecho, su intervención prolongó el conflicto siete años (en ese momento, el FPNL controlaba el 90% del país). Por lo tanto, ni había aceptación por todas las partes ni había alto el fuego que supervisar, es decir, ECOMOG no era una operación de mantenimiento, sino de imposición de la paz, la primera intervención humanitaria de la posguerra fría que, además, en la práctica se dedicó a combatir al FPNL.
- Agosto 1990-junio 1991: surgen varias iniciativas diplomáticas. Conferencia de Banjul (con ausencia del FPNL se acuerda la creación de un Gobierno Interino de Unidad Nacional liderado por Amos Sawyer). ECOMOG llega a la capital por esas fechas. Momentáneo alto el fuego y vuelta de las agencias humanitarias de la ONU. Asesinato de Doe y consolidación del FPNL en el país y en parte de Guinea y Sierra Leona. Con ello, Taylor controla las rutas comerciales, la plantación de Firestone y establece lazos comerciales con compañías francesas e inglesas de hierro, minerales, caucho y madera que generan importantes flujos económicos. Así, crea un Estado paralelo con moneda, ministros, bancos y visitas de diplomáticos extranjeros (incluidos franceses y alemanes).
Interesado por el comercio de diamantes de Sierra Leona, Taylor apoya en este país la rebelión del Frente Revolucionario Unido. El gobierno sierraleonés, como represalia, crea el ULIMO (Movimiento Unido para la Liberación), formado por refugiados liberianos y soldados del ejército de Doe. Éste opera en la frontera de Sierra Leona.
- Junio 1991-junio 1993 (fase Yamoussoukro): se reduce el protagonismo de Nigeria y se le da a los países francófonos. Creación del Comité de los 5 (Costa de Marfil, Burkina Faso, Guinea Bissau, Senegal y Togo), que consigue la firma del IV acuerdo de Yamoussoukro. El FPNL acepta la presencia de ECOMOG y se hace más presente la OUA aunque siguen las hostilidades. En octubre de 1992, el FPNL lanza la operación Octopus para capturar Monrovia. El ECOMOG reacciona de forma desmesurada, bombardeando posiciones enemigas con napalm y bombas racimo, al tiempo que impone un embargo comercial, económico y humanitario sobre la Gran Liberia (zona controlada por Taylor). Dentro del CEDEAO se decide crear un comité conjunto que aúne posturas internas y se solicita un papel más activo a la ONU, hasta entonces casi al margen.
El Consejo de Seguridad aprueba la resolución 788 que apoya los esfuerzos de la CEDEAO, condena al FPNL por sus ataques al ECOMOG y acuerda un embargo total de armas. No autoriza el uso de la fuerza, no impone embargo comercial (rechazado por Francia) ni critica al ECOMOG por su parcialidad, manteniendo la ficción de que era una misión humanitaria. Con este respaldo, ECOMOG ocupa el oeste y noroeste del país, toma el puerto de Buchanan y pasa a controlar las exportaciones de caucho y algunas rutas de contrabando. Sus tropas se dedican al saqueo, a alquilar su protección a algunas compañías o a cobrar tasas por el uso del puerto. Taylor se ve obligado a negociar.
- Julio 1993: negociación en Ginebra y Cotonou, auspiciada por la ONU y la OUA. El acuerdo de Cotonou prevé un alto el fuego, la creación de un gobierno de Transición Nacional Liberiano y elecciones generales. Se amplía ECOMOG con nuevos soldados africanos y la ayuda de EEUU. La ONU establece una misión de observadores para supervisar el acuerdo y la neutralidad de ECOMOG (esto de forma encubierta). La contienda sigue a pesar del acuerdo, las facciones se fragmentan sobre la aparente base de odios étnicos (debajo lo que hay son líderes ambiciosos que buscan el control de los recursos naturales y reincorporar clientelas o conseguir nuevas, sobre todo entre los jóvenes). Mientras esto ocurre en las altas esferas, la población ha ido buscando sus propias estrategias de resistencia o adaptación al contexto: más de 150.000 son asesinados, un millón y medio son refugiados (crisis de Guinea Bissau en 2001), algunos se acomodan a las redes clientelares sobre todo de Taylor. Hay un límite difuso entre combatientes y no combatientes, lo que dificulta la labor de las organizaciones humanitarias. También hubo grupos sociales y organizaciones que trabajaron por la resolución pacífica del conflicto: ONU, OUA, organizaciones civiles, los países de la región... Pero el principal factor es el acercamiento entre Taylor y el gobierno nigeriano (acuerdo de Abuja 1995), que crea un reparto a través de la reconstrucción del Estado y sus redes clientelares con un Consejo de Estado representado por las facciones principales. Aún habrá una nueva ruptura y un nuevo acuerdo por el que se nombra, por primera vez en África, a una mujer como Jefe de Estado interina y se le encarga la preparación de elecciones. Taylor será el claro vencedor, es decir, lo que la CEDEAO pretendió evitar con su intervención.
2.2.- El camino al infierno está lleno de buenas intenciones: la intervención humanitaria en Somalia
Se considera a Somalia uno de los pueblos más homogéneos de África en cuanto a lengua, cultura y estilo de vida. Esto tiene parte de mito y parte de verdad. Un 60% de la población es nómada y dedicada a la ganadería, hay también clanes somalíes y pueblos agrícolas de origen bantú, así como comerciantes y habitantes de ciudades costeras de origen swahili. Desde tiempos ancestrales, su sistema político se denominaba “linaje segmentario”, donde identidad y lealtad se determinaban por la proximidad genealógica dentro del sistema de clanes. Hay en el país seis grandes clanes familiares con numerosas subdivisiones, unidos por alianzas frágiles y cambiantes.
El primer contacto con el imperialismo europeo se produce en el siglo XIX. Los británicos desembarcan en el norte del país en 1839-49. En 1866 la convierten en protectorado. Los franceses inician la ocupación de Djibouti y los italianos ocupan el sur. Etiopía se hace con la región del Ogaden. La colonización distorsiona el sistema de clanes. Británicos e italianos captan a jefes de los clanes y los convierten en piezas esenciales de su engranaje, asimismo llevan la economía monetaria y surgen nuevos grupos sociales. Se produce una distorsión entre estructura social, predominantemente pastoril, descentralizada y con economía de subsistencia, y Estado de origen externo, orientado al mercado mundial.
1959-69: el territorio ocupado por Italia se convierte en protectorado internacional supervisado por la ONU. Aunque el movimiento independentista busca la reunificación de todo el territorio, los intereses de Francia, Reino Unido, Rusia y EEUU lo hacen imposible. En 1960 nace el Estado de Somalia con los territorios italianos y británicos, heredando los problemas de las fronteras coloniales que dejan fuera a tres millones de somalíes en Kenia, Djibouti y en el Ogaden etiope. Las fronteras también son un problema para los pueblos nómadas.
Los nuevos dirigentes deciden mantener la estructura administrativa colonial a pesar de las distorsiones que generaba en el sistema social. Los líderes de los clanes del sur acaparan poder y recursos marginando a los del norte. A pesar de todo, Somalia se convierte en modelo de democracia para África en su primera década como Estado. También en esta época se ponen las bases para la patrimonialización del mismo.
Octubre de 1969: el general Syad Barre derroca al régimen democrático, con un fuerte apoyo popular al comienzo. Adopta oficialmente el socialismo científico y entra en la órbita soviética, convirtiéndose en su aliado en el Cuerno de África para contrarrestar la alianza Etiopía-EEUU. Tras un inicio caracterizado por políticas sociales, nacionalizaciones y procesos de modernización (incluyendo la proscripción de las identidades tribales), Barre acaba instaurando la Clan Cultura de los MOD (clanes marehan, dulbahante y los ogaden), que acaparan puestos y recursos estatales. De este modo, el Estado poscolonial se convierte en el principal campo de batalla de los clanes y la pertenencia al clan pasa a ser relevante porque es la que determina el acceso a los recursos del Estado.
Agosto de 1977: Barre intenta recuperar el Ogaden lanzando una ofensiva con 35.000 soldados para apoyar a la guerrilla somalí etíope. Pero los vientos han cambiado y el presidente etíope se ha acercado a la URSS. La superpotencia apoyará a su nuevo aliado y Somalia volverá sus ojos hacia EEUU. Somalia se convierte en 1982 en el tercer receptor de ayuda estadounidense en África. Esta relación durará hasta el final de la Guerra Fría. También recibirá fondos de la CE y de Arabia Saudí tras su incorporación a la Liga Árabe. Gracias a la ayuda, Barre mantiene sus redes clientelares y la represión en el país, que además vive una grave crisis económica. Barre acude al FMI y BM que ponen en marcha en 1981 el primer PAE. La necesidad de inversión extranjera abre de nuevo las puertas a los italianos que monopolizan la industria platanera.
En 1978 se produce un intento de golpe de Estado liderado por el clan majeerteen. Aunque resultan derrotados, se crea el Frente Democrático de Salvación Somalí (SSDF). Huyendo de la represión del régimen de Mengistu llegan a Somalia más de medio millón de refugiados del Ogaden. Barre desviará la ayuda destinada a éstos hacia los miembros de su clan o clanes cercanos. El régimen es cada vez más dependiente de la ayuda y hay cada vez mayor tensión entre clanes.
1981: 500 exiliados en Londres crean el Movimiento Nacional Somalia (SNM), que comienza a lanzar ataques desde la frontera etíope. Barre responde reprimiendo a la población civil aunque en 1988 se ve obligado a firmar un acuerdo de no agresión con Etiopía que lleva a Mengistu a cerrar las bases del SNM. Este entra en Somalia y avanza hacia el norte. Barre bombardea las ciudades ocupadas y arma a los refugiados ogadenes. La región queda dividida y sembrada de minas. El acuerdo hace que Barre pierda el apoyo de los clanes ogaden y hayawe. Este último deja el ejército y se une al Congreso Unido Somalí. Entre 1988 y 90 EEUU suspende la ayuda militar y económica. La UE y el resto de organismos internacionales siguen sus pasos. El Estado queda colapsado.
1990: la guerra civil se extiende por todo el territorio. En 1991 soldados estadounidenses evacuan al personal de embajadas, organizaciones internacionales y ONG. Los somalíes quedan solos. Barre abandona el poder y el país se va dividiendo en cuatro áreas: NO (el SNM proclama la independencia de Somaliland. Aunque nunca ha sido reconocida como Estado, realmente funciona como tal desde hace más de doce años), Centro y NE (el SSDF limita los saqueos y consigue restablecer cierto orden). En ambos casos fue vital el papel de organizaciones populares de mujeres, profesionales… para construir redes de apoyo que permitieran el mantenimiento de ciertos servicios. A su vez, los ancianos de los clanes obligaron a los dirigentes del SSDF y SNM a reconstruirse a través de asambleas tradicionales y mecanismos embrionarios de democracia directa. Es decir, el colapso del estado no implicó el caos total. Pero la visión occidental del conflicto somalí como lucha clánica invisibilizó estas iniciativas y no consideró a estos actores como interlocutores válidos para hablar de soluciones. Esta decisión tuvo consecuencias nefastas. En el sur sí que se extendió el caos. Mogadiscio quedó dividida entre dos facciones del Congreso Unido Somalí. El líder de una de ellas, Alí Mahdi, se proclamó presidente con apoyo de Italia pero fue rechazado por el resto de facciones. El sur de la capital estaba en manos del general Aideed. Ambos grupos se dedicaron al saqueo. La cuarta zona, los valles del Juba y Shebelle, fueron los que se llevaron la peor parte, con múltiples milicias y grupos de jóvenes-niños armados dedicados al bandidaje. Las agencias de la ONU hicieron extensible este caos regional a la descripción de todo el país. El contexto de violencia trajo consigo un colapso de la economía, dando lugar a una gravísima crisis humanitaria. La situación y las críticas ante su pasividad empujan a la ONU a tomar un papel más activo a nivel humanitario y diplomático, en el que se pueden distinguir cuatro fases:
- Humanitarismo clásico (enero 1991-enero 1992): tras la huida de Barre las agencias humanitarias reducen al mínimo su presencia al considerar la situación muy peligrosa para su personal y por la ausencia de interlocutores para negociar el acceso a la asistencia humanitaria. El Consejo de Seguridad está más pendiente de los Balcanes y de la Guerra del Golfo. Sin embargo, varias ONG (Cruz Roja, MSF, Save the Children) permanecen en el país aunque son víctimas de ataques y saqueos. La ayuda humanitaria se incorpora a la economía política de la guerra.
- UNOSOM I (enero-noviembre 1992). El Consejo de Seguridad adopta su primera resolución sobre Somalia, contemplando el embargo total de armas en el país. EEUU se opone a otras medidas. Entre tanto, la ayuda queda muchas veces bloqueada por problemas burocráticos o por conflictos de competencia entre agencias. Los señores de la guerra siguen considerándola como una de sus principales fuentes de financiación. En marzo de 1992 la ONU, la OUA y la Liga Árabe consiguen el acuerdo de Ali Mahdi y Aideed para abrir el puerto de Mogadiscio. En él quedan excluidos líderes de otras facciones y representantes de la sociedad civil. Gracias a este acuerdo, el Consejo de Seguridad despliega una operación de mantenimiento de la paz (UNOSOM I), con 500 soldados destinados a la protección de la ayuda. Al mismo tiempo, se nombra al argelino Mohamed Sahnoun representante especial para promover una solución pacífica. Sahnoun opta por un enfoque de resolución de conflictos de abajo-arriba (bottom-up), respetando el complejo entramado de alianzas clánicas y buscando el acuerdo de los ancianos de los clanes y la reconciliación a nivel local, para luego negociar con los señores de la guerra. Una postura que le granjea el respeto de la población y la mayor parte de las facciones y organizaciones civiles. Sin embargo, el conflicto se reaviva por el control de la ayuda y de las zonas agrícolas. Crece la presión de las agencias humanitarias para que se haga algo. Bush padre anuncia el envío de ayuda para los refugiados en Kenia y UNOSOM amplía su contingente a 3.500 soldados. Este hecho enfurece a Aideed que bloquea el puerto de Mogadiscio y retiene a 500 cascos azules paquistaníes en el aeropuerto. Aumentan las posturas intervencionistas y Sahnoun dimite, evaporándose con él el enfoque bottom-up. El 25 de noviembre EEUU anuncia la operación Rescatar la Esperanza. En esos momentos, la fase álgida de la crisis humanitaria ha pasado.
- UNITAF (diciembre 1992-marzo 1993). Varias son las razones que llevan a EEUU a intervenir en un país que, después de ser su aliado, había pasado a ocupar un lugar residual en sus preocupaciones. En primer lugar, el efecto CNN que conmociona a la opinión pública estadounidense y le lleva a pedir que se haga algo. En segundo lugar, las motivaciones de Bush y sus consejeros, donde había humanitarismo pero algo más (euforia tras la guerra del Golfo y la intervención humanitaria en el Kurdistán, deseo de Bush, una vez perdidas las elecciones, de finalizar brillantemente su mandato y mostrar que el “nuevo orden mundial” era una realidad, intención de congraciarse con los países árabes tras su pasividad ante la limpieza étnica de los Balcanes, necesidad de aumentar la credibilidad de EEUU en la ONU, deseo del Consejo Nacional de Seguridad de frenar los recortes presupuestarios de la posguerra fría). Y qué mejor sitio y con menos riesgos que uno en el que ya no se tienen intereses geoestratégicos, con una operación de baja intensidad. La operación cuenta, además, con la autorización del Consejo de Seguridad.
- Rescatar la esperanza (diciembre 1992-marzo 1993): una coalición internacional de 24 países liderada por EEUU (UNITAF) desembarca en Mogadiscio. Comienzan las fricciones entre los estadounidenses y la ONU. Debajo hay dos modelos diferentes de intervención: el de expedición (rápida y de bajo coste, que pretende atajar la crisis creando corredores humanitarios e inundando de alimentos y medicinas el sur del país) y el de guarnición (misión a largo plazo, que busca las causas del conflicto y requiere más tiempo, recursos y riesgos). Los señores de la guerra dieron las bienvenida a la coalición y pronto rentabilizaron el nuevo contexto. El nuevo enfoque up-down les reconoce como actores políticos únicos y oculta que la causa del conflicto era precisamente su lucha por el control de los recursos. A pesar de todo, UNITAF logró salvar una ingente cantidad de vidas y permitió una cierta recuperación agrícola y ganadera. En marzo de 1993 se logra un nuevo acuerdo, Clinton anuncia la retirada de sus tropas y el traspaso de la misión a la ONU. Se aprueba una nueva misión con mandato expreso de uso de la fuerza para apoyar los esfuerzos de construcción del Estado somalí (UNOSOM II).
- UNOSOM II: marzo 1993-marzo 1995. La operación se diseña esta vez con el modelo de guarnición humanitaria y se convierte, de facto, en un protectorado. Desde el comienzo, la misión plantea problemas de equipamiento, escasez de efectivos, incapacidad para manejar un contingente militar con soldados de 30 países y falta de coordinación con USFORSOM. Muchos comenzaron a verlos como fuerzas de ocupación. En junio de 1993 se reanudan los combates en la capital y mueren 24 soldados paquistaníes. La acción se condena y se pone precio a la cabeza de Aideed, quien a su vez, pone precio a la cabeza del almirante Howe y ataca a las tropas internacionales. En el verano comienza la guerra de EEUU y la ONU contra la Alianza Nacional Somalí y comienzan a descolgarse países (Italia, los países árabes) que ya no la ven como intervención humanitaria. Diferentes organizaciones denuncian los abusos de las tropas internacionales y el doble rasero con que se miden las vidas de cascos azules y población somalí. Se critica la ausencia de cualquier estrategia política que pueda poner fin al conflicto. Los americanos se quedan hasta marzo del 94. Tras ellos salen Francia, Bélgica y Alemania. Los somalíes, hartos de guerra y de la actitud neocolonial de las tropas, aclaman a Aideed como héroe. Este proclama un alto el fuego unilateral que permite la retirada pacífica de las tropas occidentales. UNOSOM, sin credibilidad alguna, permanece en Somalia hasta 1995, compuesta sólo por soldados del Tercer Mundo y reducida su labor a una operación tradicional de peacekeeping. Al marcharse, el Estado somalí seguía sin reconstruirse.
2.3.- Crónica de un genocidio anunciado: Ruanda
Antes de la colonización, el reino de Ruanda estaba dividido en más de una docena de clanes y cada uno de ellos incluía a hutus, tutsis y batwas, según se dedicasen al pastoreo o la agricultura. Hutu y tutsi eran, por tanto, categorías flexibles y la relación entre ellos relativamente fluida aunque los puestos más importantes de la monarquía se reservaban a los tutsis. Este sistema se verá afectado por la irrupción de los europeos en el siglo XIX, primero los alemanes y luego los belgas. Ambas potencias arbitraron “la invención de la tradición”, un sistema de gobierno indirecto asentado sobre el mito camítico, según el cual los tutsis (un 15% de la población que habían llegado de Nubia en el siglo XII) eran una raza superior, más civilizada y cercana a los europeos. Este mito, transmitido fundamentalmente por misioneros católicos, caló en el imaginario ruandés y dejó sentir sus efectos un siglo más tarde, en los años cincuenta y sesenta. Cuando las elites tutsis se suman a la fiebre descolonizadora, la Iglesia católica y la administración colonial deciden promover el nacimiento de una elite hutu, que reformula el mito camítico considerando a los tutsi como invasores extranjeros frente a una mayoría hutu, legítima habitante del país. Hacia 1962 la rivalidad entre ambos grupos alcanza altas cotas de violencia, más de 20.000 tutsis son asesinados y unos 120.000 huyen a los países vecinos (Congo Belga, Burundi, Tanganika o Uganda). Los refugiados serán una fuente de conflictos para el nuevo presidente Kayinbanda, que utilizará la propaganda antitutsi para ocultar sus propios enfrentamientos con los hutus del norte del país que no acceden en igualdad de condiciones a la tarta del Estado.
1973: golpe de estado de los clanes del norte liderados por Juvenal Habyarimana. Se instaura un régimen de partido único que en sus primeros años obtiene importantes mejoras para la población, sobre todo con los beneficios del café y la ayuda internacional. Se reduce el sentimiento antitutsi pero se mantiene la idea de que la mayoría demográfica hutu debe reflejarse en dominio de éstos. Los tutsis siguen fuera del sector público. No obstante, el régimen recibe ayudas de Bélgica, Alemania, EEUU, Canadá o Suiza, ayudas que se unen a los ingresos del café para financiar las redes clientelares.
En los años ochenta se produce una crisis que trae consigo recortes públicos y disminución de los recursos destinados a las redes sobre las que descansaba el poder. El régimen pasa a depender de la ayuda internacional, que sólo favorece a los bushiro, el clan del presidente, más conocido como clan de la madame o akazu. La desigualdad económica crece hasta límites intolerables. Al mismo tiempo, Ruanda vive una explosión demográfica, con uno de los mayores índices de población por metro cuadrado (285 personas). Esta se traduce en escasez de tierras y de alimentos y en el impedimento de la migración por las fronteras impuestas por la colonización. El regreso de 40.000 refugiados agrava aún más la situación y la puntilla la pone el Plan de Ajuste Estructural puesto en marcha por el presidente, FMI y BM, que devalúa la moneda en un 40% y recorta en otro 40% el gasto público, creando una ingente masa de jóvenes desempleados y descontentos.
Los países donantes de ayuda presionaron a Habyarimana para iniciar reformas políticas a finales de los ochenta. Pero en octubre de 1990, el Frente Patriótico Ruandés (FPR) invade el país y llega a veinte millas de Kigali. El ejército ruandés, con la ayuda de Francia y Zaire, logra frenar la ofensiva.
En 1991 se aprueba una nueva constitución y se legalizan los partidos políticos. Mientras, los sectores más radicales del régimen crean la Coalition pour la Défense de la République (CRD), que se dedica a incitar a la población hutu contra el FPR y los tutsis. Los medios de comunicación, con la Radio de las Mil Colinas como abanderada, son pieza fundamental en la extensión de este mensaje. Al mismo tiempo, el régimen se dedica a reclutar jóvenes (mayormente desempleados) para crear milicias civiles armadas que hostiguen a los opositores. Entre 1992 y 1993 más de 2.000 personas son víctimas de una violencia planificada desde las instituciones del Estado. El Relator Especial sobre ejecuciones arbitrarias, sumarias y extrajudiciales de la ONU ya advierte del peligro de genocidio en 1993. Los medios y las embajadas presentes en Kigali también son conscientes de lo que está pasando. El curso de la guerra, cada vez más desfavorable al gobierno, obliga a negociar con el FPR. A finales de 1992 se produce un acuerdo bajo mediación de la OUA. En las negociaciones participan Bélgica, Francia, Alemania y EEUU. Francia desempeña un papel contradictorio: al tiempo que presiona a Habyarimana (su aliado) para firmar sigue apoyando a su gobierno en la lucha contra el FPR, al que considera brazo armado de Uganda y de la conspiración anglosajona en la zona. EEUU también mantuvo su ayuda militar, negando que hubiese evidencias de abusos contra los derechos humanos por parte del gobierno de Ruanda. En 1993 se llega a los acuerdos de Arusha, que incluyen el regreso de los refugiados, la apertura democrática y la incorporación de tutsis al gobierno, legislativo y ejército. Por otra parte, los acuerdos no incluían referencia alguna a las masacres cometidas, lo que dio alas al gobierno para seguir promoviéndolas.
El proceso de paz se puso en marcha con un alto el fuego y despliegue de una operación de mantenimiento de la paz de la ONU, autorizada por el Consejo de Seguridad. UNOMIR llega con 2.700 soldados. Su misión: vigilar el alto el fuego, establecer zonas libres de armas, desminado, repatriación de refugiados, coordinación de asistencia humanitaria. No se mencionan las continuas violaciones de los derechos humanos contra tutsis y opositores.
El mismo día del despliegue de esta fuerza, el presidente de Burundi es asesinado tras un golpe de estado, junto con más de 50.000 hutus. UNOMIR desplaza parte de sus soldados hacia la frontera y el akazu utiliza el hecho para aumentar su propaganda antitutsi.
En el marco del proceso de paz se crea un gobierno compartido presidido por Agahe Uwilingiyamana, mujer de origen hutu, pero el akazu crea un estado dentro del estado y continúa sembrando el terror. Para legitimar su actuación como un acto defensivo, crean la conspiración Bahima, según la cual los tutsis estaban dispuestos a todo para recobrar el poder, incluyendo actos como el canibalismo, se les culpa de la crisis económica y del desorden político, se les acusa de magos y de demonios. Se crea de forma deliberada un conflicto étnico para proteger los intereses de un grupo de personas que querían permanecer en el poder. Y todo a la vista de la comunidad internacional. El 11 de enero de 1994, el general Dallaire informa de que ha recibido información sobre la preparación de una masacre y que hay depósitos secretos de armas en Kigali, el delegado del ACNUR avisa también del peligro, así como Tanzania y el Secretario de la OUA. El Departamento de Operaciones de Mantenimiento de la Paz de la ONU deniega el permiso a UNOMIR para confiscar los depósitos y amenaza con retirarse si se rompe el alto el fuego. El miedo a otra Somalia se hace presente. EEUU y Gran Bretaña se niegan a la posibilidad planteada por Bélgica de ampliar el mandato de UNOMIR, a pesar de que sus servicios secretos les han advertido del peligro. Francia tiene una posición demasiado comprometida como para hacer algo. Es suma, un día antes del genocidio todos actuaron como si no pasase nada y los extremistas hutus se sintieron con las manos libres para hacer lo que tenían que hacer.
El 6 de abril de 1994 los presidentes de Ruanda ((Habyarimana) y Burundi (Silvestre Ntaryamira) son asesinados a su regreso de una reunión de la OUA. Los extremistas hutus acusan al FRP aunque parece ser que los responsables fueron la propia guardia presidencial con el apoyo de mercenarios franceses. El atentado puso en marcha el genocidio. Aunque el objetivo principal fueron los tutsis, la represión se extendió a todas las fuerzas sociales que amenazan el poder del akazu. Los soldados del FRP movilizaron sus tropas en Uganda y comenzó la guerra civil. El 10 de abril los extremistas asesinan a la presidenta interina y a los soldados belgas que la protegían. Dallaire hace lo que puede con sus escasos recursos y pide a la ONU la ampliación de su mandato para proteger a la población civil. Se le niega pero se le pide que apoye la evacuación de extranjeros. Al día siguiente, 1.500 soldados franceses, belgas e italianos llegan a Kigali para evacuar a todos los extranjeros (y de tapadillo a 400 ruandeses, familiares del asesinado presidente en su mayoría). No viaja ningún tutsi, ni siquiera los trabajadores humanitarios locales. Francia sigue apoyando a su aliado y utiliza la misión para hacer llegar armas al gobierno ruandés. El doble rasero para medir la vida de un occidental y un africano sigue funcionando.
Tras la muerte de sus soldados, Bélgica retira sus cascos azules y pide que se suspenda la operación hasta obtener mayores garantías de seguridad. Los occidentales optan por la visión cómoda de la guerra civil y el conflicto étnico irracional y así justifican su inacción. Francia, Reino Unido y EEUU la apoyan. El Consejo de Seguridad aprueba por unanimidad la resolución 912 y reduce UNOMIR a ¡¡¡270 soldados!!! Y se niega a considerar lo que ocurre en Ruanda como amenaza para la paz y seguridad internacionales (algo que sí hizo en Liberia y Somalia). Por otra parte, esta resolución transmitió al akazu el mensaje de que podía seguir libremente con su solución final y, así, más de 800.000 personas fueron exterminadas en un mes mientras la comunidad internacional seguía negando el genocidio (la administración Clinton pidió a sus portavoces que evitasen la palabra) y hablando de locura étnica y de guerra civil.
A lo largo de abril, casi dos millones de desplazados abandonaron el país, refugiándose en los países vecinos. La cobertura mediática de este éxodo, unida a la presión de Nueva Zelanda, Checoslovaquia y los países africanos, llevó al Consejo a reconsiderar su posición. No condenó el genocidio por la oposición de EEUU, China y Reino Unido pero sí aumentó el contingente de cascos azules con 5.500 soldados y amplió su mandato a la protección de desplazados y de la ayuda humanitaria. Pero UNOMIR II sólo podía usar la fuerza en legítima defensa ¿cómo iba a proteger así a la población? De nuevo se mantuvo la ficción de la guerra civil y de bandos en conflicto.
Aunque Francia se había manifestado en reiteradas ocasiones en el sentido de que no podía seguir manteniendo un papel hegemónico en África, en agosto de 1994 (cuando la fase álgida del genocidio comienza a remitir y el FPR controlaba la mitad del país) se embarca en la Operación Turquesa. En la zona suroeste del país, más de un millón de personas se encuentra en una situación extrema y Francia decide que es su responsabilidad actuar. Se crea así una fuerza con soldados franceses, senegaleses y una pequeña aportación del Congo, Níger y Chad. La “multilateralidad” era importante. Sin embargo, el FPR, Dallaire, hutus moderados y personalidades como Mandela o Desmond Tutu se oponen a la intervención, considerada como una maniobra de los franceses para salvar a su aliado. Aun así, la expedición cuenta con la autorización del Consejo de Seguridad. La entrada de las tropas es acogida favorablemente por las milicias hutus. Paralelamente, el FPR toma la capital y el resto de ciudades del país. Más de dos millones y medio de hutus huyen hacia Zaire o hacia la zona protegida por los franceses. El gobierno galo impide al FPR la entrada en su zona, violando su mandato de neutralidad e interponiéndose entre las partes para proteger la huida del régimen hutu. Sin embargo, Francia no consideró como parte de su mandato el cierre de la Radio de las Mil Colinas ni la detención de los responsables del genocidio.
El 18 de julio, el FPR proclama su victoria y un alto el fuego unilateral, se crea un gobierno de Unidad Nacional y se anima a los refugiados a regresar, pero más de un millón de hutus huye a Zaire y Tanzania. Este desplazamiento es el origen de la crisis humanitaria de los Grandes Lagos, con más de 50.000 muertos en cuatro semanas. La crisis recibe amplia cobertura mediática y se presenta como el final de una lucha étnica sin cuartel. Se equipara el genocidio planificado a la muerte de refugiados por una epidemia de cólera y se esconde la responsabilidad de muchos de éstos en la masacre reciente. Esta vez el efecto CNN funciona rápido y los norteamericanos se lanzan a remediar el horror de Goma con la operación “Apoyar la Esperanza”, apoyados por tropas de ochos países desarrollados. Se evita el nombre intervención y se restringe la presencia a actividades humanitarias, con riesgo cero. Mientras tanto, los responsables del genocidio se dedican a controlar los campos de refugiados, haciendo de ellos réplicas perfectas del Estado hutu, y la propia ayuda humanitaria, que se desvía para comprar armas, retener a los refugiados y continuar la lucha contra el nuevo gobierno ruandés. Todo a los ojos de una comunidad internacional que, si bien se plantea la posibilidad de intervenir, la desecha por lo alto de los costes y lo bajo de los intereses.
Con el tiempo, la situación en los campamentos de refugiados de Zaire llevará al derrocamiento de Mobutu, la guerra civil en la República Democrática del Congo y la desestabilización de los Grandes Lagos.
***
Los dos trabajos manejados en esta sesión ponen de manifiesto que el humanitarismo se ha usado desde antiguo como tapadera para dominar el mundo pero lo sorprendente es su capacidad para seguir funcionando como una gran fuente de legitimación.
Es interesante descubrir en su origen las razones teológicas que avalan la superioridad del cristianismo sobre otras religiones y la necesidad de expandirse, de evangelizar. Esas mismas razones se introducen en el derecho civil y el derecho internacional, transformándose en la base de un proceso de legitimación ideológica de dominación del mundo (guerra justa como derecho a la defensa de los pueblos cristianos). De defender el cristianismo se pasa directamente a defender la civilización, entendida como libertad política y libertad comercial, y el deseo de defender esa civilización se convierte en sustento de la dominación.
En Westfalia se decide cómo se construye Europa (alrededor de los principios de soberanía nacional y no injerencia) pero también el resto del mundo (invalidando esos principios en su aplicación al “segundo círculo”). No estamos hablando de dos procesos diferentes, sino de las dos caras del mismo.
Por otro lado, esta justificación de la dominación de la expansión cristiana y civilizatoria contrasta con el deseo cosmopolita de que todos los ciudadanos del mundo pudieran estar amparados por un mismo poder, pero todo depende de la definición previa que se haga de ciudadano, y recordemos que la idea de ciudadanía universal es una contribución bastante reciente.
¿Son las ideas las que mueven el mundo y es el humanitarismo altruista lo que está en el fondo de este proceso o es la economía, el mundo de los intereses creados, y todo lo demás serían superestructuras, ideología en el sentido puro marxista de ocultar lo que hay debajo, que no es otra cosa que afán de enriquecimiento? Creemos que en el proceso hay parte de las dos cosas. Nadie puede negar la buena intención de algunos misioneros al llegar a África, pero evidentemente ellos no iban solos. Iban con gente sin escrúpulos que quería aprovecharse de las riquezas africanas. Además, conviene no olvidar que muchas veces la iglesia no sólo sirvió de coartada humanitaria, también intervino de forma activa en la construcción de ese imaginario de desigualdad y esas relaciones de dominación, como señala la autora a propósito del mito camítico o la rivalidad hutu-tutsi.
En los últimos tiempos está claro que los intereses multinacionales están muy por encima del humanitarismo, y a la hora de legitimar donde ayer dije cristianos hoy digo “nacionalismo”. ¿Por qué nosotros, ciudadanos españoles, tenemos que sentirnos parte de las rivalidades de las empresas españolas con las de otros países? ¿Acaso los intereses que defienden son los nuestros? El discurso oficial nos dice que sí, que de un modo u otro todos somos accionistas y que esas empresas nos representan, son “uno de los nuestros”. También se nos dice que lo que estas empresas están haciendo no es ganar dinero sino promover a través de su práctica el desarrollo de terceros. Evangelización, civilización, desarrollo son discursos distintos con el mismo potencial encubridor y sustentadores de las mismas prácticas.
En el fondo del razonamiento sostenido por la autora, se defiende que el marco normativo que se diseña a nivel internacional sirve también como marco coercitivo para las actuaciones que puedan llevar a cabo los estados y les obliga a buscar legitimación antes de llevar a cabo cualquier intervención en terceros países. Incluso la invasión de Irak estuvo precedida de un trabajo previo de justificación que no consiguió los efectos deseados en la comunidad internacional. Aun así, Irak fue invadido, sin autorización de la ONU pero invadido. ¿Hasta que punto ese marco coercitivo que describe la autora es realmente coercitivo? Porque lo único que consigue es que los poderosos hagan lo que les dé la gana aunque digan que están haciendo otra cosa (o que directamente hagan caso omiso al marco, como ha ocurrido con las numerosas resoluciones de la ONU en el conflicto entre Israel y Palestina).
Es evidente que el actual marco coercitivo, heredado de la Segunda Guerra Mundial, está en crisis y necesita una salida. Y ya no sólo por sus desequilibrios e ineficacia. En algún momento habrá que establecer un nuevo equilibrio de fuerzas que refleje el papel de potencias emergentes como China o India. Habrá una reforma de la ONU para hacer frente a esto.
Pero ese nuevo marco ¿tendrá poder coercitivo real o de nuevo se verá maniatado por quienes tienen la fuerza suficiente como para hacer valer sus intereses de forma unilateral? ¿Llevaban razón Hobbes y Maquiavelo y hay que dejarse de una vez de discursos legitimadores porque esto es una lucha descarnada por el poder y los recursos? ¿Sirve el discurso humanitarista para algo más que el encubrimiento de los procesos de dominación?
La respuesta a esta disyuntiva no ha sido nunca sencilla, y lo es todavía menos cuando elegir uno u otro camino conlleva la muerte de muchas personas. Cuando se produjo la guerra de los Balcanes hubo numerosas voces a favor o en contra de la intervención, y no necesariamente unas conservadoras y otras progresistas. ¿Justificábamos la intervención con las víctimas que iba a generar y la entrada de una fuerza multinacional en un territorio nacional o dejábamos que la guerra siguiera su curso generando nuevas víctimas? ¿Qué se hace con las poblaciones civiles víctimas de dictaduras o incapacitadas para defenderse por sus propios medios ¿las abandonamos a su suerte?
En el caso de África, otro factor importante entra en juego: la propia intervención humanitaria (no militar) y su respaldo militar se convierten en elementos del engranaje del propio conflicto. El escenario de la guerra fría y los recursos aportados por ambos bandos a dirigentes africanos sirvieron a éstos para financiar sus redes clientelares. Desaparecida esta ayuda, las multinacionales y los fondos de la cooperación se han convertido en la nueva fuente de financiación de esos dirigentes y la disputa por ellos en un motivo más para la génesis o el alargamiento de conflictos.
Otro aspecto descorazonador del aparato humanitario (en este caso el oficial) ha sido su incapacidad para ignorar y su capacidad para destrozar el potencial de autoorganización de los africanos y de las redes populares, deslegitimándolos como voces autorizadas en las negociaciones. En el caso de Somalia, el enfoque de abajo-arriba propuesto por Mohammed Sahnoun pronto fue boicoteado para volver a lo de siempre, negociación con los bandos en liza sin contar con la sociedad civil.
Hoy parece que todos estamos de acuerdo con la necesidad de defensa de cualquier ser humano, sin tener en cuenta creencias, sexo, extracción social. ¿Pero quién se hace cargo de eso? Hasta ahora, la respuesta estaba clara: hay estructuras estatales (modelo europeo) y hay unos poderes legítimamente constituidos que son los encargados de defender los derechos de los ciudadanos de esos estados. En realidad, esas estructuras no defienden por igual los derechos de todos sus ciudadanos pero podemos decir que hay unos mínimos aceptables dentro de Europa. Si hoy por hoy no hay otro modelo mejor ¿por qué no exportarlo?
Tal vez una buena razón sea la siguiente: las estructuras de las que hablamos se construyen en Europa sobre la base de un proceso de colonización, de apoderamiento del mundo, sin ese proceso no se habrían consolidado y siguen necesitando que sea así para su supervivencia. Hasta la propia de declaración de derechos del hombre de la Revolución Francesa suspendió su aplicación en las colonias para no poner en peligro los beneficios derivados del sistema esclavista.
El modelo político europeo ha supuesto una forma económica específica que no afecta sólo a Europa; el capitalismo tiene una dinámica inherentemente expansiva, que es la que le permite generar plusvalías. Si el Estado pierde esa capacidad pierde poder. Este modelo se ha construido de modo universal y la desigualdad, la división internacional del trabajo (que no es sino una forma de distribución de la riqueza) y la apropiación de la plusvalía son elementos cruciales del bienestar de los estados europeos y de su capacidad de gestión política. También lo son de la postración de los países del segundo círculo, encerrados en un lugar del que no podrán salir mientras el modelo siga siendo lo que es.
El problema es que con la ayuda humanitaria va todo el paquete, con toda su historia detrás. Puedes ayudarlos a salir de la crisis, puedes salvar algunas vidas, pero a través de una única vía que los ancla aún más en su dependencia o los obliga a subirse al carro de la economía neoliberal.
Un último interrogante sirvió para cerrar el debate. Asumiendo que fuera posible una intervención puramente humanitaria ¿estaríamos dispuestos los países desarrollados a aceptar lo que eso conlleva en costes económicos y humanos? ¿Cuántos cadáveres nacionales aguantaríamos antes de pedir la retirada de nuestras tropas de una zona en conflicto? ¿Cuánto dinero estaríamos dispuestos a invertir en operaciones de paz? ¿Cuánta presión mediática resistiríamos sin traducirla inmediatamente en potencial de votos que se esfuma? Como se puso de manifiesto en los casos de Somalia, Liberia y Ruanda, la capacidad de Occidente para la inacción es amplia cuando no hay mucho que ganar.
Política española para África: el Plan África y la inmigración (tercera sesión)
La preparación de la sesión tercera del seminario corrió a cargo de José Manuel Mira y José Antonio Zamora, a partir de las publicaciones siguientes:
Romero García, Eduardo, Quién invade a quién: el plan África y la inmigración, Asociación Cambalache. Grupo de Educación Popular, Oviedo, 2006.
Romero García, Eduardo, “El Plan África y la recolonización”.
Gómez Gil, Carlos, “África, en sangre viva. Las paradojas del Plan África 2006-2008” (Página Abierta, 185, octubre de 2007)
También tomamos como referencia el resumen del plan que el Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación incluye en su página web.
1.- El Plan África
Objetivos generales y prioridades geográficas
■ La contribución al afianzamiento de la democracia, el respeto a los derechos humanos, la paz y la seguridad, preferentemente en el marco de la Unión Europea y siempre al amparo de la ONU y la legalidad internacional.
■ La lucha contra la pobreza y la contribución a la agenda de desarrollo de África, de conformidad con las previsiones del Plan Director de la Cooperación Española 2005-2008. En este marco, el Plan África presta una atención especial al apoyo a las políticas de salud en África y la lucha contra las grandes pandemias.
■ El fomento de la cooperación para regular adecuadamente los flujos migratorios procedentes de la región subsahariana y combatir el tráfico ilegal de personas.
■ La participación activa en el desarrollo de la Estrategia de la Unión Europea hacia África.
■ El refuerzo y la diversificación de los intercambios económicos, así como el fomento de las inversiones, sin olvidar la creciente importancia estratégica de la región subsahariana, y en particular el Golfo de Guinea, para nuestra seguridad energética y las oportunidades de negocio en el sector de hidrocarburos para las empresas españolas.
■ El fortalecimiento de la cooperación cultural y del conocimiento y aprecio mutuo, la promoción del español y, en este marco, la inmediata puesta en marcha, conjuntamente con el Gobierno autonómico canario y las administraciones locales insulares, de una Casa África con sede en Las Palmas.
■ El incremento de la proyección política y de la presencia institucional de España en la región.
Desde un punto de vista geográfico, el Plan distingue tres categorías de países de especial relevancia:
■ Países de interés prioritario, que responden a varios de los objetivos señalados: Guinea Ecuatorial, Senegal, Malí y Nigeria en África Central y Occidental; Angola, Namibia, Sudáfrica y Mozambique en África Austral; y Kenia y Etiopía en África Oriental. También se incluye a Mauritania por su importancia estratégica y su condición de país bisagra entre el Magreb y la región africana occidental y saheliana.
■ Países de interés específico, ya sea por ser origen o tránsito de inmigración irregular, por sus potencialidades económicas, pesqueras y turísticas o por la existencia de relaciones intensas: Bissau, Gambia, Gabón, Tanzania, Seychelles, Cabo Verde y Santo Tomé y Príncipe.
■ Países de especial seguimiento, que se deriva tanto de su potencialidad a medio plazo como de su situación de inestabilidad que supone un riesgo para la paz y la seguridad regionales: Costa de Marfil, Zimbabwe, Sudán, Chad y República Democrática del Congo.
Adicionalmente, España otorgará particular importancia al refuerzo de su colaboración con el gran organismo panafricano de integración, la Unión Africana, la iniciativa NEPAD (New Partnership for African Development) y la CEDEAO-ECOWAS (Comunidad Económica de Estados de África Occidental.
Líneas de acción:
PARTICIPACIÓN ESPAÑOLA EN EL AFIANZAMIENTO DE LA DEMOCRACIA, LA PAZ Y LA SEGURIDAD EN ÁFRICA.
■ Cooperación en materia de gobernanza democrática y fortalecimiento institucional, en particular en asuntos de descentralización, apoyo a procesos electorales y participación en misiones de observación, el fortalecimiento del papel de la sociedad civil y la equidad de género.
■ Apoyo al respeto y la promoción de los derechos humanos, con actuaciones tanto bilaterales como en el contexto de la Unión Europea y de Naciones Unidas.
■ Contribución activa en los mecanismos de gestión de conflictos.
■ Cooperación en materia de seguridad. Se impulsarán las negociaciones para la firma de Protocolos de Cooperación en el ámbito de la Seguridad y Defensa con Angola, Mozambique, Sudáfrica y Namibia, en línea del ya existente con Cabo Verde.
■ Lucha contra el terrorismo. Se prestará particular importancia al seguimiento y puesta en práctica de las conclusiones de la Mesa Redonda Ministerial sobre Terrorismo en África Occidental y Central de mayo de 2006 en Madrid.
CONTRIBUCIÓN DE ESPAÑA A LA LUCHA CONTRA LA POBREZA Y A LA AGENDA DE DESARROLLO DE ÁFRICA SUBSAHARIANA.
De acuerdo con el Plan Director, se dará prioridad a los siguientes sectores:
■ La cobertura de las necesidades sociales básicas.
■ La educación, especialmente a través de la iniciativa “Vía Rápida Educación para Todos”.
■ La habitabilidad y la lucha contra la pobreza urbana;
■ Acceso al agua potable y el saneamiento básico.
■ El apoyo a las políticas de salud y la lucha contra pandemias, así como el pleno desarrollo del Programa VITA.
■ La promoción del tejido económico, empresarial y productivo, con medidas en el campo de la pesca, fundamentalmente en el marco del Programa NAUTA, la agricultura, especialmente en el ámbito del NEPAD, y el turismo, sobre la base de la experiencia acumulada por España.
■ La lucha contra la desertificación y la protección del medio ambiente.
■ El fomento de políticas de género y desarrollo, a través de la ejecución de los compromisos asumidos en el Encuentro de Mujeres de España y África “Por un Mundo Mejor”.
Instrumentos de acción:
■ Proyectos y programas bilaterales y multilaterales, con preferencia por estos últimos, y financiación pública a ONGD, vinculada a la aplicación del principio de coherencia con los principios, objetivos y prioridades definidas en el Plan Director y en los documentos de estrategia de zona geográfica (país o regional) para África Subsahariana.
■ Apoyo presupuestario (sectorial o directo) y enfoques sectoriales, siguiendo la exitosa experiencia iniciada en Mozambique y para favorecer la apropiación por los gobiernos receptores de la ayuda, su eficacia e impacto.
■ Ayuda alimentaria, que estará subordinada a los objetivos de lucha contra la pobreza y en particular a la visión de soberanía alimentaria, y acción humanitaria, integrada en los sistemas de respuesta de la UE y de las agencias de NNUU.
■ Fondo de Concesión de Microcréditos, que se prevé introducir o continuar apoyando en países como Mozambique, Angola y Senegal.
■ Fondo de Ayuda el Desarrollo (FAD), orientado a la financiación de proyectos de infraestructura y desarrollo de la base productiva, y de desarrollo social básico. Se seguirán las Recomendaciones del CAD-OCDE de Desvinculación de la Ayuda a los Países Menos Avanzados, las cuales afectan especialmente a África Subsahariana.
■ Contribuciones a Fondos gestionados por organismos internacionales.
■ Alivio de la deuda como instrumento fundamental de la lucha contra la pobreza en África Subsahariana.
FOMENTO DE LA COOPERACIÓN CON PAÍSES AFRICANOS EN LA REGULACIÓN DE FLUJOS MIGRATORIOS.
El Gobierno intensificará sus esfuerzos en tres ámbitos complementarios de acción:
■ Se reforzarán las medidas de control de fronteras y se agilizarán los procedimientos de repatriación inmediata de inmigrantes que acceden al territorio nacional de modo irregular, en condiciones que garanticen el escrupuloso respeto de los derechos humanos y del Derecho Internacional.
Paralelamente, se impulsarán medidas tendentes a la integración de los colectivos de inmigrantes, se incrementará el apoyo a las administraciones autonómicas y locales, así como a las organizaciones no gubernamentales que ejercen una labor de acogida a los inmigrantes.
■ En el plano bilateral, se intensificarán los esfuerzos para completar una red de Acuerdos de Cooperación Migratoria y Readmisión con los países prioritarios a estos efectos como Senegal, Malí, Ghana, Camerún, Costa de Marfil, Cabo Verde, Guinea-Conakry y Gambia, que se sumen a los ya concluidos con Nigeria y Guinea Bissau.
■ En el plano multilateral, con iniciativas como la Conferencia Ministerial Euroafricana sobre Migración y Desarrollo de Rabat (julio de 2006).
■ El apoyo a la actividad pesquera en el litoral subsahariano y su adaptación a la nueva realidad africana, en su caso mediante iniciativas que favorezcan la creación de empresas mixtas y el mantenimiento y renegociación de nuevos Acuerdos de la UE con países prioritarios a estos efectos.
■ El apoyo a la participación de empresas españolas en la explotación de los recursos de hidrocarburos de África, con vistas a reforzar la seguridad energética de España y de manera sostenible y beneficiosa para el desarrollo económico y social de África.
FORTALECIMIENTO DE LA COOPERACIÓN CULTURAL Y CIENTÍFICA.
■ Impulso a programas con incidencia en la formación de capital humano para la gestión cultural, la dimensión económica de la cultura en línea con el programa de la UNESCO “Alianza Global para la Diversidad Cultural” y el fortalecimiento de los vínculos entre cultura, educación y comunicación.
Asimismo se contribuirá a la puesta en valor y gestión sostenible del patrimonio cultural.
■ Mayor proyección de la lengua española, que tiene carácter de lengua oficial en la Unión Africana, con la apertura de Aulas Cervantes en países como Sudáfrica, Camerún, Costa de Marfil, Nigeria, Senegal y Angola, el despliegue de lectores de español y la facilitación del examen del Diploma de Español como Lengua Extranjera (DELE).
■ Fomento de actividades de conocimiento y aprecio mutuo, a través de la
Casa África.
REFUERZO DE LA PRESENCIA POLITICA E INSTITUCIONAL ESPAÑOLA EN ÁFRICA.
■ Un redespliegue diplomático que implicará la apertura de Embajadas en Malí, Sudán y Cabo Verde, que se sumarán a las ya existentes en Angola. También se crearán nuevas Oficinas Técnicas de Cooperación en Cabo Verde, Etiopía y Malí, y Agregadurías de Defensa en Cabo Verde, Senegal y Gabón.
■ Un refuerzo de los servicios centrales más directamente relacionados con la región subsahariana y con el seguimiento de los compromisos contenidos en este Plan.
■ La creación de una “Mesa para África” para facilitar el intercambio de información y la coordinación con representantes de la sociedad civil del desarrollo del Plan.
■ La promoción de la presencia de españoles en organizaciones internacionales vinculadas con África Subsahariana.
■ Un refuerzo del diálogo político mediante un amplio plan de viajes, visitas y contactos oficiales a todos los niveles
■ La potenciación de otras formas de diplomacia como la parlamentaria, la social y la pública, mediante una mayor presencia de la televisión y de la radio española en África.
2.- El Plan África y la recolonización
Para el gobierno, el Plan de Acción para el África Subsahariana o Plan África es una herramienta de impulso de la cooperación al desarrollo y uno de los medios para prevenir la inmigración ilegal, al contribuir a que los países subsaharianos salgan de la pobreza. La estrategia de actuación del Gobierno español se sustenta en la “vocación solidaria de la sociedad española” y en “el renovado espíritu de la política exterior española”, que se concretan en un incremento de la ayuda al desarrollo. Pero la verdadera intención del Plan África es otra. Entre los grandes objetivos que se plantea uno de ellos destaca sospechosamente:
El refuerzo y la diversificación de los intercambios económicos, así como el fomento de las inversiones, sin olvidar la creciente importancia estratégica de la región subsahariana, y en particular el Golfo de Guinea, para nuestra seguridad energética y las oportunidades de negocio en el sector de hidrocarburos para las empresas españolas.
Esta dimensión tan explícita tiene que ver con un proceso más general de competencia intercapitalista por los recursos naturales africanos, especialmente el petróleo, pero también otros como el coltán.
La carrera por las materias primas está siendo liderada por Estados Unidos, que ha visto complicada su estrategia en Oriente Medio. Ello explica, por ejemplo, la creciente presencia militar norteamericana en el Golfo de Guinea y la posibilidad de construir una base militar en Santo Tomé y Príncipe. China también se ha convertido en una creciente presencia con fuertes intereses en suelo africano.
El Plan África se refiere permanentemente al marco europeo y, concretamente, a la Estrategia de la Unión Europea hacia África (2005). La búsqueda de una mayor presencia en la región, el reforzamiento de las infraestructuras energéticas y de transporte transfronterizo y la liberalización comercial son algunos de los aspectos en los que se incide en dicha Estrategia y en el propio plan:
- promoción de los intercambios comerciales a través de herramientas como los créditos FAD, vinculados parcialmente a la adquisición de bienes y servicios producidos por empresas españolas;
- fomento de la inversión a través de COFIDES y la negociación de nuevos Acuerdos de Promoción y Protección Recíproca de Inversiones (APPRIs). Estos acuerdos se establecen para garantizar la seguridad jurídica de las inversiones y evitar riesgos indeseables como expropiaciones estatales, garantizan la repatriación de los beneficios y establecen que los conflictos entre el inversor y el Estado receptor se resuelvan al margen de la jurisdicción estatal de este último.
- en un contexto de agotamiento de los caladeros pesqueros africanos por la actuación de las grandes empresas europeas, “el apoyo a la actividad pesquera en el litoral subsahariano” no es más que la profundización del expolio de los recursos naturales africanos.
- “la lucha contra la pobreza y la contribución a la agenda del desarrollo de África”. La estrategia en este terreno se vincula a los compromisos del Plan Director de la Cooperación Española 2005-2008. Según dicho Plan se ha conseguido construir un “importante consenso a nivel internacional sobre cómo reducir la pobreza en el mundo”. Este supuesto consenso mundial se basa en el impulso de la libertad de mercado y el comercio internacional, es decir, la “apuesta por una mayor y mejor integración de los países en desarrollo en la economía mundial.” Por otra parte, las iniciativas internacionales de condonación de una parte de la deuda externa a los países africanos debe entenderse como herramienta de los países centrales para reforzar su presencia económica y política en la región y como un modo de conseguir que los deudores tengan la suficiente capacidad financiera para seguir pagando deuda.
- “Cooperación para regular adecuadamente los flujos migratorios procedentes de la región subsahariana y combatir el tráfico ilegal de personas”. En otras palabras, hacer más difícil el acceso al territorio europeo y, como consecuencia, hacer más largas y peligrosas las rutas de llegada. Asimismo, el Plan propone un refuerzo aún mayor del control de fronteras y el logro de una red de Acuerdos de Cooperación Migratoria y Readmisión que permitan la inmediata repatriación de las personas que llegan a las costas españolas.
- Por lo que respecta a la Casa África, responde al interés expresado por el gobierno canario de ser plataforma base de las políticas de cooperación de España con África, es decir, plataforma de la recolonización de África.
- Finalmente, el Plan resalta la “participación española en el afianzamiento de la democracia, la paz y la seguridad en África”. En primer lugar, se habla gobernanza democrática (un objetivo técnico más que político) y fortalecimiento institucional. Se trata de garantizar el funcionamiento de las instituciones para poder contribuir a la seguridad económica y jurídica de las inversiones y el comercio internacional y nada tiene que ver con la movilización social para el gobierno del pueblo. Además, este objetivo se convierte en justificación para la presencia militar española o para la cooperación en materia militar con países africanos.
3.- África, en sangre viva. Las paradojas del Plan África 2006-2008
No es sólo la pobreza lo que empuja a los africanos a salir de sus países, sino una ausencia completa de futuro para ellos y sus familias, la carencia absoluta de derechos y libertades, y también su alejamiento del paraíso tecnológico y de consumo que la globalización ha construido en los países occidentales.
Desde todos los puntos de vista, lo que buscan en la migración quienes salen de sus países no lo encuentran en las políticas de desarrollo y cooperación occidentales, y mucho menos en las políticas de sus propios países. Emigrar es una decisión que pone de relieve la falta de confianza en los dirigentes políticos, en los Gobiernos y en la economía de un país, incapaz de garantizar la vida y el sustento de uno mismo y de sus allegados. Y mientras esa percepción no cambie de forma sustancial en África mediante hechos constatables, poco se podrá hacer para detener las migraciones.
Todos los acuerdos firmados por la comunidad internacional recientemente para mejorar la situación de pobreza en África se están incumpliendo. Así las cosas, las oleadas de inmigrantes que llegan hasta Canarias no son únicamente un problema de España. Por el contrario, exigen una acción firme y efectiva de toda la Unión Europea y de la propia comunidad internacional. Preocupados como estamos por salvaguardar nuestras fronteras, olvidamos que se están produciendo diásporas de dimensiones gigantescas en el interior del continente africano, desde las zonas rurales hacia las grandes ciudades, con toda la carga explosiva que ello tiene, al generar gigantescos cinturones de miseria y epidemias de dimensiones nunca antes conocidas.
La respuesta de España a esta situación ha sido el Plan África, 2006-2008. El solo hecho de proponer una estrategia amplia de intervención sobre un continente históricamente abandonado por la comunidad internacional y por España, donde el hambre, el subdesarrollo y la desesperación son el horizonte vital para buena parte de sus habitantes, supone un punto y aparte en el tradicional abandono de nuestra diplomacia sobre esta región. En él se recogen medidas positivas como actuaciones pioneras contra el sida y las enfermedades infecciosas, educación básica través del programa “Vía rápida Educación para Todos”, la cobertura de necesidades básicas, líneas novedosas de apoyo presupuestario en programas públicos, lucha contra la pobreza urbana, el suministro y la potabilización de agua, supone avanzar en el cumplimiento de compromisos internacionales absolutamente decisivos.
Sin embargo, el plan integra otros aspectos mucho más controvertidos, en dos áreas consideradas en él como prioritarias. Por un lado, la visión que mantiene de “controlar los flujos migratorios” parece una simple apelación para desplegar todo tipo de medidas represivas, coercitivas y de castigo destinadas a quienes vayan a emigrar.
Otro aspecto llamativo es la incorporación de nuestros intereses económicos, el fomento de las inversiones y exportaciones españolas junto a nuestro interés por asegurarnos energía (petróleo y gas natural) de los países de la región. Para todo ello se reserva un papel especial a los créditos FAD, que a los largo de los años han resultado ser un instrumento crediticio generador de deuda.
En suma, la lectura pormenorizada del plan evidencia que sus verdaderas motivaciones no están en dar respuesta a las necesidades ni a los intereses de la población destinataria, sino a las necesidades y los intereses políticos, estratégicos, comerciales, económicos, energéticos, diplomáticos y, por supuesto, migratorios que tiene España. De hecho, el documento se ha elaborado a través de las prioridades y principios identificados por el Gobierno español y sus distintos ministerios, sin que haya existido un mecanismo previo de identificación, participación, ejecución ni evaluación de las autoridades y organismos africanos.
Por tanto, podemos preguntarnos si estamos comprendiendo adecuadamente el significado de esas oleadas de personas que llegan hasta nuestras costas; si la comunidad internacional y las instituciones internacionales están actuando correctamente para evitar que este éxodo de desesperación se produzca o, por el contrario, alimentan con la gasolina de su irresponsabilidad la velocidad de estas migraciones.
***
Uno de los objetivos de cualquier proyecto global de cooperación para África debería ser el de conseguir que la gente no se vea obligada a emigrar, es decir, que igual que defendemos la existencia de un derecho a emigrar también pudiéramos exigir el derecho a no hacerlo. El éxito de una buena estrategia de cooperación conduciría, entonces, a una disminución de los flujos migratorios positiva para los países de origen y, por lo que parece, para los de destino. Sin embargo, no es ese el planteamiento que se hace desde los planes de cooperación oficial de los países de la UE, entre ellos el Plan África. En ellos es muy relevante el descenso de la inmigración, sí, pero para ello se arbitran sobre todo medidas de control (fronteras y acuerdos bilaterales de repatriación). Además, se supedita claramente la cooperación a la capacidad de los países receptores de ser los guardianes de sus fronteras y de las nuestras. De este modo, la ayuda oficial se convierte en una herramienta de chantaje.
En los últimos años, y el Plan África así lo declara, el estado español se ha implicado de forma activa en las estrategias europeas para África. El problema es que estas estrategias, al igual que la mayor parte de los planes europeos, optan por un modelo de cooperación que usa instrumentos que ya han mostrado su ineficacia (fondos FAD) o por la estrategia de los APE, acuerdos bilaterales que vienen a ser una suerte de tratados de libre comercio, como ya vimos en la primera sesión. Esta línea de acción rompe con el espíritu de la Conferencia de Londres, que recuperaba elementos de ayuda preferencial a los países más desfavorecidos. Así, si bien es verdad que el Plan África supone un aumento de los fondos de cooperación para África, también lo es el hecho de que no plantea un cambio del modelo y los instrumentos de cooperación. En realidad, los fondos FAD son una subvención encubierta a las empresas españolas que operan en el continente africano. Tampoco podemos olvidar que, en sus relaciones con África, Europa no es tan Unión Europea. Para España, Francia no es un aliado en temas africanos; es un competidor en la lucha por los recursos y los mercados.
El Plan África presta una especial atención a las relaciones pesqueras y energéticas y, como señalan los documentos que hemos tomado de referencia, esto tiene bien poco que ver con las necesidades africanas y mucho con el nuevo contexto de competencia intercapitalista propiciado por el desastre de Irak (aunque para algunos no haya sido tan desastre desde el punto de vista de los recursos energéticos). Tal y como están las cosas por Oriente Medio, las grandes potencias, tanto las consolidadas como las emergentes, han vuelto sus ojos a África. Por eso, un gigante con necesidades energéticas crecientes (China) ha entrado a saco en las economías africanas. Y también por eso el plan considera un eje fundamental el trabajo en ese terreno. Con respecto a la pesca, está claro que lo que se busca es dar una salida a la flota española. En el Plan se hace referencia a acuerdos de derecho a pesca en las aguas de la costa occidental africana a cambio de crear industrias de transformación en esos países y que los barcos que faenan en esas aguas contraten a pescadores africanos. Sin embargo, la realidad de esos acuerdos es que han conducido a la destrucción del tejido productivo y la actividad pesquera propia. Las industrias conserveras que hay en esos países son industrias europeas, ya que las autóctonas no cumplen los estándares sanitarios comunitarios. Asimismo, la contratación de personal de la zona es casi anecdótica, porque los barcos extranjeros funcionan con sus propias tripulaciones. Por último, se han esquilmado los caladeros poniendo en peligro la supervivencia de los habitantes de la zona y del ecosistema.
El refuerzo de la presencia política es sobre todo institucional. Se refiere principalmente a presencia diplomática, agencias de cooperación y misiones comerciales y su objetivo más importante es el apoyo a la inversión empresarial española garantizando que haya la suficiente “seguridad jurídica” para que los beneficios lleguen a donde deben.
Otra de las grandes críticas que se hacen al plan es su unilateralidad. Es un plan diseñado a medida de las necesidades españolas, ni mutuas ni africanas, y no ha habido un proceso previo de escucha de los países receptores. En suma, no es fruto de una relación de partenariado.
También se le achaca una incoherencia, ya que mezcla objetivos de ayuda con objetivos comerciales y en muchas ocasiones ambos van en direcciones contrapuestas. Además, propone soluciones que para nada ahondan en las causas de la pobreza. Porque, al fin y a la postre, ¿por qué África se convierte en objetivo prioritario, es por su estado de pobreza o más bien tiene que ver con objetivos de carácter estratégico, como son nuestras necesidades energéticas, la apertura de nuevos mercados y el control de la inmigración? De hecho, para conseguir este último objetivo el gobierno no está teniendo demasiados reparos en sentarse a hablar con regímenes de dudosa legitimidad democrática. ¿Cómo conjugar intereses comerciales, de cooperación y de control?
En síntesis, podemos decir que el plan África es algo positivo en tanto en cuanto ofrece por vez primera un marco global que define las relaciones España-África, pero presenta profundas incoherencias derivadas de los propios déficits del modelo de ayuda al desarrollo español, de nuestra política de extranjería y de la unión de objetivos dispares e, incluso, irreconciliables en algunas ocasiones.
Una última cuestión se planteó como cierre del debate. ¿Por qué el Plan África salió cuando salió y se vendió con tanta intensidad mediática? Porque, en cierto modo, también era una respuesta a la llegada de cayucos a nuestras costas y al agresivo uso que el Partido Popular hizo de este hecho para criticar la debilidad del gobierno. Por eso, lo que se habló del plan en los medios tuvo que ver sobre todo con el refuerzo de las fronteras. Un plan de esta envergadura e importancia no puede concebirse a contracorriente, intentando frenar una posible pérdida de apoyo electoral, sobre todo si conduce a una magnificación de una situación que es, con mucho, menos grave para nosotros de lo que se plantea. La comunidad subsahariana es la menor de todas las que hay en España; si nos empeñamos en seguir la cuerda de los medios y presentarla como el gran problema, lo único que conseguiremos es que la gente acabe viéndolo así. En cuanto al control de flujos, si la presión conduce al PSOE a hacer la misma política que el PP difícilmente conseguirá mantener votos. Los que la ven bien directamente votarán al PP y los votantes de izquierdas se quedarán en casa. Si lo que se buscaba era rentabilidad política, dudamos que la vaya a tener.
El imaginario occidental sobre África (cuarta sesión)
Esta sesión fue preparada por José Antonio Zamora a partir del trabajo de Catherine Coquery-Vidrovitch (“El postulado de la superioridad blanca y la inferioridad negra”, en: Marc Ferro (Dr.): El libro negro del colonialismo. Siglos XVI al XXI, La Esfera de los Libros, Madrid 2005, p. 771-820 y del de Ignaci Sachs (“La imagen del negro en el arte europeo”).
1.- El nacimiento del postulado de la inferioridad negra
El postulado de la superioridad blanca tiene una larga historia en Occidente. La trata de negros fue «inventada» por los romanos y, antes que ellos, en cierta medida al menos, por los fenicios y los cartagineses, pero no sabemos mucho sobre ello. Los prejuicios aumentaron con el surgimiento de la trata árabe, pues en la Edad Media los árabes importaban muchos más esclavos negros que los romanos siglos atrás. Tanto es así, que el término árabe para designar al esclavo, ‘abd, se convirtió más o menos en sinónimo de negro.
Los occidentales inventaron una nueva forma de producción esclavista, basada en este caso en el color. La elaboración de las primeras teorías de la inferioridad del negro nació con motivo de la gran revuelta de esclavos en Santo Tomé entre 1530 y 1536.
En 1537 un breve papal establecía que los indios eran hombres verdaderos y no animales salvajes, y en consecuencia no podían ser privados de libertad ni tampoco de la soberanía de sus bienes. Sin embargo, los negros quedaron fuera de esta ley.
La esclavitud de los negros fue justificada por los teólogos en base a la “maldición de Cam”. Esta se refiere al episodio según el cual el joven Cam vio cómo su padre Noé dormía desnudo por haberse emborrachado con el jugo fermentado de la primera viña que había plantado. Noé, despertado de su embriaguez, maldijo al hijo más joven por su insolencia: “¡maldito sea Canaán [hijo de Cam]! ¡Que sea para sus hermanos el último de los esclavos!”. La tradición de exégesis tradicional derivada de San Agustín, combinada con el legado de Aristóteles y con las narraciones grecorromanas que situaban al sur de Egipto y del desierto una cantidad de monstruosidades, se las ingenió para hacer de los africanos negros los descendientes malditos del linaje de Cam.
Paradójicamente, el Siglo de las Luces fue también el siglo en el que la inferioridad del negro fue llevada a su paroxismo, pues fue el período de mayor expansión de la trata atlántica. La corriente fue doble: por un lado, el papel de los plantadores, convertidos en uno de los grupos de presión más influyentes de la economía occidental, lo que fue determinante para codificar la inferioridad de los negros. Por el otro, las Luces, al elaborar una especie de avance fatal del progreso, establecieron una jerarquía implícita o explícita en la que el hombre negro ocupaba el escalón inferior.
El endurecimiento legal y el aumento del racismo se explican por la importancia creciente de la producción esclavista. Se inventaron medidas discriminatorias y se legisló sobre el gran terror de los blancos: el mestizaje. La codificación, surgida del grupo de presión de los colonos, acabó incluyendo jurídicamente la inferioridad de los negros.
Para los filósofos de la Luces el salvaje encarna el estado de naturaleza, por oposición al de cultura. Si se le concede una sabiduría innata, es debido a su ignorancia que lo ha puesto a cubierto de los males de la civilización. Ésta será una de la tesis literarias del romanticismo a partir de Jean-Jacques Rousseau y su «buen salvaje» hasta Hegel, que convierte a todos lo no europeos en seres inferiores en la medida en que no tienen la plena conciencia de su ser.
A los sabios de la ilustración debemos el origen de los derechos del hombre. Sin embargo, en su descubrimiento de la racionalidad científica echaron la semilla del movimiento racista «cientista» por su deseo de descubrir las «leyes naturales» que rigen el Universo. El propio Darwin lo confirmaba en 1871 aplicando su teoría al género humano: «Las razas humanas civilizadas casi sin duda exterminarán y sustituirán a la razas salvajes en todo el mundo».
Armada con la herencia que se remontaba al menos a dos siglos atrás, la colonización no tuvo dificultades para insertarse en el molde «racialista» que se había convertido en la ideología dominante si no exclusiva de finales del siglo XIX. El acta surgida de la Conferencia de Berlín de 1885, que incluyó el principio de la generalización de la colonización de África, excluía en particular a África de la esfera de los derechos del hombre.
A la opinión pública se la educó para que participara de estos puntos de vista. Entre los acontecimientos más populares hay que mencionar las múltiples exposiciones coloniales organizadas en las principales ciudades europeas. Tales acontecimientos tenían por finalidad glorificar la «misión civilizadora» de la metrópoli. La literatura no valía mucho más, incluso la de los autores más favorables a los negros. Los misioneros creían en el papel educador que debía desempeñar «esta gran raza blanca, predestinada por Dios a ser la iniciadora y la protectora de todas las demás», como encontramos en la Revue des Jésuites (1892).
El cine no fue un vehículo menor en cuanto a tópicos coloniales. En el primer periodo de su existencia refleja las ideas del ambiente y es heroico, canta las alabanzas de las tropas coloniales durante su labor de conquista. A partir de la década de 1920, por el contrario, idealiza la obra colonial, civilizadora y humanitaria, motivada por la ambición de alejarse de las fronteras de la ignorancia, de la enfermedad y de la tiranía.
Habría que analizar hasta qué punto el “afropesimismo” que aparece habitualmente en los medios de comunicación se debe a esta herencia racista: casi animales en tiempos de esclavitud, niños grandes, en el mejor de los casos, en la época colonial, hombres incapaces hoy, los africanos no han dejado nunca de sufrir un prejuicio desfavorable que tiene que ver con su intelecto más que con su naturaleza, considerado menos “astuto” que el de los árabes o menos “tortuoso” que el de los asiáticos.
2.- La imagen del negro en el arte europeo
Es en la Edad Media cuando el negro adquiere una importancia capital en lo que respecta al símbolo. Mal conocido y lejano la interpretación se hará sobre dos planos opuestos. En tanto que negro, se asimila a la noche, las tinieblas, las fuerzas del mal en incluso el diablo. Como habitante de un país lejano, el negro se le asocia con las criaturas fantásticas del orden animal y vegetal.
A partir de los grandes descubrimientos Europa se siente obligada a definirse en relación a las culturas no europeas con las que entra en contacto y, en este marco, a repensar su actitud hacia los africanos. Esta cuestión no podía dejar de agitar las grandes mentes del renacimiento. Sus autores trascenderán el interés puramente estético que suscita la observación de tipos antropológicos nuevos y se inclinarán por hallar las pasiones comunes a todos los seres humanos (Durero, Rubens, Van Dyck...). En el plano literario, esta inspiración desembocará en un buen salvaje negro. Servidor exótico de ropaje multicolor que sirve una bebida exquisita -té, café, chocolate-, ésta es la condición del negro en Europa a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII. A medida que progresan la colonización y la trata de esclavos, la imagen del negro se envilece y se carga de prejuicio racial. La tradición, siempre viva, del negro símbolo de las tinieblas se reaviva, y ciertos estereotipos sobre la afectividad y la sexualidad de los negros comienzan una larga y tenaz carrera. En el plano iconográfico, el prejuicio racial se expresará por un deslizamiento de lo exótico hacia lo grotesco.
Clichés y estereotipos sobre la población del Sur
1.- De la esclavitud a la servidumbre: "nacido para servir"
Durante mucho tiempo "negro" fue sinónimo de esclavo. La necesidad de mano de obra barata en las plantaciones hizo que el mundo occidental resaltase como un rasgo importante de los esclavos negros la lealtad, la docilidad y el servilismo al amo. Cuando la esclavitud no pudo ser justificada por más tiempo, la población negra pasó a asumir tareas relacionadas con los servicios personales y domésticos. El negro fue presentado como un leal y fiel servidor con una amplia sonrisa complaciente y manteniendo una distancia respetuosa con su amo.
En el Siglo de las Luces se registró un gran avance del pensamiento científico y el iluminismo y se adoptó un enfoque racionalista frente a los viejos prejuicios. La inferioridad del negro se justificó sobre las bases de las características raciales. El "ángulo de Camper" (1791), por ejemplo, fue una manera de medir las diferencias raciales a partir del ángulo facial; según este método podía tratarse de una línea de evolución desde el mono hasta el perfil griego. Se consideró que los negros tenían un ángulo facial más pequeño y por eso eran humanos "inferiores".
El estudio de la Genealogía a partir de la Biblia y otros textos clásicos del pensamiento judeocristiano también ha proporcionado la justificación necesaria para legitimar la esclavitud y la servidumbre de razas consideradas "inferiores" (mito camítico, a partir del Génesis y el Talmud).
Otros clásicos de la literatura sirvieron para consolidar esa imagen del negro como leal servidor. En Robinson Crusoe encontramos a Viernes, el prototipo del "buen salvaje", cristianizado y domesticado cuya identidad es negada y sólo "existe" en la medida en que es "bautizado" y recibe un nuevo nombre —occidental— que le integra dentro del propio universo vital y simbólico del blanco. De igual forma, en la novela de La cabaña del Tío Tom escrita en 1853 por Harriet Beecher Stowe´s, el Tío Tom representa al negro dócil que se sacrifica por su amo y genera simpatía por su bondad e ingenuidad.
También los cómics relacionan con frecuencia el hecho de ser negro con la servidumbre y el trabajo doméstico. Este estereotipo está perfectamente encarnado en el personaje de "Mama Gutanda", una mujer con exagerados rasgos simiescos que trabaja como sirvienta cuidando a Marco Antonio, un niño pequeño. Se trata de un estereotipo de claro origen estadounidense, que es ajeno a la historia y a la cultura popular española y cuya incorporación se produce indirectamente a partir del cine.
El personaje de las "Nanis" asocia la condición de mujer de raza negra con una ocupación poco valorada socialmente y, en el caso que nos ocupa, se relaciona con la escasa cualificación e incluso con escasas aptitudes intelectuales. La cuestión tiene importantes implicaciones para nuestros días. El trabajo como criada doméstica interna es a menudo desempeñado por inmigrantes de Filipinas o, la mayoría de las veces, originarias del países de América Latina como Perú y sobre todo República Dominicana.
2. El Sur salvaje y primitivo.
- Entre civilización y barbarie
Existen distintas formas de representaciones simbólicas de la oposición "cultura-barbarie". La representación estereotipada del "salvaje" selvático sigue vigente en nuestro imaginario colectivo, a pesar de ser ajena a los africanos contemporáneos. Este salvaje se representa rodeado de artefactos primitivos y ajeno a los adelantos técnicos. Como en tiempo de Colón, la carencia de ropa, de herramientas técnicas, sigue definiendo al "salvaje" y lo sigue igualando con el "estado de naturaleza".
También en las historietas de Tarzán y Tintín se sigue mostrando, en la actualidad, la superioridad blanca. Tarzán, llamado "el rey de la selva", es el hijo de Lord Greystocke, un oficial colonial británico cuyo barco encalló en África Occidental durante un viaje de inspección y murió junto a su esposa. Tarzán era su hijo y fue criado por una manada de monos. Gradualmente Tarzán va dominando la tribu, según el autor por su sangre aristócrata inglesa. Esto simboliza el destino manifiesto por el que el blanco, por designio de la providencia está llamado a dominar sobre grupos considerados inferiores.
- El guerrero frente al soldado
Otra representación simbólica que se ha utilizado frecuentemente para ilustrar esta dicotomía "salvajismo-civilización" es la del "guerrero" frente al soldado. El guerrero es un nativo desnudo, de gran ferocidad y equipado con armas rudimentarias, al que se le atribuyen rasgos de crueldad y bestialidad, y al que se considera guiado por el instinto e incapaz de controlarlo. El guerrero es asociado al Sur, habitualmente de África y se contrapone a la imagen del soldado, de procedencia europea o norteamericana y caracterizado por un uniforme que le identifica con un ejército que se rige por una estructura jerárquica y un comportamiento racional que garantiza la disciplina y el orden.
La imagen de la horda salvaje amenazadora siendo aniquilada por un eficaz destacamento militar de una potencia colonial es parte de la historia del imperialismo europeo en África en el siglo XIX y XX y ha sido reproducida en numerosas películas, por ejemplo, Zulu (1964).
En nuestros días, la idea del guerrero salvaje de comportamiento irracional e incivilizado sigue presente en el imaginario colectivo, y proporciona el sustrato básico de la visión predominante en Occidente de los conflictos armados que se producen en África.
3.- El negro infiel: salvar almas negras/ salvar a un niño pobre.
La creación de imágenes negativas durante el colonialismo fue una práctica habitual, que permitía justificar la dominación europea. A menudo se presentó a la población negra como seres demoníacos, degenerados e inmorales. Se constituyó una imagen del África "infernal" a partir de las terroríficas historias sobre rituales paganos y sacrificios humanos. En contraposición se presentaba la imagen idealizada del misionero como sabio y bondadoso, transmisor de la verdadera fe y con una cierta autoridad.
La misión civilizadora con la que legitimaron las exploraciones del siglo XIX se transformó después de la II Guerra Mundial en acciones caritativas. Se consideraba que a partir de una educación cristiana se podría reducir o eliminar la barbarie y la incultura del Sur. En realidad, la educación cristiana fue una forma de control. Se consideraba también, que el grado de barbarie era tan profundo que la misión civilizadora europea continuaría durante un largo periodo. Ello encubrió, obviamente, la prolongación de una situación de dominación colonial.
En el periodo de entreguerras, los administradores coloniales impulsaron programas de salud, educación, saneamiento y de infraestructuras y en general de fomento del desarrollo que, junto con la acción misionera, fueron la concreción material de la "misión civilizatoria" con la que se justificó el dominio colonial.
En los años cincuenta y sesenta surgieron numerosas ONG vinculadas a la Iglesia católica y protestante que, apoyándose en imágenes estereotipadas de los africanos pretendían recaudar fondos para la actividad misionera. De esta época datan las campañas de recaudación realizadas con huchas con la forma de la cabeza de un negro, con la abertura en la parte superior, o los donativos con los que se "bautizaba" un negrito.
En los años sesenta y setenta la descolonización y la paulatina toma de conciencia de los pueblos descolonizados, junto con la doctrina social de la Iglesia, hicieron desaparecer las técnicas de recaudación de fondos más ofensivas, pero la práctica de utilizar imágenes estereotipadas ha continuado hasta nuestros días. Muchas ONG continúan utilizando en su publicidad imágenes políticas, en la que se presenta a los africanos de forma simplificada y reduccionista, como seres inermes y desvalidos.
En 1987 las ONGD de desarrollo europeas, conscientes de los efectos negativos que tenían en el público este tipo de imágenes, elaboraron un "Código de conducta sobre imágenes y mensajes sobre el Tercer Mundo" estableciendo unas reglas mínimas que evitasen este de tipo de imágenes estereotipadas y desvalorizadoras.
4.- El negro caníbal
En la representación clásica de este estereotipo, los negros aparecen cocinando en una gran olla al explorador o el misionero blanco. Suelen estar caracterizados con atributos que permiten identificarlos como "salvajes" o "primitivos" —el hueso en la cabeza, la vestimenta y los adornos tribales, la lanza...—. En ocasiones están danzando alrededor de la olla. En este tipo de imágenes, el canibalismo se utiliza como rasgo distintivo o atributo del salvajismo, al que, como hemos visto, se le asigna un color de piel.
Esta identificación es en gran medida una construcción social e histórica. Al igual que en otras culturas y civilizaciones, occidente no ha sido ajeno a las prácticas de canibalismo. Es a partir del siglo XVI, cuando Occidente se encuentra con el "otro" y tiene que elaborar su identidad, cuando el canibalismo, como rasgo de barbarie y salvajismo, se atribuye a los pueblos salvajes y primitivos y, al tiempo, como algo ajeno al "occidente civilizado".
Es en los siglos XVI y XVII cuando se difunden las primeras historias de caníbales americanos, basadas en las prácticas rituales de los indios caribes o arawak. Estas historias contribuyeron a edificar la imagen del indio como salvaje, por oposición al conquistador europeo como adelantado de la civilización. El canibalismo fue desde entonces rasgo estereotipado de salvajismo y justificación moral de la colonización.
La utilización del canibalismo como evidencia de salvajismo se extiende a África a partir del siglo XVIII, momento en el que comienza la expansión europea en el interior de este continente.
5.- África, un continente para las exploraciones y la aventura
El África al sur del Sahara y particularmente el África Central fue durante mucho tiempo considerada un área inexplorada y muy difícil de alcanzar. La imagen de África como territorio salvaje, ignota e impenetrable, ha dominado el imaginario colectivo occidental desde que en el siglo XVI se hizo frecuente la circunnavegación de África. La exploración sistemática de África por parte de los europeos se inició a finales del siglo XVIII. En 1795 la "Sociedad Africana" financió la primera de las expediciones "científicas" del siglo XIX, la de Mungo Park hasta el Alto Níger. A comienzos del siglo XIX se iniciaron ambiciosas expediciones, a menudo con fondos de los respectivos gobiernos, por parte de exploradores y misioneros británicos, franceses y alemanes. Fue un misionero escocés, David Livingstone, quien en 1835 inició una larga serie de viajes en busca de las fuentes del Nilo. Livingstone, que popularizó sus exploraciones a través de la publicación de los Misionary Travels and Reserarchs, logró despertar el entusiasmo de la Inglaterra victoriana con unas expediciones caracterizadas por el heroísmo y la filantropía. Henry Morton Stanley, periodista norteamericano enviado en busca de Livingstone, también logró cautivar a sus lectores con obras como Through the Dark Continent (1877) y In Darkest Africa (1890).
En estos y otros relatos el explorador —a menudo un misionero— es el adelantado del mundo civilizado, el primer hombre blanco que se interna en territorios ignotos y llenos de peligros para incorporar a su población, sumida en la ignorancia y el atraso, en el mundo "civilizado" y en la verdadera fe.
El explorador es geógrafo, cartógrafo, naturalista, geólogo y botánico. Es también antropólogo: examina, cataloga y compara pueblos y tribus, costumbres y hábitos, y los interpreta a través del enfoque positivista predominante en el siglo XIX. La exploración se convierte así en un acto de conocimiento: una forma de incorporar a África y a otras regiones en el universo cognitivo occidental.
Este conocimiento se elaboró y se transmitió a través de un nuevo subgénero periodístico y literario: los relatos de viajes y exploraciones. En la mayor parte de estos relatos se presenta la exploración como gesta heroica y empresa civilizatoria, reforzando la idea de supremacía blanca y el convencimiento de que Occidente tiene una misión que cumplir asignada por la providencia. Respecto al escenario de las exploraciones, encontramos paisajes grandiosos, orografías difíciles, una vegetación desbordante y un paisaje poco o nada humanizado, que a menudo se compara con el jardín del Edén o con su opuesto: con una naturaleza desbocada que debe ser vencida por el explorador. Esta imagen dual, pero en el fondo idéntica, también se aplica a los africanos, presentados como seres diabólicos o como criaturas ingenuas que viven ajenos a toda forma de civilización y en plena armonía con el medio.
Esta imagen de los africanos y de su entorno era funcional al tono épico de estos relatos, pero lo más significativo es que justificó la misión civilizatoria de Occidente. Si África estaba sumida en un primigenio estado de naturaleza, entonces era una "tierra de nadie" en la que la conquista y la dominación a cargo de las "naciones civilizadas" estaba justificada e incluso era un imperativo moral.
Esta idea de África es tan poderosa que se renueva periódicamente a través del cine. En la época clásica de Hollywood las películas de safaris y de exploradores en África constituyen un subgénero específico dentro de las películas de aventuras, y en ocasiones son el escenario para otros géneros. La expedición de Stanley en busca de Livingston fue recreada en David Livingston (1936) y Stanley and Livingstone (1939). Las Minas del Rey Salomón se filmó en 1937 y se volvió a producir en 1950 y en 1987. Mogambo (1953) también reproduce la mayor parte de las imágenes estereotipadas de la literatura de exploraciones.
Los cómics se basan en claves fácilmente reconocibles y por ello suelen nutrirse de los estereotipos más comunes en el imaginario colectivo. Una de las situaciones más frecuentes es el malentendido entre el explorador y el nativo, que es objeto de humor e ironía. La escena de los caníbales o la persecución de los exploradores por una horda de salvajes con lanza son otro motivo frecuente.
En el célebre episodio de "Tintín, en el Congo" también encontramos una buen ejemplo. Parece como si antes de instalar la misión todo fuera salvaje y primitivo. La sabiduría occidental se refleja en el personaje de Tintín, un muchacho belga, que sin una especial preparación es capaz de ponerse al frente de una clase. De esta historieta existían dos versiones. En la más antigua, Tintín presenta a Bélgica como la patria común. En la versión más moderna, que coincide cronológicamente con la independencia de Zaire, la enseñanza se traslada a una materia más "neutra": las matemáticas. La superioridad de Tintín queda de manifiesto frente a la ignorancia de los alumnos y también su valentía en un lugar que es presentado como incivilizado y lleno de peligros.
Las imágenes proyectadas por la literatura de viajes decimonónica reaparecen y se recrean a través de múltiples medios y mensajes, incluyendo los de la publicidad.
6.- Blanquearse: parecerse al blanco.
La ecuación entre blancura y perfección ha funcionado durante mucho tiempo. Conseguir un blanco reluciente es uno de los motivos clásicos de la publicidad; también, la idea de lavar o blanquear al negro. El blanco se ha asociado a limpio, puro, luminoso y bueno, que son las bases de la estética y la civilización occidental. El jabón y la higiene son presentados como un símbolo de civilización. El negro se ha asociado a lo sucio, a lo impuro, a las tinieblas y el pecado.
7. El negro asociado a los productos coloniales: café, cacao, azúcar y tabaco
Con la colonización europea se inició el cultivo del café, el cacao, el azúcar a gran escala en las plantaciones en las que se trabajaba en régimen de esclavitud. Inicialmente estos productos fueron considerados de lujo y consumidos exclusivamente por una élite blanca. Con el tiempo se ha generalizado su consumo, pero todavía en la actualidad en los envoltorios y publicidad de estos productos se hace referencia a este pasado colonial. Se asocia el color del cacao, café, tabaco, con el exotismo y con el esclavo negro que antaño trabajaba en su producción. La asociación del color de la piel al color del producto ha sido una práctica generalizada en Occidente. El chino mandarín que anunciaba los flanes, amarillos como su piel, el conguito tan negro e infantil como la población a la que representa, y el negrito del "colacao" llevando sobre su cabeza una canasta de cacao; son estas representaciones muy cotidianas las que han acompañado nuestra infancia y continúan estando presentes en el discurso eurocéntrico en el que nos socializamos.
- Tan dulce como el azúcar y amargo como el café
Los sobrecillos de azúcar que acompañan el café aparecen ilustrados con diversos motivos coloniales, que hacen promoción del propio café. Para ello la publicidad muestra mujeres de labios gruesos, exóticas y sonrientes que ofrecen el café con ajustados trajes. La mujer del "café bahía" muestra el hombro y sonríe. La mujer del "café capuchino" lleva un ajustado traje blanco que deja ver su pierna y grácilmente sobre su cabeza una canasta de café. Incluso una cabeza de mujer que sale de una taza de café. ¿Qué mejor aroma que el aroma de mujer?
Los hombres negros son presentados trabajando en la plantación, cargando los sacos de café. Se utilizan diversos elementos, como las palmeras para representar el exotismo, o bien guerreros con lanza para mostrar que el café procede de lugares lejanos, peligrosos y bárbaros, o el morito de Oriente. Así, hasta el café "Ortega" puede ser exótico si se anuncia con una palmera.
- El negrito del Colacao y el guerrero de los conguitos
La asociación del chocolate o los productos de cacao al África negra ha sido una constante en la publicidad. El negrito del África tropical del Colacao, el guerrero de los paquetes de conguitos.
Entre el guerrero del Congo y la exótica modelo del chocolate sólo hay un aspecto en común, ambos son negros como el producto que anuncian. El guerrero del Congo anuncia una avellana rodeada de chocolate. Lleva una lanza, tiene un rostro infantil con grandes ojos y una gran boca sonriente. Se trata del pequeño salvaje del Congo que da nombre al producto "conguitos".
Tyra Banks, la modelo del chocolate, es noticia porque participa en una campaña publicitaria de Suchard. Se destaca que es negra o mulata y esta es la razón por la que la firma de chocolate ha «escogido su cuerpo moreno» que aparecerá desnudo en «miles de vallas publicitarias». En este caso, el mensaje no puede ser más evidente: un chocolate sofisticado es un objeto de deseo y de placer como puede serlo una mujer sensual, reducida a un bombón apetecible.
Economía africana y búsqueda de caminos alternativos (quinta sesión)
La quinta sesión del seminario interno estuvo dedicada al tema “Economía africana y búsqueda de caminos alternativos”. El encargado de la presentación fue Carmelo Mula, a partir de las siguientes obras:
Latouche, S.: La otra África: autogestión y apaño frente el mercado global. Barcelona: Oozebap 2007.
Echart, E y Santamaría, A.: África en el horizonte. Introducción a la realidad socioeconómica del África subsahariana. Madrid: Los Libros de la Catarata 2006.
El total de la producción del África subsahariana representa menos del 2% de la producción mundial, es decir, que en el plano de la economía mundial África no existe. Pero, ¿ha existido alguna vez? Nuestra imagen del continente negro está condicionada casi al completo por los medios de comunicación, y la visión que ellos nos transmiten está dominada bien por el olvido, bien por la desolación y la desesperanza.
El fracaso y la quiebra del África oficial, denunciados desde la época de la independencia por René Dumont, son tanto económicos como políticos. La producción agrícola –su mayor fuerza– está en muchas ocasiones amenazada por las catástrofes naturales y las trabas internacionales para introducir sus productos en nuestros mercados. Su ritmo de crecimiento es lento, a menudo negativo y siempre inferior al crecimiento demográfico que está en un 3% anual. Sólo el optimismo de ciertos intelectuales africanos de las nuevas generaciones formados en las escuelas europeas o en EE UU nos permite algo de esperanza en medio de las imposiciones ultraliberales del FMI y del Banco Mundial.
La destrucción del planeta por parte del mercado se observa de forma especialmente ostensible en África, donde todavía quedan recursos por explotar. Las ayudas masivas prometidas y anunciadas por los países desarrollados no llegan, la creación de empleo está muy lejos de absorber el crecimiento de la población activa a pesar de la emigración, se reduce la esperanza de vida, existe una mortalidad muy elevada y a ello se unen las guerras y epidemias. Se estima que el nivel de vida de más del 50% de los africanos está por debajo de límite de la pobreza.
No cabe duda de que nos encontramos frente al fracaso de la occidentalización como proyecto económico, político y social universal. Su intento de aplicación en África ha convertido a este continente en un barco a la deriva con 800 millones de personas dentro. Pero no todos estos tripulantes son esqueletos hambrientos. Al margen del abandono del África oficial y del abandono de Occidente, hay otra África que vive y quiere vivir, incluso si tiene que hacerlo a contracorriente. Alejada de los parámetros occidentales de desarrollo y excluida del ámbito de la economía internacional esta África intenta sobrevivir reencajando ambas cosas (técnica y economía) en el ámbito de lo social y lo “informal”. Los seis artículos de la obra de Latouche analizan algunas de esas experiencias, como la donación familiar en Mauritania, las pequeñas comunidades de artesanos semiprofesionales o las estrategias de autogestión en Senegal.
Este trabajo también analiza el doble papel de la ayuda externa en el devenir de la economía africana. Se habla de condonar la deuda mientras se ocultan las ingentes pérdidas causadas por la bajada de las materias primas (unos 500.000 millones de dólares). Se aporta dinero al África oficial y éste se queda en pocas manos, se utiliza para pagar apoyos o se convierte en una nueva pieza en la lucha entre facciones. Se mandan ayudas al tiempo que se cercenan las posibilidades reales de crecimiento mediante convenios económicos profundamente desiguales o dando vía libre a las multinacionales sin preguntarnos por su actuación fuera de nuestras fronteras. Nos negamos a aceptar que parte de nuestro bienestar descansa en la pobreza de los otros y que dar implica cambiar nuestro modelo de desarrollo. Tampoco somos conscientes de que nuestra cooperación no es una cuestión de generosidad y altruismo sino de justicia, de devolver a África una mínima parte de lo que África nos ha dado en forma de esclavos, materias primas, mano de obra barata o deportistas de elite.
La segunda obra ofrece un recorrido pormenorizado por los diferentes factores que definen la actual realidad socioeconómica del África subsahariana. El primero de esos factores tiene que ver con la debilidad de los Estados.
1.- Fracaso del desarrollo y crisis de legitimidad de los estados africanos
Para comprender la situación de África nos tenemos que situar en dos grandes bloques, el África del Norte y el África subsahariana, ambos separados geográficamente por el desierto del Sahara y por aspectos económicos y culturales. África cuenta con más de 2.500 grupos étnicos y sus lenguas correspondientes, combinados con fronteras arbitrarias y artificiales que fueron trazadas por los colonizadores atendiendo a sus intereses y no a la realidad cultural y étnica. Con este panorama se hace muy difícil crear un Estado o Nación. Si además tenemos en cuenta las animosidades ancestrales existentes entre los distintos grupos, que se remontan a la época de la esclavitud, el Estado heredado de la colonización se caracteriza por la ausencia total de una conciencia nacional y por la dependencia del exterior.
Existen diversas teorías políticas y de relaciones internacionales elaboradas por los estudios africanistas para explicar la crisis de legitimidad del Estado y el fracaso del desarrollo en África. Estas ponen de manifiesto la dimensión social del poder político en África y la falta de autonomía de dicho poder frente a las instituciones de la sociedad, algo que es conveniente reconocer para comprender la situación de África tanto en las actuales relaciones internacionales como las propias relaciones interafricanas:
- La teoría del neopatrimonialismo (Jean François), que insiste en la gestión insuficiente del Estado por la fusión y confusión entre lo público con lo privado.
- La teoría del Estado “cáscara vacía” (Göran Hyden) que enfatiza la desconexión mutua entre el Estado y la sociedad que pretende gobernar y desarrollar. Es decir, el injerto del Estado, suspendido en el aire sin conectar con la sociedad.
- La teoría de la política del vientre y de la criminalización del Estado (Ballart y Hibou), que denuncia el saqueo del Estado por las redes locales y el uso del Estado por sus agentes para actividades ilícitas o la generalización del clientelismo y la corrupción.
- La teoría de la instrumentalización del desorden (Patrick Chabal y Jean-Pascal Daloz), que insiste en el desorden organizado desde arriba y desde abajo, desorden del que todos salen ganado mediante redes clientelares verticales y horizontales.
- La teoría de la economía política de la guerra (Duffeiel y Hugon), que subraya el saqueo de recursos naturales por los actores locales e internacionales para la autofinanciación y enriquecimiento personal o la conversión de la guerra en negocio.
- La teoría de la dependencia y del serkali (Kubunda, M´Bokolo y Grawforf), que presenta el Estado poscolonial como continuación del Estado colonial, dependiendo de las normas políticas, jurídicas, económicas internacionales en detrimento de los deberes internos.
2.- Las relaciones exteriores africanas
2.1.- África en el sistema de las Naciones Unidas. En la fase inicial de la ONU sólo cuatro países africanos formaban parte de la organización. Dejando de lado el tema de la descolonización, Naciones Unidas apenas se preocupó por los problemas de África durante esta etapa. Para ello habrá que esperar a 1960, época en la que se incorporan diecisiete países más. La década de los noventa ve llegar a la secretaría general a dos africanos (Kofi Annan y Boutros Boutros-Ghali) y con ellos la posibilidad de que la ONU se convierta en una tribuna para sus reivindicaciones (lucha contra el apartheid, el derecho al desarrollo de los pueblos africanos, la instauración de nuevo orden económico, la lucha contra la pobreza de manera general). Pobreza y promoción de los derechos humanos son dos temas clave en esta etapa y África pasa a ser el continente donde la ONU desarrolla con mayor fuerza sus actividades económicas y sociales: creación del Centro Subregional de Desarrollo, la Comisión Económica de la ONU para África, orientación de fondos de las organizaciones de la ONU destinados para África, adopción de los Objetivos de Desarrollo del Milenio.
Con respecto a la seguridad, tras el fin de la guerra fría la ONU propicia operaciones de mantenimiento de paz en algunos países africanos para asegurar la transición democrática mediante elecciones libres, protección de los refugiados, eliminación de minas, reconstrucción, etc. No obstante, su forma de actuar ha suscitado poderosas dudas, dado que además en muchas ocasiones sus operaciones han sido un estrepitoso fracaso. La creación de la Unión Africana, con sede en Addis Abeba y centrada en la defensa de la paz y la seguridad, pretende ser una alternativa al papel desempeñado en este terreno hasta el momento por Naciones Unidas. Esta iniciativa ha tenido que enfrentarse a diversos problemas (falta de medios, de formación, saqueo por parte de las tropas a la población civil, ausencia de mandos fiables) que los han llevado a depender de nuevo de las fuerzas internacionales.
Junto a esta alternativa se han puesto en marcha otras como la Carta Africana de la Diplomacia Preventiva y del Mantenimiento de la Paz (Zorgbibe 2003), basada en la definición de principios africanos comunes, de mecanismos africanos para la prevención de conflictos y la elaboración de un pacto africano de seguridad colectiva.
2.2.- El drama de la emigración cualificada africana en las relaciones norte-sur. La inmigración en África se caracteriza por su horizontalidad, es decir, una buena parte de africanos se mueve dentro de África. Pero hay que destacar la emigración hacia el Norte, en particular la fuga de cerebros, estimándose que unas 74.000 personas, muchas de ellas tituladas universitarias, han abandonado en los últimos años el continente. Este fenómeno afecta a 18 países y supone más de un 20% del personal nacional formado y cualificado. Esta emigración tiene aspectos positivos y otros negativos.
Entre los primeros destaca el alivio para los países de origen que utilizan la emigración como alternativa económica, pues sus remesas originan unos 13.000 millones de dólares anuales, 232.000 millones para el conjunto de los países del Sur en el 2005. Estos ingresos superan en tres o cuatro veces la ayuda que reciben para al desarrollo.
Los aspectos negativos son, entre otros, la agudización de las desigualdades entre África y el resto del mundo y la pérdida social y económica nacida de la explotación del capital humano.
2.3.- La política exterior de los países africanos. Entre los años 1960 y 1990, la política exterior africana se fundamentaba en la bipolaridad, en los principios de buena vecindad, el panafricanismo, la no alineación, la lucha contra el apartheid y la dominación blanca. A partir de los años 90 adquiere una forma más independiente en torno al tercermundismo y al fortalecimiento de las relaciones interafricanas, para llegar a una actualidad marcada por una política de adhesión a los principios del “Consenso de Washington”, programas o Planes de Ajuste Estructural (PAE), políticas y economías de ayuda contra la corrupción, la violación de los derechos humanos y el autoritarismo. Por lo tanto la política exterior se encuentra en un periodo de transición mediante la adhesión a las leyes de corte neoliberal, la francofonía y la Commonwealth.
Hay una serie de factores internos que condicionan la política exterior de los estados africanos (la debilidad económica de muchos de ellos, su excesivo endeudamiento, la inestabilidad política crónica, el desorden interno, la dependencia de potencias foráneas o de los organismos financieros internacionales). Otro importante factor es la existencia de una multiplicidad de actores que, junto al estado o por encima de este, establecen relaciones con el exterior: organizaciones no gubernamentales, grupos de economía popular, multinacionales, misiones religiosas.
Los países africanos adoptaron el regionalismo como vía para salir del subdesarrollo, pero hay que distinguir dos fases en este proceso.
La primera se sitúa entre 1960 y 1980 y se caracteriza por las agrupaciones al margen de la influencia de las antiguas colonias: la Unidad Africana OUA, creada sobre la base del principio de igualdad soberana, para mediar en los conflictos africanos, y la Comunidad Económica de los Estados del África Occidental CEDEAO (1995), creada por 16 Estados de las antiguas colonias británicas, francesas y portuguesas para fomentar el comercio.
La segunda abarca el periodo desde 1980 hasta la actualidad, siendo su principal objetivo la incorporación a la globalización, siguiendo las recomendaciones del Plan de Acción de Lagos PAL (1980) a través de la creación de agrupaciones de carácter económico como la Comunidad Económica de Estados de África Central CEEAC (1983), la Comunidad para el Desarrollo del África Austral SADC (1992) y el Mercado Común de África Austral y Oriental en 1993.
La OUA fue sustituida en julio de 2002 por la Unión Africana UA, que prevé 17 órganos, entre ellos un Parlamento panafricano, un Tribunal de Justicia, un Banco Central, un fondo Monetario Africano y un Consejo para la Seguridad y la Paz. Se ha dotado de un plan de desarrollo, el Nuevo Partenariado para el Desarrollo de África NEPAD 2001, con apoyo del G-8, condicionado a las reformas democráticas. Su objetivo es la integración del continente en la globalización para reducir las desigualdades entre África y los países ricos.
El África subsahariana cuenta en la actualidad con más de 200 agrupaciones regionales, políticas, económicas, comerciales financieras, bancarias, comerciales y científicas, que han cosechado resultados significativos tanto en el aumento del comercio interafricano como en el desarrollo colectivo de los Estados miembros, siendo las infraestructuras de transporte uno de los mayores obstáculos junto con los aranceles de los países ricos.
La mayor parte de estas iniciativas apuestan por los acuerdos mutuos basados en el libre comercio, al igual que en otros continentes. En África actualmente el debate no parece plantearse sobre la base de si la integración regional puede o no ser instrumento de desarrollo del continente, la clave se encuentra precisamente en la falta de precisión sobre el modelo de integración, en sus vertientes económica, política y social. Así, los manuales de uso establecen una serie de diferentes fases, que van desde las áreas de preferencias arancelarias y de libre comercio hasta la unión monetaria y política, pasando por las uniones aduaneras y los mercados comunes. La discusión se centra en la necesidad de aplicación de instrumentos redistributivos o compensadores de los costes y beneficios entre las economías participantes.
Las dificultades del regionalismo africano obedecen a diferentes lógicas, tanto de carácter económico como político. A su favor juegan argumentos como los siguientes:
- La necesidad de ampliar el mercado y dar salida a las economías en escala.
- Potenciar la cooperación en sectores como las infraestructuras de transporte, energía y agua, dada la insuficiencia de estos recursos en países sin salida al mar, recursos fluviales compartidos, etc.
- El trazado de las fronteras irrespetuoso con las realidades culturales y sociales del continente, falta de conciencia nacional y el cuestionamiento del Estado.
Entre las dificultades, éstas son las más importantes:
- La escasa legitimidad de los gobiernos de corte dictatorial y autocrático.
- La falta de voluntad política de los representantes gubernamentales.
- La presión de grupos poderosos que temen perder poder económico en el país.
- Los abundantes problemas de inestabilidad política y social, interna y externa.
Ante estas dificultades y el fracaso de muchas de estas iniciativas “oficiales”, se debe empezar a mirar hacia la unidad cultural de las masas populares, para conseguir la integración desde las bases culturales de la sociedad africana. Otra vía que debería potenciarse es la integración de espacios regionales orientados hacia el fortalecimiento de los mercados internos para la cooperación Sur-Sur o la solidaridad con el Tercer Mundo.
2.4.- El agua en las relaciones interafricanas. Como en España, el agua en África es a la vez un factor de solidaridad y de rivalidad entre individuos y una importante fuente de conflictos debido a la magnitud de las necesidades no satisfechas, las urbanizaciones aceleradas y el crecimiento demográfico. Con respecto a su uso se ha llegado a cuatro acuerdos:
Organización para en Aprovechamiento del Río Senegal, para producir electricidad, controlar la navegación y el abastecimiento de agua para los cultivos.
La Comisión del Lago Chad, su principal objetivo es luchar contra la sequía en la zona, mediante sistemas de irrigación (equilibrar el suministro de agua y las restricciones necesarias sobre la expansión de zonas agrícolas).
En África austral, Sudáfrica es un país industrializado, necesita agua de otros países para satisfacer sus necesidades.
Proyecto de la cuenca de Nilo, que agrupa a 9 países.
2.5.- Las relaciones entre la Unión Europea y África subsahariana. Se han desarrollado desde 1975 hasta el 2000 en sucesivas convenciones de “Lomé” (el modelo de Lomé tiene como antecedente los esquemas de asociaciones de algunos países de la Europa accidental con los países de ultramar). Es un modelo de mercado que funciona de forma unidireccional por parte de los países europeos, que han ofrecido alguna ventajas comerciales de productos procedentes de estos países mediante el acceso preferencial no-recíproco al mercado europeo, siendo escasos los resultados obtenidos.
Para África, la Unión Europea representa su principal interlocutor económico, en un marco de dependencia comercial, financiera y sobre todo, de creciente influencia política. La UE supone en la actualidad un referente económico y político de primer orden en África. Europa es el principal socio comercial de África y destino del 51% de las exportaciones del continente negro.
La UE es además el principal inversor y donante de Ayuda Oficial al Desarrollo. África Occidental y África Central mantienen vínculos monetarios con el euro. Existen, por otro lado, importantes referencias políticas y culturales de origen colonial con bastantes países europeos, sin necesidad de hacer referencia a la población de origen europeo que habita en el continente.
Siguiendo el planteamiento clásico de la casi totalidad de los analistas podemos decir que las relaciones económicas y políticas entre la UE y África Subsahariana se han desarrollado desde 1957 hasta la fecha sobre la base de la combinación de tres factores: ayuda al desarrollo, cooperación comercial y cooperación política. Estas relaciones se encuadraron inicialmente en el marco de relaciones con los Países y Territorios de Ultramar (PTU) y posteriormente en las Convenciones Yaundé y Lomé. Actualmente, todo se rige por el Acuerdo de Cotonú.
3.- Los intentos de cooperación desde abajo: la economía popular y la emigración horizontal
Para resolver sus problemas de supervivencia diaria, librarse de la dominación y la explotación del Estado poscolonial, los desempleados africanos, tanto rurales como de los suburbios, han desarrollado la economía popular como modo de acumulación alternativo y expresión de la creatividad y fecundidad. Se trata de un movimiento de autoorganización de las comunidades campesinas, las microempresas… procedimientos alternativos en todos los aspectos de la vida tanto a nivel nacional como regional, que expresan una especie de “integración desde abajo”, es decir, el dinamismo de la otra África, a mano de los jóvenes, mujeres, campesinos y habitantes de las ciudades.
La integración desde abajo se expresa también a través de las migraciones horizontales. Este fenómeno nace por la necesidad de mano de obra en algunas regiones que han experimentado una crecimiento económico (Costa de Marfil, Tanzania, Kenia, Ghana, Sudáfrica, Nigeria, Gabón) o por los factores de expulsión debidas a conflictos en otras. Los flujos migratorios tienen tres formas principales: la migración política (busca de seguridad antes continuos conflictos), la migración económica y la migración étnica (por afinidades culturales), casi todos como consecuencia del carácter arbitrario y superficial de las fronteras y la ambigüedad política de la definición de nacionalidad.
4.- Dinámicas propias: agricultura y subsistencia.
En líneas generales la evolución de la agricultura se ha basado principalmente en las técnicas destinadas a asegurar la subsistencia básica de los habitantes de la zona, completándose con la ganadería y los recursos naturales.
Al contrario que la Europa Medieval, cuando grandes extensiones de tierra pertenecían de forma exclusiva a unos señores, los africanos establecían un método de acceso al capital natural que abarcaba más aspectos que el económico. El individuo tenía acceso a la tierra en función de su pertenencia a la comunidad, que reforzaba sus lazos de identidad sobre la base del uso y defensa del territorio común, estableciendo obligaciones que eran asumidas de forma recíproca para cada miembro, independientemente de la jerarquía establecida dentro de la sociedad.
El sistema africano de derecho consuetudinario sobre las tierras de una comunidad confiere el acceso para su uso, pero no permite la venta como si fuera una propiedad individual, entre otras muchas razones por los lazos establecidos entre el grupo y la tierra, donde están enterrados sus antepasados y moran sus dioses. Para muchos africanos desprenderse de la tierra heredada de sus familiares no es solo perder la condición de campesino, sino también renunciar a su identidad étnica y creencias religiosas. Con la colonización se puso en marcha el proceso del uso de la propiedad sobre la tierra, pasando a disposición de los colonizadores, que podían aprovechar los frutos tanto del suelo como del subsuelo, dando muerte a millones de animales, especialmente a los grandes mamíferos, y relegando a los africanos a tierras marginales. Cada golpe de la modernización en el mundo rural africano ha generado una profundización del subdesarrollo, con la única finalidad de crear estratos privilegiados de plantadores para materias primas a bajo precio que aprovechan las industrias de los países desarrollados, lo que origina la destrucción de los recursos naturales y el empobrecimiento cada vez mayor de la población campesina.
5.- Modernización africana: economía básica y urbanización.
El fenómeno de la expansión urbana es un proceso de cambio social. Las nuevas localizaciones demográficas recientes han producido un crecimiento de la población urbana superior al 4% anual, motivado entre otras cosas por el empobrecimiento y las pésimas condiciones de vida en las zonas rurales. Se ha creado un mito de la forma de vida de las ciudades, pero la realidad es totalmente distinta. Ellos tienen que crear lo que llamamos economía básica urbana como respuesta a la oferta y demanda ante la nueva situación.
La economía básica urbana, también llamada segunda economía del sector informal o popular, tiene un orden funcional como subsistencia para grupos de origen diversos. Se trata de familias o grupos de personas con intereses afines que conforman la unidad básica adulta y niños o, alternativamente, unidades encabezadas mayoritariamente por mujeres que han escapado al sometimiento de las reglas tradicionales de matrimonio y el control de la familia. Éstas forman con sus hijos nuevas familias extendidas encabezadas por las madres, basándose en el principio de diversificación de tareas y el principio de solidaridad recíproca, que permite superar momentos de penuria.
Sus actividades son enormemente variadas, entre ellas: transporte de pasajeros, comercio ambulante, oferta de alimentos cocinados, intermediación financiera, producción artesanal, reciclajes, etc. Los niños también tienen un cierto nivel de especialización, como la recogida en los estercoleros de objetos para reciclar, ayuda a cargas y descargas, transporte de bienes, etc.
6.- Acumulación de subsistencia. Sistemas financieros básicos.
En el mundo rural existe una clara noción del ahorro y su finalidad como capital disponible, mediante acumulación de productos agrícolas para satisfacer las necesidades entre cosechas. También se utilizan los sistemas de ahorro rotatorios que en cada país tienen su propio nombre. El más común es la “Tontina”, basada en la capitalización monetaria para el mayor rendimiento del dinero. Éstas permiten mantener el ahorro del día o semana fuera del alcance de las familias, siendo el principal sistema de ahorro popular en África, sobre todo en las ciudades donde no se puede ahorrar con productos agrícolas o ganaderos.
El principal problema de la acumulación de dinero es más la pervivencia del capital que su rendimiento. Este problema lo han solucionado de la siguiente forma: entregan diariamente a una persona de confianza la cantidad de dinero ahorrado, aunque sean céntimos. De esta forma queda fuera del alcance de la familia, que después de varias semanas o meses lo puede recuperar para emplearlo en lo que previamente hayan consensuado entre todos los miembros.
Otro sistema, empleado principalmente por las mujeres que se dedican al pequeño comercio, son los depósitos diarios entregados a personas de confianza al final de cada día. Éstas reúnen todos los ahorros de los distintos comerciantes que los han depositado y negocian con el banco los intereses de los mismos, obteniendo algún rendimiento o mejores condiciones para negociar posibles prestamos para su red de ahorradores.
El dinamismo y versatilidad de las “tontinas”, los sistemas de depósitos de confianza, son una demostración más de la capacidad de la población africana, para hacerle frente a sus problemas, creando instituciones que parecen poco académicas pero muy eficaces para ellos, poniendo en evidencia la rigidez de las instituciones de estudio y planificación cuando diseñan las políticas de desarrollo en África. El capital financiero es un medio indispensable para el desarrollo de África. Sudáfrica es el único país africano con un sistema de captación de ahorro seguro y eficiente, que disfruta de dinero disponible para financiar la expansión de su producción, la educación, la investigación, la sanidad etc.
7.- África subsahariana y diáspora africana: género, desarrollo, mujeres y feminismo.
Las diásporas africanas nos permiten reflexionar sobre el papel de las mujeres como agentes de estos y otros procesos. Ellas protagonizan estrategias de resistencia antes las imposiciones del sistema colonial, con los consiguientes cambios en la organización productiva y reproductiva. Estas resistencias feministas y femeninas traen al primer plano las construcciones nacionales, las revoluciones de género, así como la lucha por la igualdad.
Las mujeres africanas están ubicadas en formaciones sociopolíticas concretas, son las que vierten grandes expectativas sobre la descolonización y la construcción de la “nación” a la vez que del Estado y el desarrollo, entonces como en la actualidad.
El interés por el estudio de las mujeres africanas surge a partir del trabajo de Esther Boserup con su libro “La mujer y el desarrollo económico”. En él expone dos conclusiones: la primera, el estatus de la mujer africana había descendido considerablemente con el colonialismo, y la segunda, las mujeres africanas habían ocupado posiciones claves en los sistemas productivos y reproductivos africanos. Las mujeres son sujetos centrales en las economías, las sociedades y las culturas africanas. Un informe de Naciones Unidas (1974) revela la importancia de las actividades económicas femeninas ya que son el 70% de la mano de obras en la producción alimentaria, el 60% en el comercio y el 50% en la ganadería. El 100% del proceso total de alimentos es realizado por mujeres.
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Las iniciativas procedentes de la economía informal nos permiten atisbar un mínimo de esperanza en un panorama tan sombrío como el africano. Al menos, están procurando la subsistencia a grupos a los que el sistema capitalista condena directamente a la desaparición. Sin embargo ¿tienen esas iniciativas capacidad para agujerear el sólido paraguas de este sistema? ¿Pueden contribuir a su transformación o cuando estén en condiciones de hacerlo serán absorbidas o neutralizadas por el mismo? El destino de experiencias parecidas, como por ejemplo la de Argentina durante y después de la reciente crisis, no invita precisamente al optimismo. Una vez desaparecida la situación que propició el nacimiento de esas alternativas, también ellas se disolvieron en el caldo de la economía “normal”. Por otra parte, la misma gravedad de la situación africana, esos 800 millones de personas que tan sólo representan el 2% del PIB mundial, hace muy difícil que estas pequeñas experiencias puedan suponer una solución global. Ciertamente han conseguido algo que el capitalismo no ha hecho, ofrecer una oportunidad de supervivencia a comunidades de personas que de otro modo ya hubieran muerto, pero no sabemos hasta qué punto podrán seguir creciendo al margen del escenario económico mundial, ni si serían aceptadas como modelo económico por un mundo desarrollado con una jerarquía de necesidades tan diferente a la de los africanos. Lo que muchos africanos aceptan como un nivel de vida aceptable sería con toda probabilidad insoportable para un europeo, un japonés o un norteamericano.
Durante varias décadas, los teóricos de la dependencia defendieron la necesidad de que los países pobres optasen por un sistema autárquico que los protegiese de la asimetría que preside las relaciones internacionales, una asimetría en la que ellos eran los perdedores y los expoliados. No era cierto que no estuvieran integrados en el escenario internacional, lo estaban (y lo están) de un modo perverso, para ser despojados. Frente a esta situación, los países pobres debían centrarse en sí mismos, crear espacios de cooperación interregionales y buscar un desarrollo basado en la subsistencia. Una vez que ésta estuviese garantizada, ya veríamos cómo se recuperaban las relaciones exteriores desde un marco más igualitario. La realidad del mercado y el poder de los países ricos se encargaron pronto de desmontar esta utopía. Las iniciativas de unión económica y política han tenido muchas dificultades para avanzar y la capacidad de negociación frente al Norte es escasa. No obstante, se van dando pequeños pasos como el reciente rechazo de los acuerdos de partenariado impuestos por la UE, profundamente injustos para los africanos.
A pesar de todo lo expuesto, las fórmulas de producción, ahorro, financiación y redistribución de las economías informales africanas poseen un inmenso valor en el contexto en que se desarrollan, un contexto en el que los estados son correas de transmisión de los intereses externos, en el que la ayuda oficial (la más cuantiosa) llega a dichos estados y en el que no existen prácticamente sistemas financieros regulados. De hecho, esta economía informal es tal vez la economía más real, porque es la que beneficia al África real. Por eso, frente al oficialismo de la ayuda de los estados, las ONGs llevan años apoyando este tipo de iniciativas, basadas en recursos culturales tradicionales que el capitalismo –afortunadamente- nunca llegó a destruir del todo. Sin embargo, no debemos olvidar que la ayuda de las ONGs supone sólo el 2% del total y que su capacidad de intervención es limitada.
Junto a la ayuda de las ONGs, la otra ayuda que llega al África real son las remesas. El volumen económico de éstas ha superado ya el de toda la ayuda oficial al desarrollo. De ahí su importancia para las economías de los países de origen. No obstante, el dinero procedente de la inmigración tiene como contrapartida la pérdida de capital humano y el enorme sacrificio de una generación con ganas de trabajar y con la capacidad de ahorrar y enviar dinero contando con los peores salarios en los países ricos.
Por otra parte, debemos tener presente que África no es una realidad uniforme; dentro de ella también hay norte y sur, delimitado por el desierto del Sahara. En la década de los noventa, con la caída del régimen del apartheid, surgió la esperanza de que Sudáfrica pudiera actuar como motor de desarrollo del conjunto del África subsahariana, pero la realidad ha sido bastante más tacaña que ese sueño. El gobierno del Congreso Nacional Africano fue incapaz de extender el bienestar a la mayoría negra y todo quedó reducido a la incorporación de un pequeño sector de la población africana a la clase media, hasta ese momento casi exclusivamente blanca.
También se ha hablado mucho del importante papel de las mujeres en las economías africanas. Los porcentajes manejados en la exposición dan buena prueba de ello, así como el hecho de que ellas sean las destinatarias de la mayor parte de los microcréditos. Sin embargo, en su mayoría siguen estando sometidas al varón y su margen de maniobra en los espacios formalizados sigue siendo escaso.
Se nos ha vendido la idea de que el sistema capitalista es el mejor porque produce un mayor desarrollo pero África nos demuestra que eso es falso. Es verdad que ha permitido un desarrollo tecnológico sin precedentes a nivel mundial pero también ha traído consigo una inversión de los fines y los medios. Para el capitalismo, la reproducción de la vida no es el fin, el fin es la obtención del beneficio incluso a costa de la vida misma y eso significa que la acumulación muchas veces no garantiza la supervivencia. En África podemos ver que la economía informal, que muchos podrían considerar periclitada, es la única capaz de asegurar la supervivencia en circunstancias extremadamente adversas. En esas fórmulas hay algo que todos podemos aprender aunque, probablemente, seamos incapaces de hacerlo.
Cambios políticos en África (sexta sesión)
La sesión de abril del seminario interno estuvo dedicada al tema “Cambios políticos en África”. Juan Carlos García Domene se encargó de introducirla a partir de las siguientes obras:
Roca Álvarez, Albert (ed.): La revolución pendiente. El cambio político en África. Ediciones de la Universitat de Lleida, 2005.
Iniesta, Ferrán (ed.): África en diáspora. Movimientos de población y políticas estatales. Fundación CIDOB, Barcelona 2007.
La tesis central que defienden los trabajos manejados durante esta sesión es la existencia de una revolución pendiente en África y lo que se discute es de qué tipo de revolución estaríamos hablando, de si son exportables los modelos occidentales y de cuál sería el sujeto emancipatorio africano protagonista de ese cambio.
A la hora de plantearnos estos interrogantes debemos hacer frente a varias cuestiones:
1.- La primera tiene que ver con esa idea de “revolución pendiente”. Como ya hemos comentado en sesiones anteriores, África no ha pasado por los procesos que condicionaron la modernidad en los países occidentales (Revolución Francesa, Revolución Industrial y Revolución socialista). Eso no quiere decir, sin embargo, que el continente haya permanecido ajeno a sus consecuencias, de las que se ha llevado la peor parte (incorporación al mercado capitalista en calidad de expoliados, destrucción de las economías tradicionales por la imposición de modelos productivos ventajosos para los países ricos, explotación de sus materias primas y de su capital humano a través de la inmigración sin que los beneficios reviertan apenas en los países de origen). En la mayoría de las ocasiones, África sufre la modernidad occidental o la ve pasar por encima de ella, como ese gran tendido eléctrico que sigue la ribera del río Congo hasta las minas, sin alumbrar ni una sola de las aldeas que encuentra a su paso. Y si en lo económico la revolución pendiente condena a África al papel de víctima del capitalismo, en el terreno político hace difícil el asentamiento de regímenes democráticos, íntimamente ligados a la economía de mercado, que es la que posibilita la existencia de un sistema impositivo que a su vez hace posible la existencia de un estado fuerte (o no tan fuerte, ya que este termina siendo esclavo de los intereses de los grandes grupos económicos que no suelen preocuparse demasiado por el bien común). De hecho, las diferentes taxonomías que aparecen en la bibliografía manejada muestran lo minoritario de las democracias pluripartidistas en el panorama político africano.
Naomi Chazan y Donald Rotschild hablan de seis sistemas gubernamentales en los que encontramos:
• Regímenes administrativos hegemónicos (Kenya y Camerún).
• Regímenes de partido movilizador (Ghana de Krumah, Guinea de Seku Turé, Tanzania de Nyerere, Zimbabwue de Mugabe).
• Regímenes de partido centralista (Angola, Mozambique, Etiopía).
• Regímenes personales y coercitivos (Uganda de Amín Dada, Bocassa, Zaire de Mubutu).
• Regímenes populistas (Ghana de Rawlings o Burkina Fasso de Sankara).
• Regímenes populistas (Senegal, Botswana y Gambia hasta 1994).
En otra clasificación, Michel Bratton y Nicolas van de Walle hablan de:
• Sistemas monopartidistas plebiscitarios.
• Oligarquías militares.
• Oligarquías de colonos.
• Sistemas multipartidistas.
Para Albert Roca, es imposible que África pueda llegar al mismo lugar que Europa sin pasar por los procesos que Europa ha pasado, pero tal vez haya que pensar en un camino diferente, en el que puedan tener un especial protagonismo unos movimientos sociales y las experiencias alumbradas por la economía informal. No obstante, ya hemos puesto de manifiesto en otras sesiones la actual debilidad de los movimientos sociales africanos y la escasa capacidad de la economía informal para ir más allá de la supervivencia de pequeñas comunidades.
2.- Junto a esa revolución pendiente, otra clave condiciona el devenir político africano y las posibilidades de cambio. Se trata del conflicto. Después de cuarenta años de independencia nos encontramos ante un panorama caracterizado por el bajo desarrollo económico, la urbanización descontrolada y un altísimo índice de conflictividad social en todos los países africanos. A esto se unen las malas fronteras, los problemas étnicos y el controvertido papel de las potencias extranjeras, que durante años utilizaron África como parte del tablero donde se jugaba la hegemonía mundial y que, en tiempos de posguerra fría, se dedican a apoyar a aquellos regímenes más cercanos a sus intereses a través de la ayuda al desarrollo. En la mayor parte de las ocasiones, estos conflictos han sido intraestatales aunque han acabado afectando a estados vecinos, precisamente por esa artificialidad de las fronteras. Por otra parte, casos como el de Somalia nos hablan de conflictos de larga duración en los que las soluciones son cierres en falso que imposibilitan la construcción de algo parecido a un estado y que vuelven a abrirse al cabo de unos años.
3.- El tercer factor que entra en juego a la hora de hablar de cambio político en África tiene que ver con la ambigüedad del concepto de revolución y con el destino de la mayor parte de las revoluciones conocidas. ¿A qué nos referimos exactamente cuando decimos que África tiene una revolución pendiente? ¿Son la igualdad y la justicia parte de esa revolución? ¿Hablamos todos de lo mismo cuando utilizamos el término? ¿Cuáles han sido las consecuencias de los procesos revolucionarios?
Para Roca (2005, pág. 31) “Tras la caída del telón de acero, la democracia ha sido ampliamente aceptada en la forma surgida tras las revoluciones burguesas con lo cual se haría innecesaria la revolución socialista, es decir, la revolución pendiente por excelencia en tantos lugares de mundo durante el siglo XX o la revolución fracasada allá donde se instauró el “socialismo real” en cualquiera de sus formas. La revolución se habría visto reemplazada –felizmente, según muchos– por una miríada de reformas y “tutelas democratizadoras”. (…)
Esta sustitución es coherente con una supervivencia muy común del vocablo. Hacia el futuro, la palabra revolución ha sido en general “desocializada” y se aplica sobre todo a la innovación tecnocientífica y sus efectos en el estilo de vida o, en menor medida, a los cambios en la psicología de los individuos. Esta acepción y sus enfoques reformistas encajan perfectamente con la revolución “domada” que se le propone a África, y que algunos africanos también demandan. Domada no equivale a armoniosa o sin traumatismos, sino que el uso del adjetivo quiere señalar que la dirección del movimiento revolucionario africano dependería en última instancia de los expertos, de los innovadores técnicos profesionales.
Vemos, por lo tanto, que el término “revolución” posee una fuerte carga connotativa pero también un alto grado de indefinición que se ha acentuado en estos tiempos de “desideologización reideologizada”, porque despojar al término revolución de su componente revolucionario y relegarlo a lo técnico o lo individual es una opción ideológica clara. Los interrogantes que nosotros nos planteamos no tienen que ver con esta acepción del término, sino con aquella más tradicional, que solemos relacionar con dos hechos clave en la historia europea: la Revolución Francesa y la Revolución rusa, cada una de ellas un mundo y cada una de ellas a su vez con un mundo de revoluciones dentro. Aun así, en ambas podemos encontrar una serie de nexos que son los que nos permiten discutir sobre el concepto.
En principio, una revolución supone un cambio radical que, a su vez, se desea estable en los logros. Sin embargo, la experiencia nos demuestra que esa segunda parte raras veces se hace realidad ya que la fase postrevolucionaria suele acabar en un régimen totalitario que niega todo aquello que se pretendía con el cambio. El ideal revolucionario asume que su fin es la toma del poder para iniciar desde esa posición privilegiada la transformación social, presuponiendo que las herramientas utilizadas para alcanzar ese poder son neutras. Pero la dialéctica entre medios y fines es contaminante y la violencia en los medios acaba contaminando la propia consecución de fines. Esta dificultad se suma a todas las que ya hacen casi imposible la existencia de una revolución de estas características en África.
La tradición revolucionaria europea parte de la construcción de unos intereses colectivos conculcados y de una narrativa sobre causas de esa conculcación y sobre posibles logros que traerá consigo el proceso revolucionario. La elaboración de esa narrativa depende de unas elites que lideren el proceso y diseñen estrategias de acceso al poder. En muchos casos, ese mismo proceso se lleva a cabo de forma dominadora, expropiando a los sujetos de una construcción propia. A los peligros que este hecho conlleva debemos añadir un problema más en el caso de África: ¿cuál sería el sujeto emancipatorio protagonista de esa narrativa revolucionaria africana? Es evidente que no es el proletariado, porque en África no hubo revolución industrial ni capitalismo a la europea, con lo que no hay una clase obrera. Algunos autores, entre ellos los recogidos en el libro de Ferrán Iniesta, proponen la sustitución de la clase por la etnia, algo problemático si tenemos en cuenta que algunas de estas rivalidades étnicas son fruto de un proceso de construcción en el que han tenido que ver terceros a lo largo del tiempo (recordemos lo visto al analizar el conflicto de Liberia) y que no siempre las diferencias étnicas se identifican con el binomio opresor-oprimido tan claramente como en Sudáfrica (los tutsi pasaron de ser opresores a ser oprimidos en Ruanda, por ejemplo).
En síntesis, el modelo europeo no es exportable a África, ni el de revolución, ni el de economía ni el de Estado. Ni siquiera los casos que se ponen como ejemplo, como Sudáfrica, han alcanzado los mínimos de los regímenes europeos. Puede que unos cuantos negros hayan accedido a la clase media, pero la mayoría siguen siendo extremadamente pobres. En el plano económico hemos visto en otras sesiones el pequeño atisbo de alternativa que pueden suponer las iniciativas procedentes de la economía informal, pero ¿hay algo similar, por débil que sea este rayo, en el plano político? Hoy por hoy nos resulta muy difícil verlo.
Pensamiento y cultura africanos (séptima sesión)
La sesión séptima del seminario corrió a cargo de Consuelo Paterna, tomando como base el libro Pensamiento africano. Cultura y sociedad (Emmanuel Chukwudi Eze (Ed.). Barcelona. Ed. Bellaterra)
El libro nos adentra en el terreno ideológico moderno de África, un recorrido por el pensamiento africano y algunas de sus figuras más importantes; un pensamiento desconocido y de apenas interés para el mundo occidental, centrado más en las músicas y arte africano que en la propia filosofía del continente.
Se trata de esta forma de dar a conocer los equivalentes africanos de Marx, Smith o Hobbes, al margen de la tan difundida idea de parte de una antropología que ha preferido dar más énfasis a las cuestiones tradicionales de la cultura en relación a la mentalidad supersticiosa. Estos pensadores africanos vivieron y participaron política e ideológicamente durante la época de la descolonización, promoviendo una revolución intelectual hacia el cambio social, a pesar de que la realidad les marcó otro camino y se rindieron al pragmatismo.
Actualmente, los pensadores contemporáneos tienden a explicar los actuales gobiernos africanos a partir de circunstancias del pasado, culpando a éste de todos los males del continente.
1.- El concepto de hombre nuevo en Nigeria
¿Cuál es el concepto de africano de hombre bueno? Esta es la pregunta con la que comienza el capítulo, con una reflexión sobre lo que es digno de admiración y de respeto, sobre lo que se fundamenta el buen comportamiento.
La estructura moral de los hausa podemos analizarla a través de su lengua y literatura, las tradiciones, proverbios e incluso de los conocimientos de política.
Kirki: la bondad intrínseca del individuo se halla en su carácter, es una cualidad interior. Las cualidades físicas y heroicas no son indicadores válidos de la calidad humana interna. Para los hausa el carácter es lo más importante del ser humano. Y los proverbios, como máximo exponente de la cultura de grupo, nos aportan información muy valiosa sobre la asociación del carácter y su manifestación externa: “si el carácter es tranquilo... el exterior será agradable”
Esta bondad interior puede ser innata, y un hombre bueno goza de prestigio en la comunidad, de estima, de honor en el marco de las interacciones sociales si dispone de ella.
Otro de los conceptos frecuentemente utilizados por los hausa es el de “verdad”, y la verdad es prioritaria en el concepto de hombre bueno: “una mentira puede causar más dolor que una lanza”. La honradez debe ser el dogma que gobierne las relaciones con los otros y con uno mismo, ya que una persona honrada confiere absoluta confianza.
El mantenimiento de la palabra se encuentra incluso en la educación de los niños/as, la escolarización refleja todos estos conceptos o virtudes de una persona definida como buena. Confiar unos en otros es la base de la moralidad.
La generosidad, frente a la avaricia, es otro don de esta sociedad campesina, influenciada por el respeto a las estaciones climáticas que harán posible una agricultura de subsistencia. Quien derrocha no es digno de honradez. Pero esta generosidad de dar regalos a los necesitados es diferente a las limosnas ofrecidas por lo religioso, quedando esto último al servicio de Dios.
La paciencia, otro rasgo significativo del hombre bueno, entendida como resignación y aceptación de la suerte o el sino de cada uno. Todo sufrimiento llega a su fin – la paciencia es el remedio universal-.
Para finalizar la descripción de cualidades de un hombre bueno hay que señalar que éste debe disponer de gran talento y perfección (tiene sentido común, razonamiento maduro, tiene modales, un correcto sentido de la vergüenza, actúa juiciosamente, sabe cómo debe comportarse en cada momento y sabe de la modestia).
Si no se cumplen estos preceptos en la sociedad hausa se puede uno sentir verdaderamente humillado.
Se debe ser veraz, digno de confianza, motivado por la generosidad, paciente, todas sus acciones son fruto del juicio sobrio y del sentido común y se traducen en modales intachables. El modo en que un hombre trata a sus semejantes es de tal forma que no le importa la posición social de éstos, tan sólo se valora de las personas si son buenas o no cumplen con las cualidades de la bondad.
Humillar a una persona es el pecado más grave de la sociedad hausa. Y este maltrato social se suele llevar a cabo mediante el abuso. Aquellas personas que utilizan una “mala lengua” no serán elegidas para ciertos puestos o papeles en la sociedad.
Por último, la conducta religiosa islámica abarca toda la vida. El aprendizaje islámico es muy relevante. Se suele decir que el hombre bueno debe ser “temeroso de Dios”.
De lo citado, ninguna de estas virtudes morales llega a ser universal, excepto el concepto de Verdad.
2. Individualidad, comunidad y orden moral
Para entender el significado de lo individual en relación a la comunidad basta analizar cómo llega un nuevo miembro a la familia y a la comunidad. Los primeros brazos que reciben a un niño son los de las mujeres adultas de la unidad doméstica. Ellas lo introducen en la familia con alegría y júbilo, la madre sólo podrá tocar al niño para amamantarlo, pero el pequeño está seguro en las manos de esas primeras mujeres. Al séptimo día el pequeño recibe su nombre y se hace una ceremonia. Para el nombre se tienen en cuenta las tradiciones familiares. La importancia del bebé como individuo singular se concilia con su pertenencia a una familia, y el nacimiento es un episodio significativo en la existencia de la propia familia. El niño crece concienciado de ser miembro de la familia, y así comienza a interiorizar sus normas. El espacio físico, recintos circulares, los cuartos donde duermen, donde juegan, la interacción con los miembros de la familia, los castigos por parte de cualquier miembro, etc. favorecen ese sentido de pertenencia. Todo el mundo interviene para decidir ante un conflicto o desacuerdo. Se crece en continua interacción, contrastan su relación intrínseca con los otros y la existencia interdependiente de sus vidas junto con las del resto. Así surge el freno al individualismo.
No es que la comunidad se imponga al individuo inflexible; es el propio individuo, por medio de la socialización, el amor y el cuidado que la unidad doméstica le confiere, quien no puede mantenerse al margen de la comunidad.
Se valora a los individuos por sí mismos y como eventuales contribuyentes a la supervivencia de la comunidad. El acento se pone en la utilidad para el sujeto y para la comunidad (pero quien define la utilidad para el sujeto es la propia comunidad, no él mismo).
Todos los miembros de la comunidad deben ejercer la solidaridad, el desinterés y la cohesión, no pudiendo dejar nunca que dos personas discutan o que haya tensión sin mediar. Tampoco existen propiedades privadas, todo pertenece a la comunidad.
También gobierna el principio de reciprocidad, la cooperación mutua, y de este modo no hay conflicto entre individuos y comunidad, aquél sabe que se sacrifica a favor de lo comunitario porque a cambio recibirá todo lo que necesite de ella. Esto no quiere decir que no existan conflictos entre sus miembros, incluso maltrato o percibir que se ha sido injustamente tratado. En estos casos los mayores interfieren e intentan aplicar ciertos principios morales o normas, pero siempre, toda decisión debe tomar como referencia el bienestar de la comunidad.
Fundamentos de la moral
En África existen varios pensamientos al respecto:
- La religión es la fuente y fundamento de la moral, en contra de que sean la escuela y el sentido común los agentes socializadores de los principios morales.
Los africanos viven en un universo religioso y sus acciones deben estar guiadas por éste.
- Otros aseguran que la religión y la moral deben ir por separado (sociedad akan de Ghana). Una cosa es afirmar que hay influencias religiosas en las conductas morales y otras decir que la religión es el fundamento de su moral. Incluso se podría decir que un nivel de moralidad concreto puede despertar una inquietud religiosa. A veces la moral es más pragmática que religiosa, por ejemplo, morir en paz en los yoruba es algo muy valorado, y las malas personas tendrán un final doloroso, y las buenas tras la muerte gozarán de una dichosa vida, y esto más que un fundamento religioso (aunque se vale de la religión como estímulo) es una cuestión pragmática y mundana.
3.- Sobre la violencia
Se describe la relación entre el proceso histórico de la descolonización y la violencia, entendiéndose éste como una liberación de la situación de colonización. El autor confiere una visión positiva a dicho proceso (descolonización), aunque para ello se hayan tenido que utilizar las armas.
Las consecuencias del proceso colonizador hicieron ver al nativo que su vida, su aliento y su corazón son iguales al del colonizador, y que la piel blanca no tiene más valía que la suya. Ahora se trata de lo contrario, de africanizar a los europeos.
4.- La moral y el valor de la vida humana
Una gran parte de lo que llamamos discurso moral tiene que ver directamente con el hecho de procurar un tipo adecuado de justificación para una acción, real o propuesta, de un individuo o un grupo de personas, o indirectamente, una institución. Las justificaciones morales deben ser aceptadas por toda la sociedad, ya que invocan a sus propios valores. Los valores fundamentales sirven como principios de la determinación de los valores morales.
En las sociedades donde se piense que la moral es una empresa racional, el rol de principio regulativo irá ganando importancia, mientras que en sociedades rígidas de tipo tradicional, donde la moral se identifique con una forma de comportamiento prescrita, el rol del principio regulativo necesita una revolución.
Se desarrolla toda una base analítica del juicio moral, de cómo justificamos las acciones desde la moralidad.
Los valores morales fruto de una moral racional deben reflejar aquello que entendamos que expresa la perfección de la condición humana, pues es lo que tenemos que valorar en todo momento.
5.- El razonamiento moral frente al razonamiento racial
Comienza el autor describiendo una situación en la que plantea que la mayoría de los políticos blancos son incapaces de hablar con franqueza acerca de la raza y de la identidad sexual. Por otra parte el liderazgo negro estaría falto de coraje al disponer igualmente de un discurso vulgar sobre ello.
Se plantea un análisis de la elección por parte del presidente Bush para el Tribunal Supremo de Clarence Thomas, una persona de raza negra considerada por la comunidad negra como de bajo nivel para el cargo. Nadie públicamente manifestó la falta de cualidades del elegido, mientras que si hubiese sido blanco la comunidad negra sí hubiera ido en su contra. Este silencio obedece a varias razones, entre ellas la compleja relación entre la reivindicación de la autenticidad racial con la mentalidad de cierre de filas que se está abriendo paso cada vez más en la América negra, así como que Thomas fue un luchador por dicha autenticidad racial, y la estimulación del conservadurismo cultural negro (orden patriarcal y homofóbico) por parte de la comunidad negra.
En definitiva no se puso en cuestión esa línea de pensamiento y razonamiento racial, pues quizá Thomas es sólo negro externamente.
Este discurso del razonamiento racial debe sustituirse por principios éticos y políticas sensatas. ¿Qué significa una autenticidad negra? En América la negritud significa encontrarse mínimamente sometido a la supremacía blanca y ser parte de una cultura y una comunidad ricas que han luchado contra ese abuso. Todos los americanos negros tienen algún interés en hacer frente al racismo. De ahí que la negritud constituya un constructo político y ético.
Las reivindicaciones de la autenticidad racial se anteponen a los argumentos políticos y éticos, y ello no hace más que subrayar las historias de abusos y de lucha de los negros. En definitiva, se utiliza la victimización racial.
El autor trata de explicar cómo esta relevancia de la raza está ocultando el problema y la situación de las mujeres negras.
Sólo algunos negros son merecedores de posiciones sociales buenas, aquéllos que siguen las reglas del juego de América, y seguir siendo conservadores.
6.- Ontología bantú
Los bantúes dicen que su propósito es obtener vida, energía o fuerza vital, vivir vigorosamente, y ello es objeto de las oraciones y las invocaciones a Dios, a los espíritus y los muertos (magia, hechicería o remedios mágicos).
La fuerza es entendida como la integridad de nuestro ser. Piden fortalecer la energía vital de la persona. Y los espíritus de los primeros antepasados, muy exaltados con el mundo sobrehumano, poseen una fuerza extraordinaria dado que son los fundadores de la especie humana. Cada ser ha sido dotado de una determinada fuerza por Dios, capaz de fortalecer la energía vital.
La enfermedad y la muerte proceden de una fuente externa a nosotros que nos debilita mediante su fuerza mayor.
Los ritos mágicos sirven para fomentar esta energía, y sienten miedo de convertirse al cristianismo, por si acaso la pierden.
El ser es concebido como una categoría de fuerzas. La fuerza es un elemento necesario del ser, al contrario de lo que se piensa en occidente, donde se piensa que pueden ir por separado.
Para los bantúes Dios es la gran Persona, la gran fuerza vital, poderosa y sabia.
Además, existe una clasificación de fuerzas en el universo, la humana, la animal, vegetal y la de los minerales, y esta clasificación hay que respetarla, no intentando considerar a las fuerzas superiores como nuestros iguales.
Los europeos han mantenido que la filosofía de los africanos dice que los seres adquieren poder para actuar sobre otros seres o fuerzas por medio de la intervención de espíritus, pero esto no existe en la mente de los africanos. Los muertos sólo intervienen para dar a conocer a los vivos la naturaleza y atributos de ciertas fuerzas, pero por ello no cambian tal naturaleza o atributos, pues éstos están predeterminados en tanto que forman parte de la fuerza de que se trate. Dios crea las fuerzas pero la intervención de los dioses o espíritus no altera nada, tales cambios son una idea del hombre blanco.
7.- La cuarta etapa: el origen de la tragedia yoruba
La búsqueda persistente del sentido de la tragedia es lo que nos devuelve a la profundidad de nuestros orígenes.
Para los yoruba, los dioses son la medida de la eternidad, como los humanos lo son de la fugacidad terrenal. El elemento de eternidad para los yoruba no tiene el mismo significado que para la cultura cristiana o budista. El yoruba no está preocupado por los aspectos puramente conceptuales del tiempo, pero no se trata de una abstracción, la vida presente alberga en su seno manifestaciones de los antepasados, los que están vivos y las generaciones venideras. Todos ellos se encuentran en presentes en los afectos de la vida.
El ser humano padece por la consciencia de la pérdida de la esencia eterna de su ser y debe permitirse transacciones simbólicas con objeto de recuperar la totalidad de su ser. La tragedia es la agonía de esa ruptura, la fragmentación de la esencia del yo. Su música es el llanto afligido del alma ciega del hombre, cuando éste lucha por mantenerse a flote en el vacío y se precipita hacia un profundo abismo de falta de espiritualidad y rechazo cósmico.
8.- ¿Dios ha de continuar siendo griego?
¿Por qué Dios es tan griego para la mayoría de los cristianos?
Lo griego explica el modo en que los cristianos piensan intelectualmente sobre Dios y hablan sobre él teológicamente, ya que ese pensamiento y discurso han sido conformados y precisados por el antiguo pensamiento filosófico griego. En este sentido, la teología cristiana ha dado a Dios un carácter étnico o etnocéntrico griego.
Posteriormente el capítulo describe cómo la hegemonía europea ha clasificado a las culturas indígenas aborígenes y sus tradiciones como primitivas, con el fin de crear una jerarquía intelectual e histórica de pensamiento, de distanciarse de lo que percibe como pensamiento subdesarrollado y justificar una moral paternalista hacia las culturas y cosmovisiones “primitivas”.
Por otra parte la propagación de la fe cristiana en África es incluso más impresionante cuando se piensa en el rápido crecimiento de las iglesias independientes africanas. Y esas iglesias han cambiado radicalmente el cristianismo recibido de los colonizadores europeos.
Las iglesias independentistas se concentran sobre todo en el África subsahariana en lugar de hacerlo en el Norte, en Egipto o Etiopía, donde la fe fue sembrada hace mucho tiempo.
Igualmente se menciona el caso del Caribe donde se mezclan las culturas indias originarias, las europeas y las africanas, dando lugar a sus tradiciones religiosas.
El autor se plantea si realmente estas nuevas formas de cristianismo pueden ser consideradas como legítimas y auténticamente cristianas, bajo el prisma del pensamiento y patrones religiosos grecorromanos.
¿Deben los cristianos del tercer mundo imitar a europeos y norteamericanos para ser considerados apropiados para la formación del pensamiento cristiano? Y entonces ¿Dios ha de continuar siendo griego, debemos seguir esta doctrina en el cristianismo?
9.- El problema del mal: una perspectiva akan
Los pensadores akan sostienen que el mal moral es fruto del ejercicio del libre albedrío por parte del hombre. El problema del mal parece ser más complejo en el pensamiento akan que en el de Occidente, ya que mientras en éste el problema del mal gira en torno a Dios, para los akan el problema gira en torno al Ser Supremo y las deidades (espíritus menores).
En Occidente Dios es completamente bueno y debería estar dispuesto a eliminar el mal, para los akan aunque Dios sea bueno ello no es incompatible con el hecho de la existencia del mal moral. Dios y el mal estarían en terrenos diferentes.
Para los akan las fuentes del mal serían las fuerzas sobrenaturales como fuerzas mágicas, practicantes de brujería, etc., y la propia voluntad de la humanidad. Estos espíritus fueron creados por Dios pero gozan de existencia independiente con sus propios deseos e intenciones. El Ser Supremo no da origen al problema del mal. Sin embargo, esta conclusión es prematura e insatisfactoria desde el punto de vista filosófico (según el autor Busia), ya que ¿por qué Dios creó los poderes malos o por qué les deja existir? Dios podría haber creado seres humanos o espíritus menores que sólo hicieran el bien. La respuesta es que decidió crear a seres que pudiesen elegir entre el mal o el bien. La creación de una racionalidad supone crear seres humanos con esta libertad. Y los akan prefieren la creación de un ser humano con esta racionalidad en la elección.
10.- Mujeres y hombres de raza negra: unidos en los noventa
El capítulo consiste en un diálogo entre sus dos autores sobre la creencia religiosa y la crisis de fe ante hechos dramáticos en nuestra vida, tratando de ver en el dolor una fuente importante de poder para reciclar nuestra fe y nuestras creencias religiosas.
Asimismo hacen un balance de la lucha de liberación por parte de la comunidad negra y revisan nuestras crisis existenciales procedentes del sistema capitalista, el individualismo y el consumismo, y nuestra falta de capacidad para afrontar las frustraciones existentes.
Admiten que existe una crisis en nuestro intento de no desear vivir en comunidad junto a nuestra familia (padres por ejemplo), y que los negros están siguiendo este modelo occidental de pérdida del sentido comunitario.
El poder y la propiedad privada (situación económica) nos están llevando a una crisis espiritual. Y la comunidad negra está siguiendo estos pasos. Hay una esperanza, y es que los negros con recursos y poder se introduzcan en la vida política y produzcan ciertos cambios. Pero se necesita movilización y acción colectiva en la lucha por el cambio. Compartir en mayor medida nuestros problemas y la forma de solucionarlos.
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Muchos de los valores que aparecen en el libro como africanos parecen más bien propios de toda cultura en su fase “cruda” (lo mistérico, el predominio del interior sobre el exterior, la apertura a la trascendencia, el comunitarismo como forma de supervivencia…). Desde el punto de vista del occidental “civilizado”, esto podría reforzar la falsa visión que tenemos de África como continente premoderno y primitivo, un paso por detrás del resto de planeta en su carrera hacia el progreso.
La noción de hombre bueno remite a un humanismo psicológico propio de comunidades rurales. En ella, como en la mayor parte de los valores que se exponen en la obra, prima un esencialismo, una valoración del interior por encima del exterior. Nos preguntamos en primer lugar qué puede percibirse de ese interior sin las manifestaciones exteriores materializadas en conductas, pero también el efecto de la urbanización (bien en la propia África, bien en las ciudades europeas) sobre este y otros valores africanos. ¿Es posible, armado sólo con ellos, sobrevivir a la experiencia urbana, con su carga de soledad, prisa, insolidaridad y aislamiento? ¿Es posible reconstruir redes comunitarias, vivir sin prisa y ser un hombre bueno? La obra comenta que, al menos, en lo que se refiere al comunitarismo sí lo es y, de hecho, los que emigran a las ciudades son capaces de recrear redes que les ayudan a sobrevivir y al mismo tiempo mantener aquellas que dejaron en el pueblo.
Son precisamente esos valores comunitaristas los que más chocan con nuestra manera de ver el mundo, que defiende a capa y espada la independencia y la individualidad. Desde nuestro punto de vista, el comunitarismo africano limita demasiado la libertad individual. ¿Sienten esa limitación, sobre todo las generaciones más jóvenes, o lo viven sin conflicto porque han sido socializados en él? El derecho a ser individuo no es algo consustancial a la cultura occidental, fue una conquista histórica y generó contradicciones y conflictos que han alimentado buena parte de nuestra literatura, nuestro cine y en general nuestro arte, sobre todo a partir del Romanticismo. De momento no parece que hayamos sabido resolverlos, más bien nos hemos instalado en el otro extremo del péndulo. Frente a comunidades inamovibles, en las que toda individualidad es castigada con el extrañamiento y aislamiento, en Occidente hemos decidido sacralizar el egoísmo del que se cree autosuficiente. El precio pagado ha sido alto, en términos de soledad e insolidaridad (aunque la familia aparezca en las encuestas como lo más valorado por los ciudadanos españoles). Si el éxodo lo hubiéramos vivido nosotros en vez de ellos, tal vez estaríamos menos preparados para hacerle frente. No sabemos si los europeos seríamos capaces de establecer esas redes de acompañamiento y comunidad que establecen los inmigrantes subsaharianos, magrebíes o latinoamericanos. Y mucho más difícil que nosotros lo están teniendo las segundas generaciones de inmigrantes, en pugna por encontrar su espacio propio frente a su comunidad sin perderla como referencia y sin el más mínimo apoyo de la comunidad de acogida. Nuestro individualismo te hace más libre pero también más vulnerable. Es cierto que no te anula, pero también que demasiado a menudo te abandona a tu suerte.
Por otra parte, los valores africanos comienzan a hacerse presentes en nuestras sociedades, a veces como moda para combatir el hastío y el vacío que nuestro estilo de vida está provocando. Desgraciadamente, casi siempre se centran en el yo y en el sentirse bien. Todavía queda tiempo para que los valores de los otros puedan formar parte de los de toda la comunidad. La integración de los inmigrantes no se plantea como diálogo intercultural sino como asimilación. El miedo a lo diferente sigue impregnando nuestra relación con el extranjero. Los jóvenes inmigrantes muchas veces prefieren identificarse con las culturas receptoras. Y por último, la globalización como fuerza homogeneizadora que anula las diferencias.
La manera africana de vivir el tiempo, sin prisa, pero también sin proyección más allá del presente, se traduce en falta de sentido histórico, algo fundamental en los procesos de transformación social. Las sociedades tradicionales tienden a verse como eternas, sin evolución. También los cambios son mucho más lentos y además se perciben como algo desestabilizador. En Occidente, por el contrario, todos los momentos son históricos, hasta tal punto que lo que tiene más de un año de vida ya se considera caduco y viejo. Hemos abierto los brazos al futuro a costa de cerrar los ojos al pasado.
Con respecto al papel de la energía, en África tiene una papel dinamizador e implica la capacidad de sobreponerse, mientras que la europea es una cultura apagada existencialmente.
Todas las respuestas chamanistas y esotéricas están en el campo del remedio, no de las causas, y se usan como compensación momentánea, integrando en un entorno que no se cuestiona.
Qué puede aportar África a Occidente (octava sesión)
Para la última sesión del curso trabajamos con el libro de Anne-Cecile Robert África en auxilio de Occidente (Icaria, Barcelona 2007). El encargado de prepararla fue Ramón Gil.
¿Y si fuera Occidente y no África quien precisara de ayuda? ¿Y si fuera el continente africano el que tuviera que acudir en auxilio de Occidente? La periodista de Le Monde Diplomatique y profesora asociada de la Universidad de París, Anne Cecile Robert, responde afirmativamente a estas dos cuestiones. Mientras que el capitalismo globalizado está vulnerando peligrosamente al planeta, África, a partir de su patrimonio cultural, podría aportar una visión más armoniosa y más equilibrada de la relación entre los humanos y la naturaleza. Sin caer en una idealización de un África mítica ni negar la situación dramática en la cual se encuentra a menudo, la autora sugiere que el pretendido "retraso" africano no es más que la expresión de una enorme resistencia cultural ante un modelo económico devastador.
INTRODUCCIÓN
La situación en la que se encuentra África se presenta como el extracto de los efectos del capitalismo globalizado, ya sea que este modelo haya sido importado por la fuerza o bien aceptado: sus recursos son saqueados; está secuestrada por la deuda externa; la explotación provoca la miseria y las desigualdades sociales se ahondan; los indicadores sanitarios se mantienen en los niveles más bajos. La verdadera naturaleza del orden mundial se revela en ese desastre: las personas sólo son un factor de producción, los débiles no pueden decir nada, el dinero y el mercado son la medida de todas las cosas, Los países que disponen de recursos minerales o petroleros están en manos de verdaderas castas corruptas aliadas a compañías extranjeras que se preocupan muy poco del desarrollo del pueblo.
Sin embargo, históricamente el continente negro había construido otro modo de vida y de relación diferente. En su diversidad, las sociedades africanas tradicionales habían desarrollado maneras menos utilitaristas y menos destructoras de las relaciones humanas, con la naturaleza, con la riqueza, con el tiempo y con el espacio. No se trata de idealizar y de sugerir que Occidente no hizo más que pervertir una especie de sucedáneo del paraíso terrenal: las guerras que atraviesan el continente antes de la época moderna muestran, por ejemplo, la permanencia de la violencia humana en las sociedades africanas. Asimismo, algunas sociedades se construyeron sobre un sistema de castas, por definición conservador, incluso desigual, como el de Senegal, o sobre discriminaciones raciales, como en Mauritania. Por último, cualquier valor percibido como positivo tiene necesariamente su contrapartida, como por ejemplo el legendario espíritu solidario de los africanos, que puede tener como defecto una presión asfixiante del grupo. Por lo tanto, precisaremos, siempre que sea necesario, los límites de los principios señalados, con el fin de distinguir con más claridad los aspectos que podrían contribuir a mejorar el destino de la humanidad.
Entre los valores que encontramos tradicionalmente en África y que se distinguen de los promocionados por el Occidente capitalista, podemos anotar: un rechazo a la tiranía del tiempo, un poder y una autoridad indivisibles, una relación diferente del individuo con la colectividad, una aceptación y una canalización de las pasiones (particularmente por la ritualización), una resistencia a la acumulación de riquezas, una inserción pacífica en el medio. Estos valores dejan entrever que la evolución del mundo podría efectuarse de otra manera mas modesta, menos depredadora, más previsora.
Si las sociedades africanas y sus dirigentes pudieran concienciarse de la fecundidad de esta diferencia de valores, y los asumiesen en lugar de amoldarse al modelo dominante, rendirían un servicio al planeta entero. Si Occidente aceptara un África mayor en lugar de querer mantenerla bajo su dominio como siempre, entonces el curso del mundo se podría cambiar. Tenemos necesidad de África sujeto y no objeto.
I.- Un espejo de Occidente
El fracaso económico y social de África es, sobre todo, el fracaso de Occidente. El liberalismo mundializado, armado con dos terribles instrumentos de presión -el dinero y el derecho- cuyo control ejerce casi exclusivamente, dicta, administra y sanciona planes de ajuste estructural, "condicionalidades" de la ayuda, reglas de la Organización Mundial del Comercio (OMC), etc. La suerte reservada a África subsahariana refleja así ante todo, la imagen de Occidente que ha pautado y promovido este orden económico fundado en unos valores ficticios, como el dinero y la competencia.
África, dominada ejemplar. En África, los efectos culturales y sociales de la globalización se ven reforzados debido a la dominación histórica que ha padecido el continente. La colonización llegó acompañada de la dominación psicológica y cultural, y los puntos de referencia (literatura, tradiciones, etc.) del dominante se impusieron al dominado.
La naturaleza desigual del desarrollo capitalista ha socavado los programas de desarrollo del Estado postcolonial y, en consecuencia, provocó graves crisis económicas y sociales durante los años setenta y ochenta. Esta crisis del desarrollo fue exacerbada por la aceleración de la expansión capitalista que condujo a la destrucción salvaje de pueblos y sociedades.
La desestructuración del tejido social y de las referencias culturales suscita la tentación de la emigración. Además, por medio de la televisión, Occidente proyecta una imagen atractiva de sí mismo y frustrante para las sociedades empobrecidas que la reciben. Este éxodo puede favorecer la circulación de recursos mediante las remesas que los emigrados envían a sus familias, que han quedado en el país. Pero también priva al país de sus fuerzas vivas.
El librecambio, una medicina que mata. La perversidad del librecambio se traduce en el continente negro en la obligación de orientar la producción hacia la exportación, mientras que los países en cuestión tienen unas necesidades internas escandalosamente insatisfechas; lo más lógico sería entonces que trataran de desarrollar el mercado interno.
Además, la lógica librecambista, que, por definición, obra a favor de los más acaudalados, continúa vehiculando una visión occidental del mundo. Así cuando se dice que África representa menos del 4% del comercio mundial, se sobreentiende que es una cifra despreciable. Sin embargo, sus recursos son objeto de continuas sangrías en beneficio del resto del mundo. Pero este pillaje es enmascarado con unos artificios o mecanismos controlados por las grandes potencias políticas o económicas del planeta.
Los pobres financian a los ricos. África es el continente que ofrece a los inversores los mejores rendimientos debido a la debilidad de las restricciones sociales y fiscales y, sobre todo, a la abundancia de riquezas de fácil explotación. Casi el 40% del ingreso neto de los capitales en África subsahariana en los años noventa tomó el camino de los países acreedores en forma de intereses y repatriación de beneficios.
Algunos estudios económicos muestran que entre el 60 y el 80% de la ayuda de la Unión Europea retorna en forma de compra de equipamiento, de servicios y de honorarios.
Según los propios datos del Banco Mundial, África ya había pagado casi cuatro veces su deuda de 1980, pero se encuentra tres veces más endeudada.
¿Lucha contra la pobreza o lucha contra los pobres? Desde la segunda mitad de los años noventa, los prestamistas internacionales y los países donantes proclaman que la lucha contra la pobreza es el objetivo central de su política con los países del Sur. Detrás de un aparente afán de eficacia en la lucha contra la miseria, en realidad, la función esencial de esta actitud es legitimar el orden mundial y facilitar su funcionamiento. Las instituciones internacionales y los prestamistas siguen imponiendo el mantenimiento de unas políticas que, si bien no crearon la pobreza, por lo menos la vienen aumentando desde hace veinticinco años.
El Banco Mundial ha puesto en marcha una batería de mecanismos (en particular, préstamos y donaciones) que dan participación a las ONG locales e internacionales en numerosos sectores (salud, educación, etc.). De este modo, las envuelve en unas lógicas burocráticas y tecnocráticas abstractas y encuadra su acción en el marco del sistema de dominación capitalista occidental. Esta estrategia produce resultados nada despreciables: cada vez son más las ONG que se comprometen en procesos de colaboración con la institución.
Bajo una apariencia de solidaridad, el discurso contra la pobreza apunta no sólo a mantener una lógica de asistencia, sino también a consolidar el sistema capitalista de dominación. El fracaso de la lucha contra la miseria aparece así, ante todo, como el fracaso de Occidente y de su visión del mundo.
La corrupción. La corrupción es citada a menudo por los observadores y los prestamistas como una de las causas del subdesarrollo, poniendo el acento en los países del Sur. Pero en realidad, la corrupción se encuentra en todas las formas del poder. Los países prestamistas no se salvan, como demuestran los escándalos que estallan desde hace algunos años en el sector petrolero (cita el caso Elf en Francia).
La corrupción no es un atavismo aislado del África precolonial, más bien tiene su origen en la inscripción de las sociedades africanas en el proceso de globalización.
Hechizos democráticos e injerencia política. Más allá de la lucha contra la corrupción, el respeto global de los derechos humanos es ahora un criterio de la atribución de la ayuda a los países africanos. La Unión Europea incluso ha establecido un diálogo político y ha previsto un procedimiento de sanción: la suspensión de la ayuda.
No hay ninguna duda de la necesidad de combatir las violaciones de los derechos humanos en África y el autoritarismo de muchos regímenes. Pero los africanos, según la manera que ellos mismos tendrán que establecer, deben poder gozar, como cualquier ser humano, de las libertades fundamentales y de la democracia. Tal como la plantean, ¿se puede confiar en la actuación de los prestamistas?, ¿son realmente ejemplares sus relaciones con el Sur?
Conclusión: África muestra mejor que cualquier otro continente la vacuidad del mundo globalizado en torno a los valores del Occidente capitalista. Se encuentra embarcada en éste, a pesar de sí misma, y esencialmente contra su voluntad. Sin embargo, el balance desastroso de la globalización neoliberal, de la cual África es la expresión más cabal, debería abrir las vías a una concienciación y a una nueva búsqueda del bienestar, con la apuesta de la supervivencia inmediata. Pero para desencadenar este proceso se ha de denunciar el fracaso de esta nueva fase de la dominación occidental y capitalista, y poner en su sitio a los arrogantes promotores del orden mundial. África nos tiende el espejo de la violencia capitalista que ha colonizado todos los círculos del poder, tanto de derecha como de izquierda, de Occidente. Nos trae de vuelta las preguntas esenciales: ¿Cuáles son nuestros valores? Y ¿qué estamos dispuestos a hacer para defenderlos?
II.- Malditos sean los ojos cerrados
¿De qué herramientas dispone África para construir y mejorar su destino de la manera que más le convenga y que corresponda a una visión más familiar de sí misma?
Ningún diálogo verdadero entre los africanos y los occidentales podrá hacerse sin que hayan desaparecido estos obstáculos: la lucha contra las nuevas formas de infantilización de África y el abandono por parte de Occidente de la creencia, más o menos asumida, de su omnipotencia, en especial la tecnológica y la cultural.
El neocolonialismo es la filosofía de la colaboración de las capas privilegiadas de la sociedad africana con las firmas internacionales occidentales, para mayor desgracia de las masas populares abandonadas a la ignorancia, a la miseria y al hambre. La alienación cultural está todavía por evaluarse y por denunciarse. Por otra parte la manipulación de la identidad se ha convertido en un eficaz instrumento para el mantenimiento del poder en las sociedades desorientadas por los desastres económicos, y que el espectro del imperialismo occidental y la teoría del complot pueden todavía consolidar en torno a un dictador. El papel tradicional del jefe se transformó en beneficio de los dictadores.
Obnubilados por las instrucciones de la "buena gobernanza" de las instituciones financieras internacionales, los nuevos dirigentes ignoraron la enseñanza superior, considerada improductiva. En las dictaduras que salpican el continente, la formación y la educación son con frecuencia sacrificadas, incluso en los niveles primario y secundario, en provecho del enriquecimiento de la clase política y del desarrollo de los órganos de seguridad. Además, el acceso a las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación, en particular Internet, todavía es muy problemático.
En África, como en cualquier otro lugar, la idea de una vía fuera de la del liberalismo tiene dificultades para avanzar. Es bastante patético ver a antiguos guerrilleros convertirse progresivamente en cómplices de la depredación de sus países.
La externalización de las cúpulas tiene también causas endógenas, como la inestabilidad de los estados (que podríamos ubicar también en el campo de la dominación económica, dadas las coacciones de ese sector que fragilizan a la sociedad). Esta inestabilidad (golpes de Estado, tensiones sociales, conflictos armados, dictaduras) incita a las élites a emigrar o impone gobiernos que sólo dejan la posibilidad del exilio a los opositores. Cuando estos últimos acceden finalmente al poder son a menudo extranjeros en casa.
Las desigualdades de ingresos son destacadas en África, siendo solamente más elevadas las de América Latina. En África, el 20% más rico de la población tiene unos ingresos diez veces mayor que el 20% más pobre.
El papel de los medios. El papel de la prensa occidental es decisivo en la medida en que los países del Norte dominan la gran mayoría de los circuitos de información. En lo que concierne a África, la incultura de los medios de información occidentales es dramática, lo que les conduce a trasmitir peligrosos prejuicios y a participar en la perpetuación de las dictaduras.
Más grave es el prejuicio "étnico". En el momento del genocidio ruandés de 1994, la prensa occidental utilizó abundantemente la clave del análisis étnico para explicar los sucesos, mientras que las masacres tenían una fuerte dimensión política.
La carrera hacia la rentabilidad induce a las simplificaciones. Hoy se abren paso la sensiblería y la ideología humanitaria, convirtiéndose la pareja víctima-socorrista, bajo el objetivo de las cámaras, en uno de los emblemas característicos. Por debajo de cierto número de millares de muertos, la prensa occidental ni se desplaza. Entonces, ¿cómo pueden pensar simplemente en efectuar análisis serios sobre la evolución de un continente a la deriva?
Está en curso una reflexión sobre la formación de los periodistas, el papel ideológico de la prensa, y el intercambio de información entre los periodistas de todo el mundo, con el fin de luchar contra los prejuicios y los errores, y la disminución de las fuentes.
África, ¿morirá por exceso de cuidado? La dramática situación económica y social de África deforma la visión que uno puede tener y la que puede tener el continente de sí mismo. Éste se encuentra cada vez más identificado con sus males y no existe, o casi, como lugar de vida, de expresión social y cultural; no existe como actor libre del mundo sino como intérprete de una pantomima siniestra, concebida por otros.
No se trata aquí de negar la utilidad de la ayuda. No obstante, es necesario denunciar su perversidad si participa, en la práctica, de una relación de dominación, desculturalización y sobrevictimación, perpetuando una lógica de dependencia.
La trampa de las reparaciones. Es innegable que los perjuicios de la trata de esclavos en África fueron considerables y todavía tienen consecuencias en la actualidad. La reivindicación de reparaciones parece, en principio, corresponder a la simple justicia frente a un crimen contra la humanidad. El problema es que en el debate sobre las reparaciones los occidentales se reservan el papel del poderoso y del donante. Los dominantes pueden incluso transformar la reivindicación en su provecho, introduciendo también en escena su arrepentimiento. La solución no reside sólo en el pago de reparaciones, sino más bien en el reconocimiento oficial del crimen y en una obligación de justicia con un continente abandonado.
El orgullo tranquilo de ser africano. Las dificultades sociales y la falta de perspectivas suscitan entre los jóvenes frustración y ganas de exilio, desprecio de los valores tradicionales y fascinación por Occidente. En otros cierta dureza, cierta cólera, desde el sentimiento de que la descolonización no se acabó. Vemos también surgir reivindicaciones más positivas entre los jóvenes ejecutivos o empresarios africanos que reclaman simplemente la posibilidad de trabajar y contribuir al desarrollo de sus países.
Además vemos surgir un movimiento que se reivindica conscius. Ligado a la diáspora en Estados Unidos y en Europa, busca volver a dar un sentido contemporáneo a la africanidad, orgullo y modernidad de ser negro en Occidente. Minoritarios, estos movimientos se enmarcan en la voluntad de afirmarse en el difícil contexto de la inmigración de la primera o segunda generación. La dificultad para ellos reside en la trampa del comunitarismo, o sea, un repliegue identitario que los aislaría de la sociedad en la que viven.
En la misma África emergen por doquier movimientos de retorno a la cultura, a las tradiciones y a la identidad. Podemos también citar el movimiento altermundista africano, que ha tenido su tercer Foro Social en enero de 2004 en Lusaka y que en el marco de una crítica a la mundialización liberal, trabaja sobre las culturas y tradiciones africanas con una perspectiva a la vez identitaria y progresista. Estas tentativas tienen que ver con el hecho de que las sociedades africanas están conmocionadas por movimientos profundos y están en búsqueda de un camino de afirmación. Esta búsqueda esta sembrada de obstáculos, como un retorno nostálgico y artificial a tradiciones alienantes. Sin embargo, ¿qué sociedad puede construirse o avanzar sin un mínimo de sentimiento de aceptación de sí misma?
El fin del enfrentamiento Este-Oeste, el proceso de democratización y el fracaso de la globalización neoliberal abren un espacio para reconquistar un discurso autónomo. Permiten imaginar la construcción de una cultura democrática propia de África. Este espacio, en el cual los movimientos altermundistas africanos se buscan, podría, por otro lado ser el lugar de la concienciación. Esta necesaria concienciación pasa, evidentemente, por un retorno distanciado, científico y socializado a la historia. La historia de larga duración concierne a la cuestión de la esclavitud y del colonialismo; la historia corta implica realizar un balance de las independencias y del período globalizador.
III.- Necesidades de África
En este capítulo la autora expone lo que a su juicio puede aportar África a Occidente.
Cuando evocamos los valores africanos, el interlocutor piensa de inmediato en la solidaridad y la ayuda mutua que es frecuente en el campo. Esta idea contiene su parte de verdad, pero los valores africanos no están presentes solo en el mundo rural.
Existe el África de las ciudades y las grandes metrópolis superpobladas en donde se mantienen unos comportamientos y relaciones sociales que ya se mantenían en el campo. Las ciudades del continente muestran una relación inédita en la modernidad humana. Surgen nuevos lazos, actividades y relaciones sociales, cuya originalidad podría ser portadora de enseñanzas. Esta modernidad africana es generadora de una actividad propia, innova con formas desconocidas en el resto del mundo.
África es también portadora de su propia esclerosis: las culturas del continente están a veces impregnadas de un cierto fatalismo que conducen a la pasividad; algunas sociedades tienen una organización en castas o feudales; la condición de la mujer es aún desfavorable frente a la del hombre; el culto al jefe lleva a aceptar las dictaduras; la presión del grupo puede llegar a ser sofocante. A pesar de estas limitaciones se manifiesta una creatividad social particular en la cual se puede ahondar para resolver los males de un planeta que no funciona.
Las virtudes del lazo social. Quien haya tratado de hacer negocios en África, o simplemente pasar allí unos días, se habrá quedado asombrado ante la extrema lentitud de cualquier actividad. La cuestión del tiempo es más pertinente que la pereza, de resabios racistas. Rechazar la cadencia o la tiranía del tiempo no significa rechazar el trabajo ni la capacidad de trabajar con seriedad o con dedicación. Su significado es que el acto de trabajo se inscribe en una relación con la vida y con la sociabilidad diferente. El trabajo no está separado de su función social y de una visión de la sociedad que no está fundada en la acumulación de bienes.
En África, el duelo se considera un hecho importante al que es necesario dedicarle varias semanas. En Occidente, enterramos a la gente en tres días y se pide a los deudos que piensen en otra cosa, que se olviden. ¿Por qué hay que ir siempre deprisa y corriendo y ser eficaz? "Ustedes tienen el reloj, nosotros tenemos el tiempo", reza un proverbio.
Pero más allá de la relación con el tiempo, la aparente lentitud de las cosas en África responde a otra categoría de valores. El éxito individual o el resultado de una acción están subordinados a su contenido, su valor añadido, en términos de lazo social. Lo que cuenta son las relaciones entre las personas, los vínculos que se pueden tejer o mantener con los otros.
Esta cultura del vínculo social crea una sensación de seguridad: cuando se ayuda o se mantienen relaciones de ayuda mutua y de solidaridad, se sabe que unas veces uno se encontrará en la posición de dar y otras en la de recibir.
La vida del grupo constituye una presión cultural que crea obligaciones permanentes que deben asumir. Pero si bien la relación comunitaria la africana puede resultar opresiva, la autonomía a ultranza a la occidental puede llegar a ser alienante.
Lo informal, laboratorio de la modernidad. Las economías africanas, confrontadas a la penuria y al marasmo económico, han producido toda clase de actividades relativas a la simple necesidad de sobrevivir. Hemos de destacar la capacidad de crear, de innovar y, de un modo general, de reciclar los aportes externos. En efecto, las innumerables empresas familiares o comunitarias trascienden a menudo el nivel de subsistencia y entran en el campo de lo que se puede llamar economía solidaria.
La economía informal concierne tanto a la ciudad como al campo, y abarca un amplio abanico de actividades: ayuda mutua de vecindario, reparaciones y bricolaje, venta ambulante, transporte, pequeño artesanado, pequeña producción agrícola, recuperación y transformación de objetos, actividades artísticas... El reciclado de los residuos de la sociedad capitalista es una fuente de ingresos: se trasforma la chatarra, las botellas, el cartón en pequeños objetos útiles, artísticos o comerciales que se podrán vender en el margen de un camino o en un mercado. Las mujeres desempeñan un papel importante en este sector, así como los jóvenes. África construye su industria sobre los desechos de la industria. Existe una fuerte cultura de la reutilización de los objetos.
Lo informal podría resultar el laboratorio de la posmodernidad y un elemento de reflexión que ayude a salir del economicismo.
El extranjero y el sentido de la hospitalidad. En África, la hospitalidad sigue siendo, a pesar de las dificultades sociales, económicas y sanitarias, un valor fundamental. Esta actitud tradicional tiene su origen en la necesidad de poder contar con los otros, llegado el caso.
En la perspectiva tradicional africana el extranjero es más bien visto como un aporte, y no como una carga. A éste rápidamente se le ofrece alimento, un vaso de té a la menta o de soda, hasta alojamiento, y esto aun en las sociedades pobres.
En armonía con el mundo. La búsqueda de la armonía con los demás, con la naturaleza, con los animales, constituye una preocupación esencial que cuenta con numerosas prácticas sociales en África. Este vínculo íntimo no excluye la existencia de una jerarquía, que ubica, por orden, a Dios, las divinidades, los ancestros, el hombre, los animales y después las cosas. Induce la armonía, el buen entendimiento entre esos elementos. En consecuencia, el hombre no se considera, a priori, superior a la naturaleza, ni su amo.
El concepto de tiempo juega ciertamente un papel importante. En África, es una visión cíclica o circular del tiempo la que prevalece, a diferencia del tiempo lineal de los occidentales. El instante presente es el único que cuenta y no tiene proyección hacia el futuro. De allí la importancia de estar en armonía con el medio y con lo que nos rodea.
Las civilizaciones africanas, fundadas en la idea de armonía con el ambiente, incitan al hombre a reflexionar antes de alterar el orden de las cosas, antes de modificar y de tratar de controlar la naturaleza, con los resultados a veces desastrosos que conocemos.
Falsa pobreza, miseria real. En la escala de valores africana la pobreza no se define de entrada ni exclusivamente en términos materiales. Si bien la falta o la privación de bienes materiales es parte de la definición de la pobreza, el vínculo social es un componente esencial de la misma, aun cuando la miseria constituye un problema muy grave para muchas sociedades africanas
En estas tradiciones, es pobre quien está aislado, quien no tiene parientes ni amigos con quienes contar; aquel que no está insertado en una comunidad humana, que no puede contar con ningún apoyo social. El verdadero drama consiste en estar desconectado de la vida del mundo que nos rodea. La pobreza se asimila a la dependencia y a la servidumbre, la riqueza al poder de decisión y al resultado apropiado de ésta, más que a la acumulación.
La mayoría de las culturas africanas no se basan en la acumulación, y en cambio atribuyen una función esencial a la presta distribución. El rápido enriquecimiento de una persona puede verse incluso como una amenaza social. Esta relación con la riqueza explica por otro lado la dificultad de implantar el capitalismo y el espíritu de empresa clásicos, porque esta mentalidad no admite la idea de hacer inversiones o de prever.
La indispensable palabra. La palabra representa un papel esencial en la sociabilidad africana. La palabra se basa fundamentalmente en el respeto al otro. Se opone en el seno del grupo a la arrogancia o al espíritu de dominación. La función del oyente es tan valorada como la del que habla. El respeto de la palabra dada es uno de sus pilares. El diálogo cumple una función cardinal en el lazo social, asegurando el consenso y la homogeneidad del grupo. Existen instancias de consenso que regulan las diferencias. Los "Viejos", por ejemplo, son considerados los depositarios de una cierta sabiduría; son puntos de referencia respetados. La experiencia, lo vivido se percibe como una virtud.
África entre nosotros. La inmigración africana muestra ya lo que el continente negro puede aportar a las sociedades europeas. La autora hace referencia a una serie de contribuciones en el ámbito deportivo y artístico, así como en el plano asociativo y en el de la solidaridad (pp.171-177).
Conclusión. La cuestión de los valores africanos genera una serie de cuestiones: Estas tradiciones y valores, ¿son responsables del fracaso social de África? En caso afirmativo, ¿en qué medida? ¿Qué principios hay que cuestionar? Esta resistencia de África al desarrollo, ¿no es acaso el signo de una fuerza y de una vitalidad en oposición a los valores depredadores del Occidente capitalista? El mercado, el espíritu empresarial ¿pueden adaptarse al escenario africano? ¿Tenemos que hacer otra cosa?
Corresponde a los africanos vivificar y profundizar los valores antiguos, trabajando al mismo tiempo por un progreso del nivel de vida deseado por la casi totalidad de la población. Así, en la búsqueda de soluciones a los males que la afligen, África abriría pistas de reflexión sobre todo el planeta globalizado. Buscando en sus recursos culturales propios, diversificaría las fuentes del debate sobre la necesaria transformación social y alimentaria, las investigaciones sobre un modelo de recambio para el capitalismo globalizado.
***
El debate posterior planteó las cuestiones siguientes:
Retomando el hilo de la sesión anterior, el trabajo que hemos usado de referencia propone que los valores tradicionales africanos pueden acudir en auxilio de Occidente y de los males subyacentes a la globalización capitalista. No obstante, no debemos olvidar que esos valores, en muchas ocasiones, no son propios de “lo africano” sino de la mayor parte de las sociedades tradicionales. Por otro lado, hay que plantearse hasta qué punto dichos valores -y cuáles de ellos- tienen capacidad de resistencia y transformación.
Desde el punto de vista del progreso, los valores tradicionales se han considerado periclitados pero hoy descubrimos que nos hacen ver los aspectos negativos de nuestro desarrollo y mantener una distancia crítica con nuestro proceso de avance y que también pueden ayudarnos a cambiar el paso porque el que llevamos nos conduce a la catástrofe.
En muchas ocasiones, sin embargo, se intenta asumirlos desde una mera perspectiva estética o formal. Los valores tradicionales no casan bien con la sociedad de la prisa, del disfrute instantáneo, de la impaciencia y del estrés. Tampoco pueden cuadrar con el modelo económico de maximización del beneficio y la productividad creciente. El límite de ambos puede no existir pero los seres humanos y la propia naturaleza sí que lo tenemos.
El tiempo de los africanos es un tiempo cíclico, el occidental es lineal (fruto no tanto de la herencia judeocristiana como de la paideia griega). Si el primero conduce al fatalismo, el segundo lleva al “nunca tengo suficiente”. El sistema crediticio occidental es una sistema de aceleración del tiempo (lo que te doy me lo tienes que devolver multiplicado y si no te multiplicas feneces). El no aumento ya se considera una disminución. Esta visión ha impregnado todas las dimensiones de la vida en Occidente.
¿Pero tiene África vivo su arsenal de memoria para recomponerse? Una de las primeras cosas que hicieron los colonizadores fue matar a los ancianos como forma de eliminación de la memoria. Ese proceso se repitió varias veces, de modo que las nuevas generaciones de africanos quedaron huérfanas de buena parte de su historia. El éxodo rural también influyó en la ruptura del proceso de transmisión de la memoria. Pero tampoco les sirven las referencias occidentales, o sea, que les quedan unos pocos retazos de lo tradicional para llevar a cabo el proceso de reconstrucción de su identidad. De todos modos, no debemos olvidar que ellos no son los únicos que están llevando a cabo esa búsqueda y esa reconstrucción. El proceso de modernización europeo fue igualmente brutal y conllevó la destrucción de modos de vida y pensamiento tradicionales. Identidades auctóctonas ya no quedan en ninguna parte.
La solución a los problemas de África tiene que venir de África, pero los dirigentes africanos necesitan apoyo de gente que esté incardinada allí y que crea en esos valores. Asimismo necesita un mayor acceso a las tecnologías de la información, invertir en educación y el cese de la sangría de capital humano que está suponiendo la inmigración. Y nuevas generaciones de dirigentes, capaces de pensar más allá de sus redes clientelares y cómo mantenerse en el poder. Pero la solución de África necesita una transformación del sistema entero, ya que ese sistema ha sido la causa de buena parte de sus males, y de poco van a servir las futuras democracias africanas si la relación que une al continente con el mundo desarrollado sigue siendo la de siempre.