CICLO DE CONFERENCIAS
“JÓVENES Y SOCIEDAD II”

Juan Carlos García Domene

Prof. Didáctica de la Religión Univ. Murcia • Foro I. Ellacuría

 

En 2004 prosiguió el ciclo «Jóvenes y Sociedad» que continuaba lo ya realizado en 2003. A las conferencias de Enrique Martín Criado (El paro juvenil como apuesta política), de Concepción Fernández Villanueva ( Los jóvenes y la violencia), de Joaquín García Roca y Rubén Torregrosa (Jóvenes, Universidad y Compromiso social) y de Carmen Costa González (Jóvenes y antiglobalización) realizadas el año anterior y ya reseñadas en Informe 6 hay que añadir otras dos mantenidas este año. La primera de ellas estaba prevista para el día 12 de marzo, pero hubo de ser suspendida por coincidir con la manifestación de repulsa de los atentados del día anterior y se llevó a cabo el día 7 de mayo. La impartió el Profesor de Sociología de la Universidad Complutense, Antonio P. Muñoz Carrión que abordó el tema de Microculturas y Estéticas juveniles. La segunda fue impartida el día 17 de marzo por el profesor José Ángel Bergua, sociólogo de la Universidad de Zaragoza, que trató sobre El ocio y la disidencia juvenil.

OCIO Y DISIDENCIA JUVENIL (J. Ángel Bergua, 17 de marzo de 2004)

La conferencia trató de tres asuntos muy relacionados entre sí. El primero de ellos es que lo joven o la juventud son diferentes y constituyen una alteridad, pues sólo así es posible que difieran o disientan del orden o de lo instituido. El segundo es que la esfera del ocio permite manifestar mejor esa disidencia que la esfera contraria, la del trabajo. Y el tercero es que esa diferencia juvenil no sólo disiente y se aparta del orden instituido sino que trae también consigo otro modo de ser de lo social.

Decir que los jóvenes son diferentes obliga a entender esa diferencia radicalmente, desde la raíz, haciéndola formar parte de la mismidad instituida. Un buen modo de comprobarlo es comparar las visiones de la juventud que tienen las sociedades antiguas y primitivas con las que nos ha propuesto la cultura judeocristiana y su heredera, la Modernidad. En las culturas antiguas y primitivas, la alteridad juvenil, del mismo modo que sucede con la alteridad femenina y la del extranjero, es reconocida en su sentido fuerte, ontológico. En las sociedades antiguas y primitivas los mitos y cosmogonías reconocen que lo joven es algo diferente, un no ser que excede el orden instituido. Dicha alteridad es reconocida en sentido fuerte pues el joven se entiende que es portador del desorden que trae consigo lo salvaje o natural exterior al orden social. Sin embargo, aunque el joven o lo juvenil sea tan peligroso, el orden instituido acepta esa alteridad. Se reconocía que el orden debía saber convivir con ese y otros desórdenes.

Esta mentalidad cambia radicalmente con la cultura judeocristiana. De este modo, como observara Nietzsche, lo “malo” con lo que se puede convivir se convierte en algo “malvado” que se debe extirpar o desterrar. La moral judeocristiana ha hecho que el orden social occidental se pensara y se construyera no con los jóvenes, como sucede en las sociedades antiguas y primitivas, sino contra los jóvenes. La alteridad ontológica juvenil es pues demonizada y excluida. Lo que cambiará con la llegada de la Modernidad es que sobre las bases morales legadas por el cristianismo se elaborarán conceptos científicos sólo aparentemente neutros y se inventarán instituciones encargadas de realizar esa “neutralidad” (La más llamativa la universalización de la escuela, la más especializada el Instituto de la Juventud). Obsérvese que ya no se trata de vencer y excluir a la alteridad juvenil sino de convencerla (que haga conjunto con el vencedor) e incluirla, de hacer que interiorice las ideas del vencedor.

Desde el plano científico e intelectual, sucede algo parecido. Sirva de ejemplo, la sociología que suele definir a los jóvenes a partir de una cuádruple irresponsabilidad: domiciliar (no tienen casa propia), conyugal (no viven con una pareja estable), filial (no tienen hijos) y laboral (no tienen trabajo). A eso se añade que el joven no tiene estas responsabilidades pero, a diferencia de lo que sucede con el niño, podría tenerlas pues no hay leyes que se lo impidan. De modo que la juventud queda reducida a un no ser, a un tiempo de espera previo a la madurez. Desde aquí pueden analizarse los modos como los jóvenes esperan a ser adultos. Si asumimos que la responsabilidad laboral es la más importante, pues anda detrás del resto de responsabilidades, podemos decir que los jóvenes esperan a ser adultos como desempleados o como estudiantes. En definitiva, la sociedad se ha instituido en la modernidad contra los jóvenes tanto en el plano político (con la Escuela, los Institutos de Juventud, etc.) como en el científico (con teorías que ponen en el centro la familia y el trabajo, instituciones las dos centrales en el orden instituido). Pero ésta no es toda la realidad social pues, además de instituirse contra los jóvenes, el orden moderno no ha cesado de recuperarlos e integrarlos imaginariamente. Lo hace cuando se imagina el buen orden social (fascista, demócrata o comunista) a partir de los jóvenes. También los recupera imaginariamente cuando los convierte en imagen que el adulto quiere emular para conjurar el miedo a la muerte o la angustia que genera el paso del tiempo. Y también los integra de un modo imaginario cuando los incorpora a mercancías, filmes, propagandas, etc.

La segunda cuestión, quedó anunciada más arriba: la necesidad de interpretar la alteridad juvenil desde su actividad en la esfera del ocio. Este paso es necesario porque la otra esfera, la del trabajo, niega a los jóvenes y los otros modos de ser de lo social que tales jóvenes traen consigo. Sin embargo, si queremos dar este paso hay que afrontar el grave problema de que, como la modernidad se ha instituido desde el trabajo en contra del ocio, no hay teorías que inspiren al científico (ni ideologías que inspiren al político) para comprender bien qué es lo que sucede en este otro espacio de la acción colectiva. La infravaloración del ocio tiene un origen cristiano, exactamente protestante. Esta es a grandes rasgos la base moral sobre la que se ha levantado la ética del trabajo, tan típica de la Modernidad. En la segunda década del siglo XX, el autor que descubriera la ética ascética tras el espíritu del capitalismo, Max Weber, reconoció también que el siginificado ascético había huido del significante “trabajo”. Más exactamente, constató algo que a lo largo de todo el siglo XX no ha hecho sino acentuarse: una creciente disociación entre la esfera cultural, que no cesa de producir valores hedonistas (ahí están el surrealismo, el dadaísmo, la psicodelia, los experimentos con drogas, etc.), mientras que la esfera económica sigue necesitando individuos esforzados que se realicen a partir del trabajo.

Así puede descubrirse que tras la sociedad del trabajo, surge la sociedad del ocio y que, en esta situación de crisis y de disociación se enfrentan la ética ascética y el espíritu hedonista. Es, en términos de Nietzsche, Apolo y Dionisos. En una larga tradición que pervive desde Grecia, y que permite que en la fiesta despierten formas sociales distintas a las instituidas. Esto hace aflorar la pista de la tercera cuestión: la juventud aporta otra manera, otra forma de orden social.

Aportando investigaciones y trabajos de campo del propio conferenciante se puede descubrir que hay diferencias en el modo de afrontar la violencia entre los jóvenes y los adultos. Su estudio se centra en el comportamiento de un grupo de jóvenes en una discoteca y de otro grupo de adultos en una Sala de Fiestas.

En los adultos no suele observarse jamás ninguna pelea; era posible observar encontronazos, derramamiento de líquido con las consiguientes manchas en las camisas, pantalones, etc. Sin embargo, de estos incidentes no resultaban automáticamente riñas o peleas. Echando mano de la cortesía y los buenos modales, unos adultos pedían disculpas, otros las recibían y el incidente quedaba salvado. Este comportamiento encargado de bloquear la aparición de la violencia es muy común pero no eterno ni universal. Nace en la sociedad cortesana francesa entre los siglos XVI y XVII. En esa época el Estado monopolizará el uso de la violencia, logrará instaurar la paz social interna que hoy tenemos y obligará a los antiguos guerreros a recluirse en la corte, civilizar su comportamiento y alumbrar eso que los franceses llaman “civilización”. Antes de ese cambio las violencias privadas eran bastante habituales y las canciones y poemas populares solían ensalzar dicha violencia. Además, los hombres tenían miedo de esos peligros tan cercanos. Después del advenimiento de la civilización se logró la paz social que hoy conocemos. Sin embargo, esta clase de orden tuvo sus costes. Aunque la obligada represión de la agresividad hizo aparecer los buenos modales, la misma represión hizo que el impulso se descargara más compulsivamente y a destiempo. Los rituales de cortesía de los adultos en la sala de fiestas reproducen pues la validez de un pilar emblemático de la modernidad, el Estado, con la paz heterónoma que inaugura y los costes de distinta clase que lleva consigo. Se trata de una paz social heterónoma, impuesta, lo que los adultos reproducen y que tiene sus costes. Podría decirse incluso que es una paz social enferma. Y si tenemos en cuenta los efectos devastadores que ha tenido en guerras contra enemigos externos e internos esta clase de regulación de la violencia, quizás debiéramos no alegrarnos tanto de lo corteses y educados que son los adultos en las salas de fiestas.

Si se observa la discoteca en la que se divertían los jóvenes lo que se podía observar es que había, al menos, una pelea cada día. Esas peleas tenían un ritual al que se ajustaban de un modo muy preciso. Solía comenzar a partir de un incidente cualquiera (empujón, derramamiento de líquido, etc.). Ahí el agresor podía responder con el código de los buenos modales y el agredido podía aceptar las disculpas. Sin embargo, también podía pasar que el segundo respondiera increpando al agresor y que éste, en lugar de disculparse, devolviera el gesto violento y se encarara con él. A partir de este momento uno y otro se lanzarán imprecaciones, elevarán el tono de voz, se insultarán. Ya para entonces se habrá hecho un hueco a los protagonistas del ritual y los respectivos amigos se habrán acercado. Pues bien, en este escenario, cuando los jóvenes vayan a pegarse aparecerán los amigos y espectadores para separar a los contendientes. En este momento la agresividad de esos jóvenes será más patente, sacarán los brazos intentando dar golpes, insultarán, etc. A grades rasgos este es el ritual. Obsérvese que, a través de este ritual, la violencia es, a la vez, manifestada y contenida. Es un modo distinto al de los adultos de garantizar la paz social que podemos calificar de autónomo pues no hay aquí obediencia a códigos externos represores de la agresividad, como sucede entre los adultos. Los jóvenes crean una paz social distinta en la que tienen más control sobre su mecanismo de regulación y en la que, además, se permite experimentar con la agresividad. Este ritual no es tan singular. Los etólogos han observado que las peleas entre animales de la misma especie son de esta clase. No suelen acabar en muertes ni mucho derramamiento de sangre.

Se podrá pensar que el coste de este modo autónomo de lograr la paz lo convierte en poco atractivo. Sin embargo, el modo heterónomo (garantizado por policías, guardias de seguridad, etc.) también tiene sus costes de brazos rotos, derramamiento de sangre, etc. El problema no son esos costes, similares en ambos tipos de paz social, sino el modo de lograrla. En el caso de la paz heterónoma impuesta por el Estado los individuos resultan alienados mientras que en la paz autónoma, ritualizada en las peleas, los individuos tienen control sobre lo que hacen. Además, el primer tipo de paz social tiene efectos colaterales insanos, como son esa secreta necesidad de ver violencia (por ejemplo en las películas), la posibilidad de que se descargue más violentamente o a destiempo y el ver peligros de amenazas violentas en prácticamente cualquier sitio. Por todo esto me atrevo a afirmar que la paz social construida desde abajo por los jóvenes es mejor que la paz social impuesta desde arriba por el Estado.

En un momento en el que las violencias monopolizadas por el Estado se proyectan contra los enemigos exteriores más mortífera e indiscriminadamente que nunca y en un momento en el que las reacciones terroristas frente a los Estados son también cada vez más mortíferas e indiscriminadas, es lógico pensar que la “paz social” moderna debe ser cuestionada.

Como conclusión, cabe afirmar que quizás sea necesario aprender de los antiguos y primitivos. Su saber y su hacer reconocían y toleraban el no ser juvenil. Permitían que el orden hecho y conocido coexistieras con un desorden del que nada se sabe y con el que no se puede hacer nada. Justo lo contrario de lo que ha sucedido con el Cristianismo y la Modernidad. Por lo tanto, quizás haya que desbordar la modernidad, volver a empezar a saber convivir con el peligro, cualquiera que sea y abandonar el hábito occidental de querer positivizarlo todo.

MICROCULTURAS Y ESTÉTICAS JUVENILES (Antonio P. Muñoz Carrión, 7 de mayo de 2004)

El conferenciante trató de ordenar algunos conceptos y algunas confusiones sobre la juventud y tras estas primeras observaciones ofreció una tipología que sirviera para una lectura del discurso juvenil centrado en la dimensión estetizante y formal que habitualmente es muy denigrada; su objetivo era llegar a mostrar los usos y las razones de esta estetización interpretándola desde sus propias claves.

Las observaciones previas, ofrecidas especialmente para los no sociológos y los no introducidos, trataban de desmontar algunos estereotipos atribuidos a la juventud y querían desmitificarlos por un simple acercamiento a la realidad.

El primero de ellos afirma que los jóvenes son una cultura especial, aunque en sentido antropológico no sea así porque técnicamente se trata de un estadio vital y cronológico (1529 años), pero no puede interpretarse la juventud como una cultura especial, además hay que tener en cuenta que especialmente en España la juventud es dependiente; los jóvenes tienen respuestas dadas a una situación dada, pero no hablaríamos de una cultura propia.

El segundo se apoya en la creencia de que los jóvenes cambian mucho, aunque en realidad no cambian, sino que simplemente son otros, son distintos porque son otros y han aportado un relevo generacional.

El tercero asegura que los jóvenes están obsesionados con las formas y con la imagen y la estética; esto puede ser cierto, pero no es menos cierto que toda la sociedad esta obsesionada con la imagen; ellos han heredado desde la adolescencia y desde la infancia una socialización estética, pero no la han inventado ellos. La socialización estética está apoyada en la imagen, más que en la oralidad o la textualidad.

El cuarto estereotipo es el que interpreta a los jóvenes como personas banales y que no valen para nada, en realidad las formas siempre han sido un indicador en las culturas mediterráneas, en las grandes ideologías, en los grandes ceremoniales, y todo ha estado muy estetizado siempre; quizá lo que sucede hoy es que lo estético se ha desplazado a los estilos de vida y sirve para marcar y decir algo más en una sociedad de identidades débiles. A la vez, los códigos estéticos, que anteriormente eran más estables, ahora son mucho más cambiantes y no permanentes, exigiendo un reciclaje permanente. Antes eran generales, y ahora son restringidos, funcionan en grupos cerrados y se van dotando por imitación. Los códigos figurativos y estéticos anteriormente se asociaban a lo cognitivo y racional, mientras que ahora son más emotivos. Se reivindican por si mismas las formas por las formas; su uso no es referencial es más simbólico, creativo, innovador.

El quinto aspecto confuso es identificar juventud biológica con juventud como condición, e identificar la categoría juvenil construida por los propios jóvenes con la categoría juvenil dada por una instancia externa (medios de comunicación, instituciones, etc.) Apoyándose en Melucci, el conferenciante afirmó que la juventud es una condición cultural más que biológica: una persona es joven mientras no es independiente (trabajo), no tiene espacio propio (vivienda) y se apoya principalmente en la familia (dependencia) y mientras no puede participar públicamente de forma plena. Uno deja de ser joven cuando se libra de esas privaciones.

¿Cuál es la situación real de los jóvenes? Una dualidad donde hay dos realidades: el mundo oficial, familiar, insitucional, educativo y otro mundo quizá la noche, el ocio y el tiempo libre lleno de estetización que ha ido evolucionando desde los años 80. La estetización, dominada también por la sociedad de consumo, lleva a la paradoja de que sólo puede ser joven alguien que ya no es joven, porque dispone de medios para “pagarse” la costosa operación de estetización. La construcción de este modo de vida solo pueden pagarsela los menos jóvenes.

¿Cuándo y dónde surge esta microestética juvenil? En la transición democrática decaen los sistemas y los discursos ideológicos y crece la desconfianza en las instituciones hasta límites no conocidos anteriormente. Estas dos causas hacen que emerja un proceso icónico, estetizante, propio de los años 80 en España. El periodo juvenil se alarga y la necesidad de un nuevo estilo de vida es muy fuerte. Se va produciendo un desencanto ante los mensajes del esfuerzo que aunque se sigue transmitiendo no se cumple: el mejor y más esforzado no trae consigo necesariamente una vida mejor. Las metas de larga duración también se desvanecieron. La socialización se realiza por los pares, por los iguales. Se instaura una visión de la vida presentista y con las miras a corto plazo. En medio del desencanto, con una fuerte crisis de confianza en las instituciones sólo la familia sirve de colchón emocional y económico, quedando en pie para muchas cosas, salvo en temas puntuales como la sexualidad.

La mayoría del tiempo libre de los jóvenes se ocupa en estar juntos, por encima de otras actividades donde obtengan información, o se cultiven culturalmente. Las relaciones de proxemia, casi táctiles, son decisivas. Apoyándose en Huizinga el conferenciante recuerda que una sociedad se proyecta en el mundo lúdico: donde hay reglas, hay democracia; donde no hay reglas no hay democracia. Resulta curioso observar el mundo de los videojuegos para detectar el tipo de persona y la visión del mundo que emerge en los jóvenes más jóvenes: una visión gladiatoriana, la del más fuerte; una visión fatalista, nada puede hacerse para cambiar el mundo; una visión mesiánica, que nos lleva a confiar en caudillos, en horóscopos; una visión mimética, hacer lo de todos; una visión instrumental, de cálculos fugaces y momentáneos.

Muñoz Carrión apuesta por detectar en el mundo juvenil dos modalidades estetizantes bien diferenciadas. Existe una Tipología estetizante de corte individualista, que sirve de adscripción y de exhibición, subjetivista y dirigida al consumo, al placer, al exceso, que sobrevalora la novedad a cualquier precio y pretende, en la práctica, la reproducción del sistema socioeconómico. Pero también existe una Tipología estetizante de corte colectivo, mucho más expresiva destinada a otros mensajes más allá del placer y el cuerpo, muy vinculados a la solidaridad y a la universalidad.

La Tipología estetizante de adscripción es individualista, momentánea y su finalidad es que el otro te reconozca y siempre tiene que ver con cuestiones de identidad. La otra Tipología es más comunitaria. Ambas opciones recuperan la polisensualidad y las relaciones corporales. La opción colectiva tiene un vuelo más alto porque se proyecta en una visión del mundo, y no solo del individuo. No son paradigmas globales, pero vale la pena escucharlos. La opción individualista se centra en sus discursos en ellos mismos, en la propia relación, en “lo bien que estamos”. Es narcisística, mientras que la tipología colectiva se preocupa por lo diferente. La primera es aleatoria, la segunda fluye de adscripción a ideas y la necesidad de un cambio del mundo exterior. La colectiva pretende un reconocimiento global y reclama un protagonismo histórico. Ambas han revalorizado la emoción, el papel de lo emotivo. El nosotros fusional, la celebración, el corazón... La estética se usa en la primera para el narcisismo, para la sobreexcitación, resuelve la emoción en el instante; en la segunda se usa la estética para el sentimiento. En una hay vértigo, en la otra puede haber contemplación. Respecto a la memoria colectiva, en la primera tipología se abandona el recuerdo mientras que en la segunda se recuerda la emoción y se evocan las circunstancias que provocaron la emoción.

Estamos, decía el conferenciante, en un tiempo estético, pero toda estética no es negativa ni rechazable porque los códigos comunican mensajes. Siempre los hubo, pero ahora es distinto. Se trata de desarrollar la personalidad a través de la expresividad, teniendo en cuenta que se ha llegado en ocasiones a una sacralización de la autoestima, a una reducción de toda problemática al plano de las relaciones personales, pero la estética no tiene por qué ser pura formalidad, sino cosa bien diversa: acción, rechazo, tolerancia, altruismo. También es cierto que en este estado de estetización también hay impulsividad, contradicciones internas, fragmentariedad.

Las microculturas juveniles son conscientes de que carecen de autonomía, no cuentan con un lugar propio, juegan en un terreno que no es suyo. Se presentan con la mera arma del lenguaje, con la fuerza del cuerpo, a modo de performance. No pueden tratar a las instituciones en un espacio neutro. La inmediatez es su arma decisiva que les permite filtrarse por pequeñas fisuras y rendijas. Su táctica es la sorpresa, juegan con la empatía. Son las microestéticas juveniles el nuevo lugar para hacer valer su visión del mundo. Un nuevo lenguaje que ha de ser aprendido por la sociedad. No se refieren al individuo ególatra y es necesario saber decodificar este nuevo código. Cultivamos lo étnico, lo exótico y lejano y será necesario descifrar e interpretar —para asumir, integrar y comprender— las microestéticas y los lenguajes juveniles.